17
Clarisse extendió la mano y tocó la mía un segundo.
—Te escribo —prometió—. Y si pasa cualquier cosa, me llamas. Da igual la hora. Ahora come. Que se enfría.
El resto de la semana se nos pasó relativamente rápido, entre una calma y normalidad casi ofensiva.
Por las mañanas Clarisse salía temprano a la revista.
Cuando volvía, a media tarde, traía el pelo suelto y una expresión de cansancio real.
Me contaba que el redactor jefe había estado de un humor de perros y que ya le habían empezado a llegar correos sobre los cambios del dosier de arquitectura.
Cenábamos algo ligero y nos acostamos pronto.
Ese jueves en la noche no hubo sexo, sólo la compañía de dos cuerpos, compartiendo calor mutuamente: ella se pegó a mi espalda, me rodeó la cintura con un brazo y se quedó dormida en pocos minutos.
Yo me quedé escuchando su respiración, pensando en los días que faltaban.
Recuerdo que el viernes por la mañana me levanté antes. Mientras preparaba café, Clarisse apareció en la cocina con una de mis camisetas y el pelo revuelto. Me abrazó por detrás y dejó un beso en mi cuello.
—Hoy salgo un poco más tarde —me dijo—. Tengo que terminar de revisar unos textos antes del fin de semana.
Que me lo dijera así tan natural, no evita que yo de manera involuntaria pensará cosas indebidas. Me llenaba de paranoia, de ansiedad sólo pensarlo. Pero al final lo aceptaba.
Efectivamente, ese día Clarisse llegó cerca de las ocho.
Traía el portátil y una carpeta llena de pruebas impresas.
Se sentó en el sofá con las piernas cruzadas y se puso a corregir mientras yo preparaba la cena.
De vez en cuando levantaba la vista y me sonreía.
Parecía concentrada de verdad. Después de cenar seguimos un rato en silencio: ella con sus papeles, yo revisando unos últimos asuntos antes del viaje.
Cuando apagamos la luz, me buscó la mano bajo las sábanas y la apretó con fuerza.
—Que no se te olvide que te quiero mucho —susurró—. Y que te voy a echar de menos.
—Que no se te olvidé a ti —dije, con un matiz en la voz que sonaba a reproche.
Desde esa noche empecé a notar ese nudo frío en el estómago que ya conocía demasiado bien.
Mi cabeza se llenaba de imágenes no deseadas: Vicente en la clínica y Clarisse apareciendo en escena, bajando la guardia, esa forma en que el viejo sabía encontrar exactamente la grieta por donde colarse.
Pensaba en el viaje. En los tres o cuatro días que iba a estar fuera.
En lo fácil que resultaría para él fabricar una excusa y simplemente presentarse.
El sábado por la mañana, mientras ella se duchaba, me quedé sentado en el borde de la cama mirando su móvil encima de la mesita.
La pantalla se iluminó un segundo con una notificación, era de la revista.
No la abrí. sólo lo miré. Recordé los años en Securitas Global.
El tiempo que pasé en el departamento técnico, aprendiendo no sólo de cámaras y cableado estructurado, sino de sistemas de monitorización, de cómo se accedía de forma remota a dispositivos cuando había «necesidad operativa». Sabía cómo se hacía. Y odiaba saberlo.
Los pensamientos intrusivos no paraban. ¿Y si el lunes, mientras yo estaba en una reunión con Valcárcel, ella recibía un mensaje? ¿Y si el martes, después de la formación digital, terminaba «pasando» por la clínica? ¿Y si Vicente le mandaba una foto o un audio y ella, sola en casa, volvía a ceder…?
Por la tarde, mientras ordenábamos la maleta, la vi dejar el móvil otra vez sobre la cama.
Se fue a la cocina a preparar unos jugos.
Me quedé sólo en la habitación. El corazón me latía demasiado fuerte.
Respiré hondo. Recordé que cuando instalé el sistema de vigilancia de la casa, también le ayudé a configurar el correo y la nube del teléfono.
En aquel momento lo había hecho por comodidad: para que los dos pudiéramos ver las fotos de Mica desde cualquier dispositivo.
Nunca había abusado de ese acceso. Hasta ahora.
