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Me quedé mirando la pantalla, sorprendido y furioso. El corazón me latía demasiado fuerte.
Martín: De que mierda hablas, gilipollas.
Vicente: Verás… No sé cuántos días vayas a estar fuera. dos o tres… los que sean.
Yo te apuesto que, antes de que vuelvas.
Clarisse va a buscarme ella sola.
Sin que yo la presione.
Sin chantajes.
Por voluntad propia.
Y me va a pedir con esa boquita tan rica que tiene: “que la folle”.
Clarito, con esas palabras.
Si no se da… desaparezco.
No volverán a saber de mí.
Y te dejo en paz para siempre.
La deuda por el labio, la doy por saldada.
¿Qué dices?
¿Trato?
La tremenda rabia que sentía fue acompañada por un frío raro en el estómago. Esa propuesta era sucia. Calculada.
Martín: Estás enfermo.
Vicente: Puede ser.
Pero… si la has perdonado después de todo… lo que ha hecho.
Es porque la amas y has vuelto a confiar en ella.
Y si confías tanto en ella…
No deberías tener miedo de perder.
No contesté de inmediato, sus palabras se me amontonaban. La furia me nublaba el pensamiento.
El viejo volvió a escribir:
Vicente: Piénsalo, chaval.
Si no quieres, no aceptes y listo.
Pero ten presente que yo siempre me cobro las deudas.
Y ahora mismo estoy siendo bondadoso.
Es más, puedes aceptar el trato que ofrezco…
Y tú puedes regresar mañana, hoy mismo si quieres.
Y el trato de caballeros lo respetaré.
Releí esos mensajes un par de veces, sentado en la cama. La pantalla del móvil se apagó. Mi cuerpo sentía esa sensación de estar entrando en un terreno todavía más peligroso. Al final respondí:
Martín: Vale.
Pero respeta todo lo que has dicho:
Tú no haces nada.
Nada.
No le escribes; no la llamas; no te acercas; no «casualidades».
Si ella te busca de verdad, por su cuenta.
De lo contrario me enteraré y tu castigo será que yo te destrozaré…
Si tú mueves un sólo dedo para provocarlo, pierdes el trato y te juro que te busco.
¿Queda claro?
La respuesta fue casi inmediata.
Vicente: Queda claro.
Mi palabra.
No le escribo.
No la busco.
Si viene, viene sola.
Si no viene… desaparezco.
Pero tú tampoco interfieras.
Trato de caballero.
Martín: No somos caballeros.
Pero trato.
Cerré el chat con la sensación vertiginosa de haber pisado el lazo de una trampa.
Me levanté, fui a ducharme y luego regresé al portátil con ambas pestañas abiertas. Clarisse ya estaba en la cama, parecía dormida.
Pasé un buen rato revisando su teléfono, el chat con Vicente había vuelto a tener actividad. Ella había escrito:
Clarisse: ¿Por qué le mandaste esa foto a Martín?
¿Por qué?
Me has puesto en una situación horrible.
Te dije que me dejaras en paz.
¿Qué ganas con esto?
El mensaje se había quedado en visto. Vicente nunca respondió. Espere cerca de una hora, esperando si había actividad, pero nada.