EL VETERINARIO 19
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Cerré el chat con una media sonrisa. Me levanté y bajé al restaurante del hotel. Mientras esperaba el pedido, saqué el teléfono y empecé a limpiar notificaciones. Correos, mensajes de WhatsApp en general…Y entonces vi el que había llegado a las 12:07, el número desconocido.

Lo abrí.

Era una foto.

Unas bragas negras de algodón, cuidadosamente extendidas sobre una superficie oscura. Debajo, un texto:

Desconocido: Se le olvidaron esta mañana.

O se las quité.

No sabes que bien huelen.

Se me heló la sangre.

El camarero me preguntó dos veces que iba a tomar antes de contestar. Pedí cualquier cosa. Cuando se alejó volví a mirar la imagen. Eran las suyas, estaba seguro. Las que Clarisse llevaba esta mañana cuando salió de casa.

Cuando llegó el pedido, apenas toqué la comida. Mi cabeza no paraba de darle vueltas al asunto. Subí a la habitación, pero no sé exactamente como llegué.

En cuanto estuve dentro, corría al portátil: Clarisse seguía en el sofá, con el portátil sobre las piernas. Luego retomé el chat con ella.

Martín: Ya volví.

La cena era mejorable.

¿Cómo vas?

Clarisse: Bien.

Tengo a Mica acurrucada cerca de mis pies.

¿Has podido cenar algo?

Martín: Poco.

La imagen de tu sensualidad, no se me va de la cabeza.

Me deja un hambre que no llena la comida.

Clarisse: Cariño…

¿Por qué eres así?

Me vas poner…

Y luego me vas a dejar con ganas y tú estás muy lejos.

Martín: Vale vale, no insisto.

Me mantuve escribiendo y borrando, tratando de encontrar las palabras para pedir explicaciones por la foto que me llegó. Finalmente me decidí.

Martín: Oye…

Hoy me ha llegado un mensaje de un número desconocido.

Unas bragas negras.

Y un mensaje que no me ha gustado nada.

El indicador de «escribiendo…» apareció en seguida. Desapareció. Volvió a aparecer. Finalmente, nada, recibí una llamada telefónica de su parte. La voz de ella se oyó un poco tensa pero controlada.

—Dime —dijo—. ¿Qué foto es esa exactamente?

Me acomodé en la cama lo mejor que pude, con unos nervios y sensación de mareos terrible. Hablé con la calma más fría que pude fingir.

—Obviamente el mensaje es de Vicente. Mostrando unas bragas que supuestamente son tuyas.

Dime, ¿es verdad?

Al esperar la respuesta de Clarisse, pude escuchar su respiración. Esperé. Ella tragó saliva y empezó a hablar.

—Déjame que te cuente —empezó, aclarando la voz—. En la reunión de esta mañana… el de la fundación vino acompañado.

Era Vicente.

No lo esperaba.

Al principio todo fue normal, sólo trabajo. Revisamos el reportaje, hicimos los cambios. Cuando el de la fundación se tuvo que ir de pronto, nos quedamos solos unos minutos.

Me incorporé ligeramente en la cama. Esa sensación de miedo en el pecho, se intensificaba.

—¿Y qué pasó? —pregunté.

—Él… empezó a hablarme de las fotos que envié cuando estaba tomada…

Y entonces… me chantajeó.

Me dijo que si no le daba las bragas que llevaba, le iba a contar a todo mundo lo de las fotos.

Que las iba a reenviar.

Que te las iba mandar a ti con más cosas.

Yo me asusté.

No sabía qué hacer.

Al final… me las quité y se las di.

sólo para que nos dejara en paz.

Después salí del hotel y me fui a casa a cambiarme…

Escuchaba sus explicaciones, con una tensión que me tenían apretando la sábana con una mano. La imagen de ella quitándose las bragas frente a Vicente se me superpuso.

—¿Te amenazó? —pregunté, algo incrédulo.

—Sí.

Me dijo que, si no lo hacía, me iba a Joder la existencia.

Que esas fotos podía usarlas.

Yo sólo… quería que parara.

Me dio miedo y vergüenza.

Por eso no te conté enseguida.

No sabía cómo.

No lo podía creer. Dentro de mí se peleaban dos cosas: la rabia de imaginar a ese viejo inútil obligándola bajo amenazas y la sospecha de que la historia no era tan simple. Porque Clarisse no sonaba sólo asustada. Sonaba… cuidadosa. Como si estuviera midiendo cada frase.

—¿Te tocó? —pregunté, más por morbo que otra cosa.

Ella se apresuró a responder.

—No, te aseguro que no.

sólo me hizo dárselas.

Y se fue.

Después de eso no lo he vuelto a ver.

Te lo juro.

Dudé un segundo en que responderle.

—Está bien —dije al final, aunque no estaba bien—. Gracias por contármelo.

Ahora descansa.

Mañana hablamos.

—Amor… —susurró—. Perdón.

De verdad.

No quería que te enteraras así.

—Entiendo… ya hablaremos como solucionar esto.

Descansa.

Colgamos y me quedé unos minutos en silencio. Luego abrí el mensaje de las bragas y contesté:

Martín: ¡Qué tienes subnormal!

Te atreviste a chantajear a mi novia, para que te diera las bragas.

Eres un hijo de puta.

La respuesta por parte de él fue rápida.

Vicente: Jajajaja.

¿Eso te contó?

Qué detalle más bonito.

Casi me emociona.

Martín: No tiene gracia.

La amenazaste.

¿Qué coño te pasa?

Vicente: Tranquilo.

Yo sólo he mandado la foto.

La historia… esa la has montado tú con lo que ella te ha contado.

Yo no he dicho nada.

Martín: ¿Va a negar que no la chantajeaste?

Cabrón.

Vicente: No voy a entrar en detalles. Cada uno tiene su versión.

Y es más interesante así.

Aprete el móvil con rabia. Vicente estaba jugando, dejando más dudas flotando, exactamente donde más dolía.

Martín: Si te vuelves a acercar, aunque sea un dedo te juro que…

Vicente: Que qué.

¿Me vas golpear de nuevo?

Cuidado, niñato.

Puedo denunciarte y, hacer que pases un buen tiempo lejos de tu noviecita…

Martín: Nosotros también lo podemos hacer…

Vicente: Ah si…

Pues hazlo, muestra tus pruebas.

Yo estoy limpio.

Analiza antes de escribir estupideces, quillo…

Martín: Déjala en paz.

Vicente: Yo no la estoy molestando.

De hecho, la última vez que hablamos fue… bastante cordial.

Pero si ella necesita un hombre de verdad…

La rabia me consumía. Y no podía evitar querer golpearlo.

Martín: Si te vuelves a intentar algo… te juro que te destrozo.

No es una amenaza.

Es una promesa.

Te voy a buscar y te voy a partir la cara de verdad.

Vicente: Adelante.

Pero mientras tú estás lejos, amenazando a través de una pantalla…

Ella está sola.

Con el recuerdo de lo que le hice.

Y con mis bragas —perdón, sus bragas— en mi bolsillo.

Martín: Capullo de mierda.

Vicente: Jajaja…

Te voy a proponer algo.

Un trato de caballeros.