32 #2
—¿Martín…? —La voz de Clarisse me aturdía la cabeza, sonaba preocupada y aliviada a la vez—. Por fin. Llevo mucho rato llamándote. ¿Estás bien? ¿Por qué no contestabas?
Me incorporé con esfuerzo. El reloj del móvil marcaba las 9:17.
—Sí… sí. Perdona. Se me fue la mano anoche con las cervezas. estaba con gente de la obra y… se alargó. estaba muy sumergido. No oí el teléfono.
—Martín… ¿por qué me haces esto? Me tenías muerta de preocupación —dijo ella, en reproche cariñoso—. Contestabas muy seco desde la tarde, estabas raro. Pensé que había pasado algo… malo.
—Nada grave. sólo alcohol, la dichosa licencia y el cansancio. Estoy bien, de verdad. Ahora si me levantó y voy corriendo a la obra. Llego tarde.
—Vale… —dudó un segundo—. ¿Seguro que todo está bien?
La pregunta hacía cuestionarme, el por qué repetía tanto «¿…
tofo está bien…?, será que se refería a ¿sabes algo de lo que estoy haciendo con Vicente?
O tal vez su pregunta exacta era “¿Está todo bien conmigo?»
y supongo que no tenía el valor para preguntarlo así, pero si tenía el descaró de engañarme y humillarme y luego intentar victimizarse.
Por un momento pensé en soltarle todo. Casi, estuve a punto, a nada de hacerlo.
En vez de eso tragué saliva y mentí con la voz más normal que pude.
—Sí, todo está bien. Ya te dije, sólo fue una noche de mierda con la licencia y el cansancio de estos días. Ya hablamos luego con más calma. Que te vaya bien…
—Está bien… —dijo con voz no tan convencida—. Ve con cuidado. Te quiero.
Colgué y fui a ducharme casi sin desnudarme por completo, me vestí como pude y salí rumbo a la obra, sin tiempo si quiera para desayunar. En el trayecto vi que el aparejador me había escrito preguntando dónde estaba.
Llegué a la obra casi a las 10. Me puse el casco y entré directo a la reunión que ya había empezado.
Sonreí disculpándome por el retraso. La reunión avanzaba, por fuera funcionaba, pero la resaca me golpeaba por oleadas.
Y con ellas flashes de imágenes borrosas de mí mismo, sentado en la cama a oscuras, revisando el chat de Clarisse.
Fragmentos de su conversación, ella preguntando y asegurándose de que Vicente no haya dicho o hecho cualquier cosa que la expusiera.
Toda la mañana se me fue en el tema de la licencia.
El informe de estabilidad que faltaba no era un simple papel: había que revisar cálculos antiguos, contrastarlos con el estado real de la estructura y conseguir que el técnico de urbanismo aceptara una adenda firmada por mí y por el aparejador.
Pasamos horas en una sala con planos extendidos, llamadas a calculistas y dos versiones distintas del documento…
Entre reunión y reunión Clarisse me iba escribiendo, sonaban a mensajes de culpa, insistentes:
Clarisse: ¿Cómo vas?
¿Ya sabes algo?
Clarisse: Espero que puedas terminar a tiempo y así te vienes conmigo a la exposición.
Te echo mucho de menos.
Le contestaba cuando podía, siempre tratando de usa el tono más neutro posible:
Martín: Sigue liado, pero vamos por buen camino.
Luego te cuento.
Martín: Aquí seguimos.
Eso intento…
No tenía cabeza para más. sólo terminar de una vez con este contratiempo. A las 15:40, más o menos, el técnico firmo la adenda. El aparejador y yo salimos del edificio con la sensación de haber salvado la semana. Valcárcel nos esperaba abajo. estaba de buen humor.
—Bien hecho. Esta noche celebramos. Yo invito. Hay que celebrar que no se nos cae el calendario.
Íbamos a cenar con el aparejador, dos ingenieros de la constructora y el jefe de obra.
Socios de hecho en el día a día del proyecto.
Quedamos a las 20:00 en un restaurante del ensanche.
Una parte de mí me decía que aprovechara el tiempo, coger un tren y llegar a la exposición, pero la cena ya estaba cerrada.
Y, en el fondo, no estaba seguro de querer ver a Clarisse esa misma noche con todo lo que había visto y sabía.
Regresé al hotel a cambiarme y mientras lo hacía abrí el chat de Vicente.
Había escrito por la tarde:
Vicente: ¿Qué pasa, arquitecto?
No has dicho nada.
O es que ya aceptaste el destino.
¿Cuándo vuelves exactamente?
Te podría dar otra oportunidad de salvarla.
Martín: Lo que diga o no, no es de tu interés.
Lo que hice fue una estupidez…
Así que se acabó.
Ni se te ocurra acercarte a ella porque ya voy por ti.
Vicente: Me conmueve tu repentino valor.
Pero ya es tarde.
Fue ella quien me buscó, y tienes las pruebas.
Está noche tengo planes, tenemos planes.
Y no creo que coincidan con los tuyos.
Martín: si valoras tu vida, será mejor que no te acerques a ella.
Ya es suficiente…
De verdad.
Vicente: Mira como tiemblo.
Mejor pon atención: no hagas nada.
Nada de llamarla, nada de avisarle, nada de nada.
Porque si mueves un dedo, usaré algo que no quiero.
Aunque no ha hecho falta por que sola me ha buscado, puedo usarlo de igual forma si tu intentas avisarle…
Adjuntó un vídeo corto, de apenas unos 18 segundos: Laura de rodillas y después montada sobre mí.
Mi cara se veía claramente. Se me heló la sangre. ¿Cómo es posible que tenga ese vídeo?
¿Acaso Laura…? No puede ser… maldita sea…
Vicente: ¿Lo ves?
Tengo mis Az bajo la manga. Así que quédate quieto.
Y no me provoques.
Porque si la primera vez cayó con los vídeos de simples besos.
Está vez, ver esto, le puede doler más que a ti viéndola disfrutar de una verdadera polla…