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Casi ni terminé de leer lo que escribía, en su lugar marqué a Laura, la llamaba desesperado y confundido. No contestaba. Necesitaba una explicación, su silencio me desesperaba cada vez más.
¡Ese maldito hijo de puta!
Durante la cena trataba de estar ahí. Fingiendo lo mejor posible. Trataba de seguir el ritmo de las conversaciones: hablando de la obra, de futuros proyectos, brindando con Valcárcel y los ingenieros. Por ahí habían pedido whiskys para animar la noche, luego más sueltos decidimos ir a un bar.
Al salir del restaurante, ya de camino al bar, el móvil volvió vibrar.
Otra vez Vicente.
Era una foto.
Clarisse, tomada de lado, distraída, vistiendo un vestido negro midi, el pelo suelto, hablando con alguien en la exposición.
Se le veía el perfil, el escote barco, la línea de la cintura.
Debajo, el mensaje:
Vicente: Qué buena está esta noche.
Ese vestido le marca todo.
Lástima que tú no estás aquí para verla.
Intenté llamarla enseguida: Una vez, dos, tres… Comunicando. Directo al buzón.
Recordé lo que me había dicho por la tarde: que iba a poner el móvil en silencio para no interrumpir su trabajo en la exposición.
Pedí un whisky. Después otro. El alcohol me iba apaciguando la rabia, Pensaba en Clarisse en la exposición y ese viejo cada vez más cerca de ella.
estaba tan metido en el ambiente que no puse mucha atención a mi teléfono, cuando lo ví había un par de llamadas perdidas de Clarisse y luego unos mensajes.
Clarisse: Acabo de ver que llamaste
Estoy en la exposición, tenía el móvil en silencio.
¿Todo bien?
¿Ya estás de regreso?
Te vuelvo a llamar apenas pueda.
Le devolví las llamadas, pero volvía a enviarme al buzón.
Martín: Estoy con Valcárcel y la gente de la obra
Todo bien.
Estoy pensando en coger el bus de la media noche.
O regresar mañana.
Eran cerca de las once, entre bebidas y charlas en su mayoría triviales, y el móvil volvía a vibrar con fuerza. Abrí WhatsApp. Vicente.
Era un audio de unos veintitrés segundos. Apreté el teléfono contra la oreja, apartándome un poco del bullicio. Se alcanzó a oír ruido de coches. Después voces, primero la de Vicente:
—puedo dejarte en tu edificio —decía con esa voz tan calmada—. O podemos dar unas vueltas. O tal vez quieres ir a otro sitio.
Hubo un silencio que se me hizo eterno, finalmente ella respondió:
—No sé… —dijo dudando y haciendo otra breve pausa—. Todavía no quiero ir a casa…
El audio terminó y debajo, los mensajes de Vicente llegaron uno detrás de otro:
Vicente: ¿Has oído?
Ella no quiso ir a casa.
Así que sabes lo que significa… ¿verdad?
¡Maldita sea…!
De pronto sentía el whisky revolverme el estómago. El miedo y la sensación de traición me golpeaban al mismo tiempo, de manera tan abrumadora, que tuve que apoyarme en una columna. El corazón me latía con violencia. Las voces, la música y el ruido todo se me volvió lejano y borroso.
Fui donde ellos y me disculpé como pude.
—Tengo que irme. Surgió un tema… Perdonad.
Salí apresurado sin poner mucha atención a las respuestas. En la calle el aire frío me dio en la cara. Pedí un taxi con la mano temblorosa. Mientras el coche avanzaba hacía el hotel el móvil volvía a vibrar.
Vicente: Está nerviosa.
Pero caliente.
Llegué al hotel y subí a la habitación como un autómata, tiré la ropa en la maleta sin doblar, cogí el portátil y bajé otra vez. Le pedí al taxista que acelerara hacia la estación de autobuses (había un bus que salía en unos quince minutos). Llegaron más mensajes:
Nueva foto: La foto capturada desde tras de Clarisse, caminando por el pasillo de un edificio clásico.
Debajo otro mensaje:
Vicente: Mira que rico se ve eso.
No sabes cómo va a gritar cuando se lo abra…
Volví a llamar a Clarisse desesperado, pero no contestaba.
Nueva foto: Clarisse sentada en sofá antiguo, se le veía el nerviosismo y tenía los dedos de las manos entrelazados.
Vicente: Ahora mismo le estoy sirviendo una copa
Ella misma lo ha pedido.
Supongo que es para el valor.
Y vaya que lo va a necesitar.
Jajaja…
Instantáneamente llamé con la misma desesperación desbordante a Vicente: una vez, dos, la tercera enviaba directo al buzón ya ni siquiera timbraba. Volví a llamar a Clarisse. Nada.
A partir de ahí no hubo más mensajes escritos o fotos.
Pasó cerca de una hora, sin ninguna señal de notificaciones en el móvil, Yo miraba por la ventanilla sin ver nada, ni siquiera recuerdo si pensaba en algo. El móvil volvía a vibrar.
Vicente: Arquitecto, escucha esto.
Seguido llegó un audio de apenas dieciocho segundos. Con la mano temblorosa apreté el auricular contra la oreja. Primero se oyó el sonido húmedo de piel contra piel: «plas… plas… plas…» Después la voz gimoteante de mi chica, rota aguda, sin ninguna contención:
—¡Siihh… mmmhhnn… me gustaa… aahh… no pares… fo-fóllame más fuerte…!
El audio se cortó y el teléfono se me cayó en el asiento vacío de al lado.