Abrí mi portátil. Entré en la cuenta de iCloud que compartíamos de forma residual.
El historial de mensajes no estaba completamente sincronizado, pero sí las copias de seguridad y la ubicación.
Con unos minutos de trabajo —usando herramientas que todavía recordaba de mi etapa en seguridad— activé la sincronización completa de iMessage y activé de forma discreta el registro de ubicaciones en tiempo real.
Aproveché lo que ya estaba ahí, lo que yo mismo había dejado configurado meses atrás, bajo la excusa de «que todo estuviera respaldado».
Cuando Clarisse volvió con los dos vasos de jugo, el portátil ya estaba cerrado y yo fingía revisar la lista de cosas que me faltaban por meter en la maleta. Me sonrió. Me pasó una camisa doblada. Yo le devolví la sonrisa con una naturalidad que me costó más de lo que esperaba.
Esa noche, hicimos el amor con una lentitud casi ceremonial.
Las confesiones que le pedía como combustible sexual, esa noche no hicieron falta.
Clarisse estaba encima de mí, moviéndose despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo.
Cada vez que se inclinaba me besaba con una ternura que me resultaba dolorosa.
Cuando terminamos, se quedó tumbada sobre mi pecho, dibujando círculos invisibles con el dedo.
—Vuelve pronto —dijo en voz baja—. Aunque sean sólo tres días… se van a hacer largos.
—El miércoles o el jueves como muy tarde estoy aquí —respondí, besándole la cabellera pelirroja.
Ella asintió contra mi piel y no dijo nada más.
Me quedé despierto mucho rato. Ella dormía profundamente a mi lado, con una mano apoyada en mi pecho. Yo miraba el techo y sentía el peso de lo que acababa de hacer. No era orgullo. Era miedo. Miedo de lo que podría encontrar… y miedo de mí mismo por haber cruzado esa línea otra vez.
El domingo a las seis de la mañana ya estaba despierto. Clarisse seguía dormida a mi lado, con el brazo todavía cruzado sobre mi estómago. Me quedé quieto un buen rato, memorizando el peso de ese brazo, el olor de su pelo, la forma en que su respiración se entrecortaba un poco cuando soñaba.
Luego sin despertarla, fui a la sala y revisé una última vez, desde el portátil, que todo estuviera activo. La ubicación de su teléfono aparecía con precisión en el mapa de nuestra casa. Los mensajes se sincronizaban. Cerré la tapa del ordenador y fui a despertarla.
A las cuatro de la tarde sonó el timbre del taxi. Clarisse me acompañó hasta la puerta. Me ayudó a ponerme la chaqueta, me miró unos segundos y luego se puso de puntillas para besarme.
—¿Seguro que no quieres que te acompañe a la estación? —preguntó mientras me abrazaba por la cintura.
—No hace falta cariño. Así no te lío la tarde.
Ella asintió y no insistió.
—Que te vaya bien —susurró, sujetando mi mano—. Eres él mejor
—Gracias —respondí—. Guiñándole un ojo.
Bajé las escaleras con la maleta en una mano y la sensación de que algo se estaba quedando atrás de forma irreversible.
Desde el asiento trasero del taxi miré hacia arriba.
Clarisse estaba en el balcón, con los brazos cruzados, viéndome marchar.
Sonrió levemente y levantó una mano en un gesto breve antes de volver al interior del piso.
Al llegar al tren me senté junto a la ventana, mientras a mi vista periférica el paisaje se empezaba a deslizar, yo intentaba concentrarme en el proyecto de Valcárcel. En la licencia. En que todo saliera bien para poder volver cuanto antes.
A medio trayecto el móvil vibró. Era Laura.
Laura: ¿Ya vas de camino a Valencia?
Solo quería saber si habías salido bien.
Y si estás tranquilo… Como durante la semana apenas y me has regresado los mensajes.
Era verdad. Después de lo que hicimos la última vez, ella había intentado comunicarse: llamando, me enviaba mensajes que en su mayoría ignoraba y cuando respondía, lo hacía de manera fría y cortante. Sé que estaba mal portarme así, pero ella misma dio a entender que sólo fue sexo y nada más.
Martín: Sí, ya voy en el tren.
