18
Guardé el móvil y minutos después el taxi se detuvo frente a la obra. Me puse el casco y entré, con esa sonrisa tímida que Clarisse había logrado sacarme, a pesar de lo otro, aunque no era tan alarmante, pero seguía siendo malo.
El aparejador me esperaba con los planos de instalaciones abiertos sobre una mesa de obra.
Pasamos la primera hora revisando la interferencia de la bajante de pluviales con el nuevo hueco del ascensor.
Había que decidir si se desviaba la bajante o se rediseñaba el hueco.
Tomé la decisión técnica, firmé la orden de cambio y dejé al equipo midiendo.
A las 9:25, mientras el jefe de obra organizaba a los operarios, saqué el móvil.
Primero las cámaras de casa. Clarisse ya no estaba.
La cama desecha, el bolso de Mica vacío.
Me metí en su teléfono. El GPS la situaba en un hotel del centro, un hotel que se frecuentaba mucho para temas de negocios, auditorias, etc. No había nada sospechoso, ni señales del veterinario.
Revise el historial de chats y llamadas. Pero nada, ninguna llamada o mensaje nuevo. El chat con Vicente seguía sin respuesta alguna y sin estar bloqueado. Esto me tenía un poco intranquilo.
Volví al trabajo. A las 11:10 tuvimos una videollamada con el técnico de Urbanismo para adelantar los condicionantes de la licencia. Salimos razonablemente bien parados. Cuando colgamos, miré el reloj y otra vez el móvil.
Mi novia seguía en el hotel. Llevaba poco más de dos horas allí. La reunión se estaba alargando. Le escribí:
Martín: ¿Todo bien con la fundación?
No recibí respuesta alguna en ese momento. Guardé el teléfono y bajé a la planta baja a revisar el estado de los forjados con el aparejador. Mientras mediamos, el móvil vibró en el bolsillo. No era Clarisse. Era un número desconocido. No abrí. Lo dejé para después.
A las 12:25, en un descanso para beber agua, volví a mirar. Clarisse había salido del hotel hacía quince minutos. El GPS la mostraba caminando por la ruta que suele tomar cuando se dirige a casa. Me había contestado.
Clarisse: Sí, se ha alargado más de lo previsto.
El de la fundación al final llegó algo tarde.
Pero sacamos el trabajo.
Me duele un poco la cabeza y estoy sudando.
Voy a pasarme por casa un rato a ducharme y tomar algo antes de seguir con los textos.
Luego ya me organizo.
¿Tú qué tal?
Intenté bromear con ella, tratando de devolverle el gesto de hacerme sonreír por la mañana.
Martín: Tiene sentido. Has pescado un resfriado por enviarme esa foto, y ahora te está pasando factura.
Descansa un poco, ya seguirás después.
Yo aquí con los forjados.
Luego hablamos.
Clarisse: Qué dices…
Yo creo que me ha caído mal algunos de los bocados que sirvieron.
Vale.
Gracias.
Cuídate.
Por un segundo me quedé mirando a la nada, tenía un presentimiento de que algo no cuadraba. Mientras volvía con el aparejador hacia la zona de demoliciones, no pude evitar mirar otra vez el punto del GPS acercándose a nuestro edificio.
A la 13:05 la cámara de la entrada se activó. Clarisse entró con el bolso colgado del hombro y una expresión cansada. Cerró la puerta, se apoyó unos segundos contra ella y soltó aire. Mica se le acercó. La acarició de forma mecánica. Después fue directo al dormitorio.
La vi quitarse el blazer y dejarlo sobre la cama. Después se quitó el suéter y seguido la falda. Se quedó un momento de pie, frente al espejo, en sujetador y… sin bragas. Me quedé mirando la pantalla sin parpadear. Entró al bañó y el agua empezó a sonar. Estuvo dentro casi veinte minutos.
Cuando salió, se secó con prisa, sacó unas bragas blancas del cajón y se puso unos pantalones negros de vestir y una blusa clara. Se miró un segundo al espejo del armario, recogió su bolso y salió otra vez de casa. Por el GPS veía que se dirigía a la revista.
estaba apoyado contra la pared de la obra. El móvil me pesaba en la mano, intentaba asimilar lo que había visto. Mi novia llegó a casa sin bragas. Acaso tuvo algún percance, ¿O por qué se las había quitado?
