21
Por un momento pensé en despertarla, en llamarla.
En preguntarle directamente si me había mentido.
Los ojos empezaron a arderme mientras la veía dormida.
Yo me repetía que, al tenerla vigilada, tenía cierta ventaja.
Si ella daba un paso, lo vería. Si el rompía su palabra, también lo vería y Laura podría ayudarme con eso.
Esa idea me dio una dudosa calma, lo bastante fuerte como para que al final el agotamiento me venciera.
Amanecí con la alarma del martes. Segundo día en Valencia. El proyecto seguía su curso: esa mañana tocaba cerrar el replanteo de la planta baja y coordinar con el aparejador el inicio de las demoliciones de tabiquería.
Valcárcel apareció a media mañana, revisamos los avances y se mostraba satisfecho. Aunque intentaba estar muy metido en el trabajo, en cada hueco real lo usaba para mirar.
A las 9:15 las cámaras mostraron a mi novia saliendo de casa.
El GPS mostraba su trayectoria, al parecer iba en taxi.
Su posición la mostraba detenida a unas calles de la revista, luego de unos 10 minutos, se movió, finalmente llegando a la revista.
A media mañana aproveché un café para entrar en su móvil.
El chat con Vicente seguía sin actividad nueva.
Al parecer el viejo mantenía su palabra de no contactarla.
Le escribí algo breve:
Martín: ¿Cómo va tu día?
¿Todo bien por ahí?
Clarisse: Bien.
En la revista.
Día normal.
¿Tú?
Martín: Tirando.
Hablamos por la noche.
Guardé el teléfono. La normalidad de sus respuestas me dejaba una sensación de una creciente ansiedad… Demasiado correctas.
Por la tarde el ritmo de la obra subió. Tuvimos que resolver un problema con una viga que no coincidía con los planos antiguos. Estuve aproximadamente dos horas sin poder monitorearla. Cuando al fin pude, Clarisse había enviado un nuevo mensaje en el chat con Vicente, un «¿Hola?».
Estaba «visto», otra vez. Vicente no había respondido. El silencio se seguía manteniendo.
De cierta manera sentía una mezcla de alivio y desconfianza. Es cierto que de alguna manera él no ha vuelto a comunicare con Clarisse, pero ella había vuelto insistir. Está situación me ponía demasiado inquieto, mucho más que si hubiera habido una conversación entera.
Decidí ordenar un ramo de rosas para que se lo entreguen en la oficina, e intentar así animarle el resto del día. Apenas me confirmaron que se lo entregaron, decidí llamarla. Descolgó al segundo tono.
—Hola —dijo. La voz le sonaba cansada, pero con esa felicidad única en ella.
—Hola, cariño. ¿Recibiste mi obsequio?
Hubo una pausa breve acompañado de un suspiro.
—Martín, están… hermosísimas —decía irradiando felicidad—. Gracias, cari.
—Que sepas que no me olvido de ti. ¿Qué tal el día? Se me está haciendo largo por aquí.
—A mí también. Un poco raro. No sé… inquieta. Como si no terminara de aterrizar.
¿Tú qué tal con la obra?
—Cansado, pero bien. Si todo marcha como hasta ahora, el miércoles por la noche debería estar de vuelta. En el peor de los casos el jueves por la tarde.
—Eso espero —contestó, y se le notó un poco más de ganas—. Porque el viernes hay un evento. Una exposición a la que invitaron a la revista. Es al anochecer. Pensaba en que vengas conmigo.
Sonreí un poco.
—Claro, vamos. Me apetece. Necesito un poco de ti, estar en algún sitio y no estar sólo viendo planos.
—A mí también me apetece —dijo ella—. Me está costando esto de tenerte lejos. Más de lo que pensaba.
La frase me removió. Sentí las ganas de preguntarle por qué insistía en escribirle a Vicente. Pero no lo hice. En vez de eso hablamos un par de minutos más. Luego colgamos para regresar a nuestras respectivas actividades.
La noche pasó sin mayor novedad, volvimos a conversar por llamada, hablando de cosas triviales en general. Conversación cálida y natural, típica de pareja que se echa de menos.
Cuando colgamos, ella se quedó un rato sentada en el sofá con el móvil en la mano. Después se fue a la cama. Yo seguí con las pestañas abiertas un poco más. El chat con Vicente seguía igual: su mensaje de esa tarde en visto y sin respuesta.
Mi martes terminaba así, sin mucha novedad, pero sintiendo ese ambiente extraño de no tener el completo control.
El miércoles inicio sin mucha novedad, la vi elegir un vestido de punto color beige, de corte recto, por encima de las rodillas, mangas cortas y un escote discreto en pico.
Encima, una americana fina color crema. Zapatos de tacón bajo del mismo tono.