Estoy tranquilo, gracias.
Laura: Me alegro.
Si necesitas algo… ya sabes que puedes contar conmigo.
Leí el mensaje desde la barra de notificaciones y no contesté.
Guardé el móvil un momento y miré por la ventana.
Su mensaje me había devuelto de golpe el sabor de esa tarde: su boca, su piel, su aroma tan profundo, las palabras sucias sobre Clarisse.
Me pasé una mano por la cara y la culpa se hizo presente otra vez.
Media hora después intenté conectarme a las cámaras de casa.
La señal era irregular. La imagen de la sala cargó a trompicones: Clarisse estaba sentada en el sofá, con Mica a sus pies.
Parecía revisar el móvil. Intenté entrar también a su teléfono, pero la conexión no ayudaba, se cortó dos veces.
sólo pude ver que tenía una conversación abierta, sin llegar a leer el contenido. Después la conexión volvió a fallar.
Guardé el portátil y me recosté en el asiento cerrando los ojos un momento, con esa sensación extraña en el pecho, como cuando uno presiente algo malo.
Nada más llegar a la estación revisé la señal, la cobertura era fuerte.
En el taxi desde el móvil, revise las cámaras casi por reflejo.
La imagen de la sala cargó nítida. Clarisse seguía en el sofá, pero ahora tenía el móvil mucho más cerca de la cara.
Se le veía el ceño ligeramente fruncido y los labios apretados.
Cambié a ver qué pasaba con su teléfono.
El chat que apenas pude ver en el tren, estaba abierto. Era un número desconocido y había mensajes recientes:
Vicente: ¡Es verdad que estás solita?
¿Se puede saber por cuántos días?
Clarisse: Eso no te incumbe.
No me escribas.
Vicente: Unos días lejos. ¡Eh!
Suficientes para que se te olvides un poco de él.
Clarisse: Voy a bloquearte.
El mensaje de ella estaba en «enviado», pero no en «leído». Por un momento había sentido un tirón en el estómago. Pero al ver que ella lo había cortado bastante rápido, me tranquilicé. Guardé el móvil cuando el taxista me informó que habíamos llegado al hotel.
El check-in se alargó más de lo normal. Había un problema con la reserva y tuve que esperar en recepción casi 15 minutos. Después subí, como pude me instalé. Luego sentándome al borde de la cama le escribí a Clarisse:
Martín: Cari, Ya llegué. Estoy en el hotel.
¿Todo bien por ahí?
La respuesta llegó casi al instante:
Clarisse: Vale amor.
Sí, acabo de darle de comer a Mica y ahora estoy en el Sofá.
Te echa de menos en casa, se pone a mirar la puerta a cada rato.
Martín: Dile que vuelvo en unos días
¿Has cenado algo?
Clarisse: Sí, algo ligero.
Nada del otro mundo.
¿Tú has podido cenar o llegaste muerto de hambre?
Martín: Todavía no.
Desempaco un poco y luego bajaré a ver qué hay.
Clarisse: Vale, que no se te olvide.
Y descansa. No te sobrecargues mañana.
Que ya te conozco y te pones a mil desde el primer día.
Martín: Ok, señora.
No se preocupe.
Clarisse: Hablo en serio bobo.
Te echo mucho de menos. Cuídate mucho.
Martín: Yo también.
Si necesitas cualquier cosa o simplemente hablar, me llamas o escribes.
No importa la hora.
Clarisse: Lo sé cari.
Gracias.
Tú también, si te sientes sólo o estresado con lo del proyecto, me dices.
Aunque sólo sea para despotricar un rato.
Martín: Hecho.
Clarisse: Que aproveches.
Trata de descansar. De verdad.
Te quiero.
Martín: Y yo a ti.
Buenas noches.
Inmediatamente después cogí el portátil y volví a las cámaras y el móvil de ella. El corazón se me puso en la boca.
Mientras yo estaba en la recepción el chat había continuado.
Vicente: Venga pelirroja, no me bloquees todavía.
Dime una cosa y te dejo en paz ¿Vale?
Clarisse: ¡Ush…! No empieces.
Vicente: De verdad.
sólo dime una cosa. Pero promete sinceridad, ¿Vale?