Lo dejé ahí un momento y me hundí en el asiento tapándome la cara con las dos manos. Odiaba a ese maldito, me odiaba a mí porque a pesar de que cada mensaje había sido un golpe doloroso que me llenaba de rabia, al escuchar esto último se me despertó la polla.
El resto del viaje fue en silencio absoluto, no llegó nada más.
Llegué a la estación a las dos de la madrugada. Bajé con la maleta, intenté reiteradas veces llamar a Clarisse, a Vicente. Pero siempre envía a buzón. Cogí un taxi y en el trayecto a casa volví a marcar. Nada.
Subí las escaleras del edificio y al abrir la puerta la casa estaba en silencio.
Mica no estaba, no salió a recibirme, estaba en una guardería canina.
La casa olía a vacío mezclado con el suave perfume de Clarisse.
Recorrí el pasillo, el dormitorio, el salón.
La cama estaba hecha. Ninguna señal de ella.
Me senté en el sofá e insistí en volver a marcar.
Nada. Me levanté y fui a mi despacho, encendí el portátil y abrí el sistema de cámaras de la veterinaria.
Pantallas con imágenes mostrando el local vacío de alguna presencia humana.
Le escribí a Laura pidiendo que me dijera la dirección de donde vive Vicente. Nada. Ninguna respuesta.
estaba a punto de abrir el GPS de Clarisse cuando el móvil vibraba otra vez, notificación tras notificación sin pausa alguna. Vicente.
Primero una foto: Clarisse de rodillas con el vestido revuelto, la falda levantada hasta la rodilla y el culo expuesto, el coño abierto, hinchado, rojo, chorreando semen espeso que bajaba por entre los vellos y le manchaba los muslos.
La iluminación era clara. Se veía con detalle los vellos húmedos y pegajosos y la forma en que los labios estaban separados.
Debajo, otra imagen: Clarisse de rodillas en el piso, de espaldas, parecía estar chupando la polla de Vicente, con el vestido menos revuelto, pero mostrando casi la totalidad de su cuerpo en esa pose.
Vicente tenía una mano deforme en una de las nalgas blancas de ella, separándola dejando ver el anillo del culo, con algunos vellos.
Vicente: Esto es el antes.
Míralo, cerradito.
Para que recuerdes como era…
Virgen…
Debajo, un vídeo corto grabado por el mismo viejo: Clarisse totalmente desnuda de rodillas en el asiento del sofá, de espaldas, abriéndose las nalgas con las dos manos.
El agujero del culo estaba dilatado, rojo y brillante, con semen saliendo en un hilo lento.
Se le veía los dedos clavándose en la carne para mantenerlo expuesto: — «¿aa… así?»
—preguntaba ella, con un tono de voz quejoso.
El mensaje del vídeo era:
Vicente: Mírala, así ha quedado tu novia.
El coño lleno y el culo abierto y goteando.
Me lo ha pedido ella misma.
Con esas palabras: «Fóllame el culo»
El teléfono se me volvió a escapar de las manos cayendo sobre el teclado del portátil. Tembloroso lo cogí e intentaba escribirle, la respiración y el temblor me lo dificultaban. No había completado la primera palabra cuando apareció el indicador «escribiendo…». Espere el nuevo mensaje.
Vicente: Se corrió con la polla dentro.
No veas como gritó.
Lloró.
Y después me limpio la polla con la boca.
Vicente: Ahora mismo está en mi cama.
Todavía con mi lefa en sus agujeros.
Pon atención a tu correo, te he mando algo especial.
Una función de… estreno. sólo para ti.
Y mientras yo, voy a seguir follándole toda la noche ese culito tan rico que tiene.
Que podía decirle, nada se me ocurría, sólo me quedé mirando la pantalla desenfocada por mi propia vista. El silencio de la casa hacía que sintiera el corazón latirme en los oídos.
Minutos después llegó una nueva notificación en el móvil. Era un correo.
Con la respiración rota y con las manos temblando abrí el correo en el portátil. El asunto decía sólo: Función de estreno. Había un enlace y una contraseña. Lo descargué. El archivo pesaba bastante. Cuando se abrió la pantalla se dividió en dos ángulos simultáneos.
La primera cámara enfocaba un poco alejada y a cierta altura parte de la entrada del piso, el recibidor, la zona del televisor, la pared y sus adornos. El sofá del salón aparecía de espaldas, se distinguía el borde del asiento.
La segunda cámara, más baja, estaba oculta tal vez al pie del televisor o en la mesa de centro: esa enfocaba directamente el sofá, los cojines y al fondo la pared donde había una vitrina y menos de un metro a su costado un oscuro pasillo.
El vídeo empezaba con la puerta abriéndose. Desde la cámara elevada se veía entrar a Clarisse: el vestido negro, la americana, el pelo suelto. Vicente detrás, cerrando y dejando las llaves en una bandeja que quedaba justo en el encuadre. Se quitaba la chaqueta con calma.
—¿Quieres algo de beber? —se oía su voz—. Tengo vino, whisky… O agua.
—Vino.
El viejo veterinario salía de cuadro hacía la cocina.
Clarisse se quedó de pie en el salón, mirando nerviosa alrededor.
Regresó con dos copas y le ofreció una. Bebieron un sorbo en silencio.
Él se sentó en el sofá y le indicó el espacio a su lado con un gesto suave.
No fue una orden. Fue una invitación. Al final ella tomó asiento, dejando todavía un pequeño hueco entre los dos.
La cámara baja captaba perfectamente como ella cruzaba las piernas, como sujetaba la copa con las dos manos.