Nos saludamos mutuamente por mensajes, con naturalidad automática.
La jornada en Valencia avanza bajo mis expectativas, todo parecía marchar bien, cada que podía revisaba si había algo nuevo con Clarisse. Nada.
Por la tarde desde el restaurante del hotel la llamé:
—Hola… ¿Ya estás en casa?
—Hola, cari… SÍ. Acabo de llegar.
—¿Todo bien?
—Sí. Sólo cansada. Y un poco de mal humor.
No sé. Se me ha hecho pesado el día.
—Cuéntame. Estoy en el hotel, acabando de cenar.
Tengo tiempo.
Hablamos un rato de cosas que le aquejaban y de algunas tonterías, así poco a poco el tono se volvía más cálido, más nuestro.
Le informe de las complicaciones en la obra y que regresaba el jueves por la tarde.
Y luego tratando de abrigarla y descifrar su ánimo por el timbre de su voz, me atreví a soltarle una pregunta de golpe:
—Oye… —dije, mostrando duda—. ¿Has vuelto a saber algo de él…?
—Hablas de… Vicente.
—Sí… ¿Te sigue molestando?
—No. —respondió tajante—. Nada. Desde aquel incidente no he sabido nada de él.
Y mejor. No quiero ni pensar en ese tío.
—Vale, si pasara algo… Me avisas
No me gusta la idea de que este rondando cerca.
—A mí tampoco me agrada. Pero después de aquello, parece que desapareció.
Hubo una pausa, un silencio breve. Y luego le hablé con un tono más bajo, confidente y morboso:
—Cuando vuelva… vamos a tener que recuperar el tiempo perdido —le dije—. Y vamos a hablar seriamente por alterar la paz en mis pantalones, y no haber vuelto a enviar nada…
—jijiji… —rio, tímidamente—. Eres un vicioso. No deberías hablarme de eso desde el lugar donde estás. Te pueden escuchar.
Colguemos y quedamos en hablar luego, cuando este en mejores condiciones.
Al llegar a la habitación estuve un rato contemplándola desde las pestañas.
Ella estaba en el sofá, se la veía inquieta, aunque trataba de disimularlo: Se removía, miraba el móvil, lo dejaba, se pasaba una mano por el pelo.
Nada concreto. Supongo era en parte por el final de nuestra llamada…
Al revisar y comprobar nada extraño, me acosté sobre la cama y le escribí:
Martín: Antes de dormir…
¿Me vas a enviar mis buenas noches…?
De esos que me dejen clavado en ti.
Ella respondió de inmediato, de manera juguetona:
Clarisse: ¿Qué se dice?
Le seguí el juego, con una sonrisa tonta.
Martín: Por favor.
Mándame un buenas noches.
Tardó un poco más de lo normal. Después llegó una foto. No era explícita del todo: ella en la cama, con la camiseta un poco subida mostrando sus pechos dentro del sujetador, el pelo suelto, mirando a la cámara con esa expresión entre tímida y pícara que tanto me gustaba. Debajo había escrito:
Clarisse: Buenas noches.
Y deja de distraerte, por mi culpa.
Así vas a demorar mucho más en regresar.
Te quiero.
Sonreí.
Martín: Demasiado tarde para pedirme eso.
Ahora mismo estoy imaginando…
Quiero un poco más.
Hubo otra pausa. Después llegó la segunda. La camiseta más arriba. Se le veía el borde de las aureolas, como si estuvieran apunto de escapar de la prisión llamada sujetador; el pantalón de chándal ahora estaba bajado un poco, se le veía las bragas hippster color rosa.
Clarisse: Ya está.
Última.
Que me estás poniendo de un humor raro y tú no estás aquí para nada.
Martín: No digas «última».
Baja un poco más el pantalón.
Quiero ver lo que es mío y lo traviesa que es mi chica…
Esta vez tardó más. Cuando llegó la tercera foto, el pantalón estaba bajado hasta las rodillas. Las bragas bajadas a medio muslo. Se veía la curva exacta del monte de venus entre su vello pelirrojo. Tenía una mano apoyada en el vientre. Tímida.
Clarisse: Martín…
De verdad. Para.
Estoy empezando a calentarme y tú estás en Valencia.
Tengo ganas… sólo me vas a dejar frustrada.
Leí el mensaje dos veces. Tenía razón. Yo también estaba duro dentro del pantalón, sólo mirarla y saber que ella estaba sola en nuestra cama, tocando el límite de lo que se atrevía a enseñarme. Pero teníamos una distancia real.
Martín: Perdón, tienes razón.
No quiero dejarte así.
Guarda las ganas para cuando vuelva…
Clarisse: Más te vale.
Porque ahora mismo me has dejado en un punto incómodo.
Buenas noches.
Te quiero.
Martín: Y yo a ti.
Que descanses.