Y yo prometo que te dejo en paz.
Clarisse: ¿Lo prometes?
Vicente: Claro que sí guapa. Palabra
Clarisse: Está bien. ¿Qué quieres que te diga?
Vicente: ¿Se te ha mojado alguna vez, sólo de recordar cómo hice correrte?
Clarisse: ¿Es en serio? ¿Tienes el descaro?
Vicente: sólo es una pregunta. Además, lo prometiste.
Hubo un espacio de alrededor de cuatro minutos. Después ella había contestado:
Clarisse: Sí.
Una vez.
¿Feliz?
Ahora si déjame.
Al leer ese mensaje, estaba pasmado mirando y releyendo su respuesta, mi respiración empezó a ser más agitada. Me acomodé en la cama con el portátil sobre las piernas y el corazón latiéndome demasiado fuerte.
Vicente: Venga guapa, No te pongas así.
Estoy seguro que no ha sido sólo una vez.
Él, ¿te ha contado algo de la deuda por mi labio?
Clarisse: No sé de qué deuda hablas.
Y lo del labio lo tienes bien merecido.
Vicente: Bueno, mejor así. Lo hace más interesante ¿No crees?
Pero la deuda se puede cobrar de muchas formas. Algunas más interesantes que otras.
Algunas que a ti también te podrían gustar.
Clarisse: No tiene nada de interesante.
Y no me gusta cómo hablas.
Vicente: No hace falta que para ti lo sea.
Solo que sepas que hay un cobro pendiente.
Y que mientras él está fuera… Podríamos revivir como se te puso el cuerpo aquella tarde.
Sentí que todo a mi alrededor desaparecía. Clarisse debía haberlo bloqueado hace un buen rato. Pero el viejo la estaba haciendo hablar y ella se lo permitía.
El chat seguía, pero esta vez era en tiempo real:
Clarisse: ¡Agg…! Cállate.
Ya olvídate de eso.
Vicente: ¿Qué pasa? ¿Te remuevo los recuerdos?
Clarisse: Claro que no.
Vicente: Mentira.
Se que te acuerdas perfectamente. Ya me dijiste que incluso te has mojado.
¿Qué tal si me envías algo? Una foto tal vez. Para ya irme despidiendo.
Clarisse: No. Ya te di lo que querías.
Ahora largo y cumple con tu palabra.
Vicente: Venga pelirroja. Por lo buenos tiempos.
sólo envía algo y ya. Esta vez prometo que te dejo.
Hubo un silencio largo. Por la cámara vi cómo Clarisse se levantaba del sofá y se iba al dormitorio.
Se paró frente al espejo del armario, analizando su imagen, luego levantó el móvil.
Primero se hizo una foto de las piernas y los glúteos, desde arriba, con la camiseta un poco levantada.
Después se quedó mirando la pantalla. Dudó.
Se bajó un poco los leggins que llevaba y se hizo otra, más atrevida: se le veía por completo el culo dentro de las bragas y el resto de su fisionomía.
La sensación de vértigo era terrible. Al final había decidido o pensando en enviarle alguna o tal vez las dos fotos. La humillación y el dolor, provocaban que resoplara agitado.
Vi cómo abría el chat con Vicente. Vi que le envió la primera foto: Ella de espaldas a la cámara sin mostrar el rostro, la fotografía abarcaba desde: la cabeza; espalda; glúteos y finalmente algo de piernas.
Clarisse: Ya.
No te enviaré nada más.
Luego mi móvil vibró. Era ella. Había un multimedia. Lo vi desde el panel de notificaciones. La foto de mi novia, la más subida de tono. Acompañado de un texto corto.
Clarisse: Para que no se te haga tan largo el viaje.
Buenas noches.
Te quiero.
Me quedé mirando la imagen con el corazón en la garganta o tal vez un nudo, no lo sé.
La serie de sensaciones que sentí en ese momento extraño, extraño de verdad.
Ella nunca había hecho eso, tal vez lo hizo por la necesidad de compensar o la culpa de que haya respondido a Vicente. Pero mi sorpresa se acrecentaba.
Vicente le contestó casi en seguida:
Vicente: Bonitas piernas.
Y qué bonita cola.
La próxima enseña más.