EL VETERINARIO 32
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Era una captura de pantalla. El chat de él con Clarisse. Se veía claramente una de las fotos que ella había mandado: en la que se alcanzaban a ver el sujetador y el pantalón bajado mostrando las bragas.

El estómago se me revolvió. El miedo y la frustración me golpearon al mismo tiempo, tan fuerte que tuve que sentarme en el borde de la cama. Me temblaban las manos.

Busqué el portátil a tientas. Apenas lo encendí entre en el sistema de vigilancia. Cámaras primero: Clarisse aún dormía, o al menos estaba quieta en la cama. Después el móvil de ella. El historial del chat con Vicente.

Ahí estaba todo.

Había fotos.

Vídeos cortos.

Las órdenes de él.

Las respuestas, preguntas de ella: si lo hacía bien; qué más; te gusta; etc.

Poses de rodillas.

La foto abriéndose las nalgas a dos manos.

Los dedos.

La forma en que había ido cediendo otra vez, poco a poco, hasta obedecer sumisamente.

Leí el chat entero con el corazón en una especie de taquicardia, que me martillaba las costillas.

Cada mensaje del viejo pidiendo más. Cada «¿Así?»

de ella. Cada vez que él la había llamado «buena chica» o le recordaba que era una guarrilla.

La paranoia me subió como una ola. Ansiedad.

Vértigo. La sensación de que el suelo del hotel se movía.

La impotencia que sentía en ese momento era extrema y cerré el portátil con demasiada fuerza. También sentí odio hacía mí por haberme excitado viendo los mensajes y todo el material multimedia. Sentía rabia por no controlarme, no sabía controlar.

Con las manos temblorosas cogí nuevamente el teléfono, al desbloquear el chat con Vicente apareció de golpe.

También había mensajes, decían exactamente esto:

Vicente: Hola arquitecto.

Te adjunto algo interesante.

Como verás, yo no le contesté para nada a su «¿por qué no contestas?»

Cumplí, ni una sola palabra escribí.

Pero ella ha insistido.

Me mandó una foto.

Y luego otra.

No pude hacer más, así que respondí dándole lo que quería…

Si te fijas, el trato era no responder a ese mensaje en concreto.

Lo demás… lo demás lo empezó ella. De momento las cosas se han calmado y no pienso escribirle.

Te aviso como hombre honorable y de palabra, para que decidas que hacer.

La rabia y esa excitación sucia que no se me iba, se mezclaba hasta marearme.

El vejete, técnicamente había cumplido: no respondió jamás al «¿por qué no contestas?»

Fue ella quien había vuelto a insistir, esta vez enviando la foto que minutos antes me había enviado a mí.

A partir de ahí el chat se desbordó y, Vicente aprovechó ese vació en el trato.

Me obligué a levantarme, a pesar que mis piernas y cuerpo parecían adormecidos. Me duché, me vestí y, antes de salir rumbo a la obra Clarisse ya me había escrito. Eran las 7:52.

Clarisse: Buenos días.

¿Has dormido mejor esta noche?

Mensajes normales y cariñosos. De novia que se levanta y saluda a su pareja de manera natural…

Martín: Buenos días.

He dormido regular.

Ella respondió al instante.

Clarisse: Eso ya es algo, cari…

Yo voy saliendo a la revista.

Hoy tengo reunión de cierre del material para la exposición de mañana.

Supongo que hoy terminas y vienes a casa, ¿verdad?

Martín: Entiendo.

Ve con cuidado.

Sí, hoy terminó, ya hablamos luego.

Que te vaya bien.

Clarisse: Ok.

Cuídate.

Te quiero.

Llegué a la obra con la mandíbula tensa.

Durante la mañana el trabajo exigió un poco más de mí, trate en la medida posible ser profesional, pero las imágenes volvían.

Quería aprovechar los huecos para ver qué pasaba con Clarisse, pero me contenía.

Tenía un terrible temor de encontrar algo que me sepultara ahí mismo y, me dejara inservible delante de todo el equipo.

A las 11:40, mientras estábamos en la planta baja comprobando una instalación, el aparejador recibió una llamada.

Su cara cambió. Me pasó el teléfono. Era el técnico de urbanismo, diciendo que había un problema con la documentación de la licencia de cambio de uso: faltaba un informe de estabilidad que ellos daban por entregado y que no aparecía en el expediente.

Sin ese papel no firmaban el último visto bueno, lo que se traducía en no hacer las demoliciones estructurales previstas para la semana siguiente.

Necesitaban que me quedara al menos hasta el viernes por la tarde para reunirme personalmente con ellos y resolverlo.

Colgué y noté la frustración y enojo creciente, por tal noticia. Un rato después le escribí a Clarisse lo más neutro que pude:

Martín: Hola

Ha surgido un problema con la licencia…

Ella respondió casi de inmediato

Clarisse: Hola, cari

¿Qué tan grave es?

Martín: Tengo que quedarme al menos hasta mañana por la tarde.

No llegó a la exposición.

Lo siento.

Clarisse: Vaya.

No te preocupes.

Resuélvelo tranquilo.

Ya hablamos.

Te quiero.

Cerré el chat y me sumergí en avanzar la parte más pesada del día, cuando quedaban sólo detalles ya era hora de salir, uno de los encargados se acercó con dos operarios.

—Vamos a echarnos unas cervezas aquí cerca. Para recuperar fuerzas. ¿Te vienes Martín?

Pensé en negarme. En volver al hotel y seguir revisando pantallas. Pero la idea de quedarme sólo con las imágenes de Clarisse me resultó peor, así que acepté.

—Venga, sólo un rato.

