EL VETERINARIO 33 #2
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33 #2

Hablaron de cosas banales al principio: el evento, la gente que había asistido, el artista.

Vicente escuchaba más de lo que hablaba.

De vez en cuando dejaba la copa, y sus dedos rozaban los de mi novia o el dorso de su mano.

Después, con la misma calma, pasó el brazo por detrás del sofá, sin llegar a tocarle la espalda. Creando un espacio más cerrado.

—Estás temblando un poco —dijo en un momento, bajando la voz.

—Es el vino.

—No es el vino.

La cámara baja mostraba como una mano se posaba en la rodilla de ella: Los dedos lentos subían despacio, por encima de la tela del vestido, hasta media muslo. Se detuvo ahí. La miró.

—Dime que pare y paro —decía él.

Ella no dijo nada. sólo se le veía soltar el aire y dejar que la mano siguiera exactamente donde estaba.

Las caricias todavía lentas, todavía pacientes, empezaron a dejar de ser sólo caricias.

La mano de Vicente en el muslo dejó de estar quieta.

Subió un poco más, todavía por encima del vestido, y el pulgar empezó a rozar la tela en círculos lentos.

Ella se giró hacia él para decirle algo y se encontró con la boca.

La besó de manera profunda, ella no lo apartaba, correspondía.

La cámara baja mostraba como la mano iba desapareciendo bajo la falda, el muslo de Clarisse tensándose, lo forma tímida y sin convicción en que sus rodillas se separaban un poco.

Miraba las dos pantallas a la vez, con la sensación de estar dentro de esa habitación sin poder hacer nada.

Cuando se separó un poco, sus labios bajaron por el cuello. Haciendo sentir el calor de su respiración y después el roce de los dientes, suave.

—Llevas días con el cuerpo pedido a gritos —murmuró contra la piel—. Se te nota lo caliente que estás. Lo sabía desde cómo me mirabas en la exposición.

El movimiento de los dedos de él se adivinaba por la forma en que la tela se tensaba y por los pequeños saltos de las caderas de ella.

Se oía su respiración volverse más entre cortada.

Clarisse echaba la cabeza hacia atrás, dejando el cuello expuesto.

Él besaba ahí, después en la boca, siempre con la mano bajo el vestido moviéndose con más ritmo.

Después Vicente subió la mano que estaba entre las piernas y le cubrió un pecho por encima de la tela.

Lo apretó con calma, notando el pezón endurecido a través del sujetador y el vestido.

Ella soltó un sonido bajo. Él lo aprovechó para bajarle a medias la cremallera posterior del vestido y hablarle más cerca del oído, con esa voz sucia y controlada:

—Mira cómo se te pone sólo con que te toque por encima…

El coño se te debe estar empapando.

¿A que sí?

Eres una guarrilla.

Clarisse parecía avergonzarse al escucharlo hablar así, tan alto. Él bajó otra vez la mano, esta vez por dentro del vestido, rozando la piel del muslo desnudo. Los dedos subieron hasta el borde de las bragas. No las cruzó. sólo las siguió con la yema, de un lado a otro, presionando lo justo.

—Vicente… —susurró.

—Venga, abre un poco más las piernas.

Dudó sólo un segundo. Después, con las mejillas ruborizadas, separó un poco las rodillas. Él aprovechó para meter la mano entera entre los muslos y acariciarle el coño por encima de la tela que se veía húmeda. El roce le hizo arquear la espalda.

—Joder… —gruñó él, satisfecho—. Empapada. Exactamente como me gusta.

Tan formal en la exposición y aquí eres una simple guarrilla.

Qué fácil te vuelves cuando dejas de pelear.

La besó otra vez, más profundo, más soez, mientras sus dedos seguían rozándole por encima de las bragas, a veces presionando el clítoris a través de la tela, a veces bajando hasta notar la humedad que ya manchaba cada vez más sus bragas blancas.

Con la otra mano le bajó un poco el escote del vestido y el sujetador, lo justo para sacar un pecho y llevarse el pezón a la boca.

Lo chupó despacio, con lengua y labios, mientras la masturbaba por encima de la ropa interior.

Después el tipo se apartó un poco. Desde la cámara se le vio meter ambas manos por los muslos de ella y tirar de las bragas con una calma exasperante.

Ella levantó un poco las caderas y la tela húmeda apareció, deslizándose por la piel de los muslos hasta quedar atrapadas en un tobillo.

Las quitó del todo y las dejó sobre el cojín.

Clarisse quedó con el vestido subido hasta media cintura, las piernas desnudas y el coño expuesto justo frente a la cámara baja.

Hubo un segundo de silencio, él se arrodilló en el suelo, entre sus piernas y quedó mirándola expuesta, con esa expresión de quien disfruta el contraste: la piel clara, el vello pelirrojo oscuro ocultando a medias el coño ya brillante de humedad, y su mano más grande, más oscura,

abriéndola despacio.