Esa sensación de que algo se me estaba escapando entre los dedos, se hacía más fuerte.
La tarde se me fue entre revisiones de forjados y una segunda reunión con el aparejador.
Cada vez que tenía un hueco, aprovechaba para ver el teléfono de mi novia.
Por más que rebuscaba, no había ningún tipo de avistamiento de Vicente.
Clarisse seguía en la revista, es lo que marcaba su GPS.
A media tarde intercambiamos un par de mensajes.
Martín: ¿Cómo va el reportaje?
¿Ya lo cerraste?
Clarisse: Sí, hace rato.
Quedó bien.
Ahora estoy con correos y se viene una reunión corta de planificación.
¿Tú?
Martín: Aquí seguimos.
Se me está haciendo largo el día.
Pero lo sobrellevo mirando la foto de anoche…
Todavía me despisto de vez en cuando.
Clarisse: Eres un vicioso.
Trabaja.
Que luego me vas a echar la culpa si algo sale mal.
Martín: No le echaré la culpa a nadie.
sólo a esa faldita que te pusiste esta mañana.
Clarisse: Martín…
Estoy en la oficina.
No me pongas colorada.
Sonreí un poco al leerlo, era mi momento de atacar e intentar saber algo respecto a porqué llegó a casa sin bragas.
Martín: Me encanta que te pongas así.
Dime, ¿qué llevabas bajo esa falda?
Clarisse: ¡Hey…!
Estás muy curioso hoy, niño travieso.
Martín: Ya lo dijiste.
Simple curiosidad…
Clarisse: Pues… llevaba unas bragas negras.
¿Contento tontín?
Martín: Sí, algo.
Cómo que llevabas ¿pasó algo?
Clarisse: Un… pequeño accidente, nada del otro mundo.
Bueno te dejo, tengo que terminar aquí.
Martín: Vale, cuídate.
Que me lo dijera tan natural, me hizo sentir una extraña felicidad que no sabría describir, como si hubiera preferido que su coartada fuera algo que me doliera y al mismo tiempo abrigara mi bajo vientre, al escuchar.
estaba terminando de recoger las cosas en la oficina improvisada, y el GPS me mostró que Clarisse ya había salido de la revista.
Esperaba que el siguiente día fuera más liviano.
Guardé los planos, me despedí del aparejador y salí a buscar un taxi.
Mientras esperaba, el móvil vibraba: mensajes del aparejador con fotos de detalles, un correo de Urbanismo, mensajes de Rafa, mensaje de del estudio, mensajes de clientes, un mensaje de Laura que no abrí… Tenía el WhatsApp llenó de mensajes.
Nada más llegar a la habitación, dejé el casco y la chaqueta en la silla, tenía la cabeza cansada y el cuerpo en modo obra.
Fui a la cama y me dejé caer sobre ella, un buen rato.
Antes de meterme a la ducha, abrí las cámaras.
Clarisse estaba en el sofá, en pantalón de chándal.
Parecía tranquila, aunque de vez en cuando levantaba el móvil, como si esperara algún mensaje.
Por si las dudas, me metí también en su teléfono.
Nada raro a simple vista. Después le escribí.
Martín: Ya estoy en el hotel.
Día largo.
¿Tú cómo estás?
Clarisse: En el sofá, con Mica.
Cansada, pero bien.
¿Has cenado?
Martín: Ahora bajo.
Estoy pensando en lo bien que te salen las fotos atrevidas…
Y en esa falda que llevabas hoy.
Se me ha hecho difícil concentrarme en los forjados.
Clarisse: Eres imposible.
Estoy en casa, en chándal, con el pelo hecho un desastre.
Nada que ver con esa foto.
Martín: Precisamente por eso.
Me gusta imaginarte en las dos versiones.
La de la foto y ahora.
Clarisse: Cariño…
No te ponas así cuando estás tan lejos.
Que después me quedó rara.
Martín: Rara de qué.
Dime.
Clarisse: De ganas.
Y no poder hacer nada con ellas.
Mejor céntrate en terminar cuanto antes.
Que ya quiero que vuelvas pronto.
Martín: Lo haré.
Y cuando vuelva, vamos a hablar de la chica traviesa que me está saliendo.
Clarisse: Martín…
Ve a cenar.
Ya luego hablamos, bobo
Te quiero.
Martín: Vale.
Me voy.