Sueña conmigo y lo que te haré…
Clarisse: ¡Martín…!
Martín: Vale vale.
No sigo. Descansa…
Cerré el chat. Por la cámara la vi dejar el móvil en la mesilla, apagar la luz y girarse de lado. Se quedó quieta. Yo me quedé mirando la pantalla un rato más, con esa sensación agridulce de haber llegado justo hasta el borde… y haber tenido que parar.
Un minuto después de haberme metido en la cama, el móvil vibró. Entusiasmado pensando que era Clarisse lo cogí con rapidez. Era Vicente.
Vicente: Buenas noches, Martín.
Mira que insistente ha estado la pelirroja.
Adjuntaba una captura. Se veía el chat con Clarisse: El mensaje de ella de ayer.
Clarisse: ¿Hola?
Y debajo, nada. Ninguna respuesta suya. Y yo era conocedor de todo esto, gracias a que la tenía vigilada.
Vicente: Como ves, cumplo lo acordado.
No le escribo.
No la busco.
Pero ella… ella si escribe.
¿Qué opinas?
Apreté el móvil con rabia creciente, me hacía recordar de manera más maliciosa lo que yo ya sabía.
Martín: sólo déjala en paz.
Mantente al margen.
Y cumple el trato.
Vicente: Yo no he hecho nada.
La captura muestra que fue ella quien escribió…
Y fíjate que oportuna…
Tardó un momento en volver a escribir, segundos después me envió otra captura. Un mensaje recién llegado de Clarisse:
Clarisse: Idiota.
¿Por qué no contestas?
Debajo, el «visto» de Vicente.
Miré rápidamente las cámaras y vi que Clarisse tenía el móvil en las manos y lo dejaba nuevamente en el la mesilla al no tener respuesta.
Vicente: Mira.
Ahora incluso me insulta.
Que cariñosa.
Parece que le molesta mi silencio más de lo que tú creías.
Dime Martín…
¿Qué hacemos?
Porque yo puedo seguir sin escribirle, como acordamos.
Pero esto ya escapa de mis manos, y eso según el trato, empieza aparecerse mucho que me está buscando. ¿Lo notas?
estaba como petrificado mirando la última captura, el: >.
Y la forma en que Vicente lo presentaba: recalcando que él no está haciendo nada y el problema es sólo de ella… y de mí. La rabia por lo que estaba pasando empezaba a ocupar cada vez más mi mente.
Martín: No me jodas.
Estás disfrutando con esto.
Voy a preguntarle ahora mismo por qué carajo te está mandando mensajes.
La respuesta de Vicente llegó al instante.
Vicente: No hagas eso.
Recuerda el trato.
Yo no la contacto de ninguna forma, si te envié esto es, porque quiero jugar limpio.
Tú no interfieres.
Si ella me busca sola, es asunto de ella.
Sí tú le preguntas ahora, la estás alertando.
Y se acaba el juego limpio…
Apreté la mandíbula. Odiaba en cierta medida que tuviera razón en la lógica retorcida de ese trato. Pero que me asegura que él está jugando limpio…
Podría escribirle y preguntarle por qué hace eso, aunque eso significara revelar que sabía cosas que no debería saber. La encrucijada en la que sólo me metí, ahora me consumía.
Vicente: Te propongo algo, para que veas que soy honorable.
No le voy a responder a lo que acaba de enviar.
Tú sigues sin interferir.
Y vemos que hace ella.
Si deja de escribir, perfeto.
Si insiste… entonces ya veremos.
¿Trato?
Odié escribirlo.
Martín: No le contestes.
Ni una puta palabra.
Y yo no le digo nada, por ahora.
Vicente: Venga.
Buenas noches, Martín.
Que descanses.
Cerré el chat con él y automáticamente me puse a ver lo que podría o no pasar. Clarisse estaba en la cama de lado. La cámara en modo nocturno mostraba el contorno de su cuerpo bajo las sábanas. Parecía quieta, dormida. No se veía ningún movimiento sospechoso.
Revisaba su móvil una y otra vez, esperando que Vicente no respondiera.
Pasé más de una hora vigilando ambas pestañas.
Ella no se movía. El agotamiento del día, de la obra, de la tensión, me fue ganando.
Al final cerré el portátil, dejé el móvil sobre la mesilla y me dormí con la sensación amarga de haber aceptado otra vez las reglas de Vicente…
Y con la esperanza de que esa quietud de Clarisse por haberse dormido, se mantuviera de verdad.
Cuando desperté eran las 5:48, quedaban minutos para que sonara la alarma. La habitación seguía a oscuras. El cuerpo me pedía más sueño, pero la cabeza ya estaba encendida. Cogí el móvil por reflejo.
Había un mensaje de Vicente enviado a la 1:17 de la madrugada.