—Míralo… —murmuró—. Que rico coño, todo mojado. Tan delicioso, tan abierto sólo para mí.

La cámara baja lo enfocaba de perfil y de frente a la vez: Se inclinó y le pasó la lengua de abajo arriba, lento, recolectando la humedad de los labios entre los vellos.

Ella soltó un gemido bajo «Ahhh… mmmhhnn…»

y sus dedos se clavaron en un cojín, los otros en el asiento del sofá.

Las caderas se le movieron solas buscando más contacto.

Él no tenía prisa, lamió despacio, abrió los labios con los dedos y empezó a chupar.

Alternaba: lamiendo, chupando el clítoris, metiendo la lengua, después subiendo a besarla en la boca para que probara a sí misma.

Sus manos no paraban. Una le apretaba un pecho, sacado del vestido.

La otra mantenía las piernas abiertas. Cada movimiento se veía nítido desde el ángulo bajo.

La cámara de la vitrina mostraba el cuerpo de Clarisse arqueándose, la cabeza echada hacia atrás, una mano suya bajando para agarrarle el pelo a él.

—Joder… —se oyó la voz de ella, entrecortada—. Vicente… Mmmhhnn…

Él no dijo palabra alguna, sólo gruñó contra su coño y siguió comiéndosela con esa calma enfermiza. Los sonidos húmedos llenaban el audio. Las piernas de Clarisse temblaban. En un momento él se levantó, y dijo algo que la cámara registró perfectamente:

—Tócame —dijo de pronto, mirándola a la cara.

La carita de ella descolocada, sorprendida por el repentino abandono y las palabras. Él cogió la delicada mano blanca y la guió hasta su entrepierna. Haciéndole sentir la dureza de su polla a través del pantalón. La hizo rodearla con los dedos.

—Así… Siente cómo está. Por ti —decía—. Por este coñito que me estás dejando lamer.

Ábreme el pantalón.

Ella dudó sólo un instante. Después, con los dedos torpes, desabrochó el botón y bajó la cremallera (él no llevaba cinturón). La guió otra vez, para que metiera la mano dentro, por debajo de la ropa interior. Le temblaba un poco la mano al tocarla directamente.

—Sácala —ordenó, bajo—. Quiero ver como lo haces…

Ahora el contraste era todavía más brutal: Ella medio vestida, el vestido subido hasta la cintura, una teta al aire, las piernas abiertas y sacando la polla con la mano derecha. Su polla oscura, gruesa, completamente dura.

—Qué guarrilla más obediente… —habla—. Tan educada en la exposición y aquí eres una puta con hambre de polla.

Le sostuvo la polla con los dedos y levantó la vista hacia él, como pidiendo confirmación.

—Así me gusta… —dijo Vicente—. Ahora abre la boquita. Inicia con la lengua. Como te enseñé…

Ella obedeció con parsimonia. Se inclinó hacia adelante, abrió la boca y se la metió tímidamente.

Empezó como reconociendo la textura y tamaño: la lengua plana por debajo, los labios bien cerrados alrededor, bajando poco a poco.

Empezaba a oírse de manera inconfundible los sonidos húmedos. Vicente soltó un gruñido largo.

—¡Mhm…! Joder… sí… — expresaba—. Así, más rápido. Más profundo, usa la lengua…

Clarisse se apartó un segundo, con un hilo de baba uniendo su labio inferior a la punta de la polla.

—¿A-así…? —preguntó con voz algo ronca—. ¿Más despacio o…?

—Más profundo, y no pares. —interrumpía, ordenando—. Mira cómo se te da bien ahora. Qué buena alumna.

Está vez se metió la polla más adentro. Se le oyó una arcada corta «¡Gag!» cuando la punta le rozó la garganta. Vicente le puso una mano en la nuca y la presionó suavemente, obligándola a quedarse ahí un par de segundos más «Gag… Gagh…» Después la dejó subir.

—Eso… buena chica… —murmuró—. Que guarrilla eres… Otra vez. Más saliva. Quiero verla brillar.

Mientras ella chupaba con ganas, el viejo le agarró la teta que se bamboleaba fuera.

La apretó, rodeó la areola con el pulgar y le pellizcó un pezón erecto hasta dejarlo más duro y rojizo.

Después le bajó el otro lado del vestido y del sujetador, liberando de golpe la otra teta que manoseo en seguida.

Ahora las dos a la vez: las apretaba, las levantaba, les daba palmadas suaves «tap… tap…»

, le estiraba los pezones mientras ella seguía chupándole la polla con más empeño.

—Que tetas más ricas… —decía el mirando hacia abajo—. Firmes y blanquitas…