Pedimos dos cañas. La primera me la bebí más rápido de lo normal y, la segunda… entró igual. El cuerpo empezó a aflojarse un poco, era como si en cada trago que daba entraban lúpulos de la relajación. El aparejador soltó una broma sobre la licencia y todos rieron, yo los seguí, forzando una sonrisa.

El móvil vibró en el bolsillo. Era Clarisse.

Clarisse: ¿Cómo vas, cari?

¿Sabes si de verdad llegas mañana o te quedas hasta el sábado?

Leí el mensaje varias veces, y me cuestionaba por qué preguntaba, ¿Acaso quería estar segura de tener tiempo para el viejo? O quizás tenía algo retorcido en mente, y necesitaba saber que yo no la interrumpiría. Dejé la caña que tenía a medio camino y le contesté:

Martín: Todavía no está claro.

Mañana lo sabré con mayor seguridad.

Luego hablamos.

Clarisse: Vale…

¿Estás bien?

Se te nota raro.

Me tomé el último trago y me aguanté las ganas de ser grosero al responderle.

Martín: Estoy cansado.

Es todo.

Dejé el móvil boca abajo sobre la barra. Pedí otra cerveza. Después otra. La conversación a mi alrededor seguía: fútbol, la obra, una historia de un compañero que se había quedado sin gasolina.

—¿Todo bien, Martín? Se te ve algo decaído.

Sonreí por encima del borde del vaso.

—Sí. sólo el tema de la licencia y el cansancio. Nada importante.

Mentí con facilidad, porque el orgullo y esa forma mía de no soltar nada, me salieron solos. Seguían hablando. Yo seguía bebiendo. Cada cierto tiempo el móvil vibraba, era Clarisse insistiendo un poco.

Clarisse: Si quieres te llamó.

Estás como raro…

Me estás contestando muy seco.

Martín: Estoy con gente de la obra.

De verdad. Luego hablo.

A partir de ahí apenas respondí. Las cervezas se fueron acumulando y junto a ellas unas rondas de chupitos que alguien por ahí pidió, y a las que jamás me negué. El ambiente y el licor iban nublando los bordes de la rabia y el resto de sensaciones, haciéndolos cada vez más torpes y más pesados…

No sé exactamente a qué hora salí del bar. Recuerdo vagamente que había risas borrosas, luces y el aire frío de la calle. El móvil había seguido vibrando en el bolsillo, pero ni lo miré.

Me desperté de madrugada con la vejiga a punto de estallar y la cabeza hecha un bombo.

Me levanté a tientas como pude, choqué con una silla y llegué al baño a ciegas.

Mientras meaba, todavía mareado, el cuerpo me pedía volver a caer.

Al salir intentaba recordar qué ha había pasado, hice lo que cualquiera hace en ese estado: busqué los bolsillos, la cartera, las llaves, mi móvil.

Todo estaba, cuando vi el teléfono estaba lleno de notificaciones.

Me senté al borde de la cama, con la luz de la mesilla a medias, y abrí WhatsApp. Los mensajes de Clarisse se habían acumulado desde que dejé de responderle:

Clarisse: Martín, ¿estás bien?

Me tienes preocupada.

Clarisse: Martín…

Se te notaba raro desde la tarde.

Si estás enfadado o algo dímelo.

Pero no me dejes así.

Clarisse: Llevas rato sin contestar.

¿sigues con la gente de la obra?

Clarisse: Por favor, dime algo.

Clarisse: Por lo menos contesta las llamadas, para saber que estás bien.

Me estás asustando.

Había varias llamadas perdidas. Una tras otra y luego de manera intermitente. La borrachera seguía ahí, menos, pero ahí. Todavía me balanceaba la cabeza, y me pase la mano por la cara y la boca me sabía a cerveza rancia, combinado con otras cosas.

No quise contestarle, mejor abrí el portátil y me parecía que el sistema de vigilancia cargaba lento.

La cámara del dormitorio mostraba a Clarisse en la cama, dormida acurrucada en un peluche grande que le había regalo hace tiempo, a sus pies en la cama dormía plácidamente Mica.

Luego revisé su móvil y veía el historial y chats, todavía borroso y movido.

Abrí el chat con Vicente.

Hubo actividad nueva, mientras estaba en el bar bebiendo…

Clarisse: ¿Le has dicho algo a Martín?

¿Volviste a enviarle algo?

Se me está portando muy raro…

No contesta.

Me tiene preocupada.

Si has hecho algo… será mejor que me lo digas.

Vicente: No me metas en tus problemillas.

Yo no tengo porque escribirle a ese tío.

Ni una palabra.

sólo lo hago contigo para mantenerte contenta.

Clarisse: ¡Ushh…!

Entonces ¿por qué se está comportando así?

Está muy seco.

Tengo miedo de que sepa algo.

Vicente: Yo no le he dicho nada.

Te lo juro.

No he movido ningún dedo.

Sólo contigo y lo haría las veces que quieras si me lo pides de manera tan cariñosa como lo has venido haciendo.

Clarisse: ¡Ushh…! Contigo no se puede.

No vuelvas a mandarle nada.

Ni fotos, ni mensajes, ni nada.

¿Me oyes?

El chat terminaba ahí sin más interacción, con un «visto» de parte de Vicente. Por mi parte miraba confuso la pantalla, con el vértigo golpeándome las sienes. estaba pensando muy lento…

El sonido incesante del móvil me regresó a la realidad. La luz del día ya entraba fuerte por la ventana. La cabeza me pesaba como una losa de concreto reforzado y la boca me sabía a ceniza. Descolgué por puro reflejo.