EL VETERINARIO 16
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Ella se tomó su tiempo para responder.

—Sí —admitió—. A veces… y, no puedo evitarlo. Me odio por eso.

Pasé una mano por debajo de las sábanas, tocando su muslo por encima del pijama. Ella se tensó un poco permitiendo ese contacto.

—¿Y…? ¿Qué sentiste cuándo te corriste en su boca?

Seguí tocándola con más presión. Ella levantó un poco la cadera y creo que mis caricias la animaban a soltar más la lengua.

—Se… se me fueron las piernas… me temblaba todo… nunca había experimentado algo así… pensé que me orinaba… y él se rio y siguió chupando…

—Sigue… Dime ¿Qué te decía cuando te comía el coño?

Mis dedos se metieron bajo su pantalón del pijama y empujaron la tela de la braga hacía un lado. La toqué directamente, le metí un dedo dentro y, ella arqueó la espalda y soltó un gemido algo contenido: «Aahh-mmmhhh…». estaba empapada.

A esas alturas, también estaba completamente duro. Mi interrogación se estaba convirtiendo en otra cosa y, yo no paraba de mover sutilmente el dedo mientras le hablaba cerca al oído.

—Me… me decía que… le gustaba como sabía… «Aaahhmmm…». Que Le gustaba como apretaba. «…mmmhhhnn…». Que me iba a hacer correr hasta que no pudiera más… «Ahh…mmm-Martín… Hmmh…»

La seguí masturbando con más ritmo. Clarisse se agarró a mi antebrazo, gimoteando cada vez más alto: «Ggnghnnaaaa… Nnnmmm…». Los dos estábamos respirando agitados, la dinámica que estábamos creando se volvía cada vez más cachonda.

Como pude le bajé el pantalón del pijama y las bragas de un tirón, Ella se sorprendió, pero yo seguí.

Me coloqué encima de ella y la penetré de un sólo empujón.

¡Uhmmn…! ¡Mmmfffpp…! Empezaba a moverme dentro de ella con fuerza, con una mezcla de odio, amor, celos y esas ganas enfermizas por escuchar y volver a recordad la humillación a la que me había expuesto.

—Venga, Dime ¿Qué te dijo exactamente cuándo tenías la boca llena?

Ella trataba de hablar entre jadeos, con la voz rota y trastabillante.

—Me decía… que tragara… que no desperdiciara nada… que era una… «Mmmm-mmhhn… Aaannhhn…» …una buena puta… aaahh… y me sujetaba el pelo… y la metía más profundo… haciendo que quiera vomitar.

—¿Te gustó que te hablara así?

—Sí… me gustó… No quería… Nnnmm… me daba vergüenza. Pero me gustó…

La follaba con más ritmo, de manera constante, mirándola a la cara mientras la hacía confesar. Cada detalle era como una dosis de adrenalina enfermiza que me ponía más duro.

—Sigue —le ordené, sin parar—. Dime has soñado con ello. Te has mojado sólo de recordarlo.

—Sí… —admitió entre gemidos—. Varias veces… me despierto mojada… Y me siento muy culpable… Pero pasa… ¡Haahhh… …mmmnn…!

Aceleré las embestidas. Ella clavó sus dedos en mi espalda, sus piernas me abrazaban con fuerza, todo su cuerpo reaccionaba en simultáneo «AAAHH… MMM-MMMHH…» Y se corrió, mojando apenas la cama.

Unos segundos después me corrí dentro de ella, con una intensidad que nunca había experimentado. Todo por escucharla confesar exactamente lo que le pedía…

A partir de ese entonces se fue convirtiendo en una dinámica casi regular en nuestros encuentros.

De vez en cuando recordaba esa humillación y, a veces cuando teníamos sexo yo volvía a preguntar. Al principio ella dudaba, me decía que quería olvidar ese episodio, pero siempre terminaba diciendo y dando más detalles de ese encuentro.

—Pero no lo tomes a mal o te vayas a enojar después… por favor

Yo le aseguraba que no. Que necesitaba oírlo. Y ella, al darse cuenta de que lejos de enfadarme lo que contaba me ponía más cachondo, empezó a soltarse y poco a poco fue confesando con más lujo de detalles.

Cómo se le había puesto el cuerpo cuando Vicente la besó de manera soez.

Cómo se sentía cuando Vicente le bajó las bragas.

Cómo le temblaban las piernas cuando se corría en su boca.

Cómo le había sabido la polla.

Cómo no podía evitar entre culpa y odio recordar y soñar con ello.

Pasó una semana y las cosas parecían estabilizarse. El proyecto de Enrique Valcárcel avanzaba bien; ya teníamos fecha de arranque para la obra y era cuestión de tiempo que tuviera que viajar unos días. En casa, entre Clarisse, la mascota y yo, la rutina había encontrado un equilibrio frágil.

Todo parecía relativamente tranquilo. A veces ella me contaba que Vicente trataba de escribirle, pero lo bloqueaba al instante. Y me mostraba pruebas de ello. La verdad ese gesto suyo de que lo hiciera, me daba cierta tranquilidad, aunque el temor de que ese viejo seguía rondando no se iba.

Recuerdo que el martes por la noche Clarisse entró en el salón con el móvil en la mano y la cara blanca. Me lo tendió sin decir nada. Había dos mensajes de un N° desconocido (era Vicente):

Desconocido:

Dile a tu noviecillo que todavía le debo algo por lo del labio.

Desconocido: Y hay algo que él tiene y me gustaría destrozarlo. Yo no he olvidado. Él tampoco debería.

Clarisse me miró, preocupada y con cierto temor.

—No sé de qué habla —dijo—. Lleva día escribiéndome desde números distintos. Pero esto… esto suena distinto. ¿Te amenazó con algo por lo del labio? ¿Qué te dijo?

Me quedé mirando la pantalla. Súbitamente, regresó el recuerdo del golpe que le di ese día a Vicente, el labio roto, la amenaza que él lanzó después «Le voy a romper el culo a tu noviecita…»

todo volvió de golpe. Él había estado escribiéndome también, pero decidí configurar mi número personal para no recibir contacto de ningún número desconocido.

Y ahora estaba usando a Clarisse para recordármelo.

—No es nada de lo que debas preocuparte —contesté, aunque la voz me salió más tensa de lo que quería—. Es algo entre él y yo. Bloquéalo. Si vuelve a escribir, me lo dices y hacemos algo más drástico.

Clarisse asintió, pero se le notaba la preocupación y algo de curiosidad tal vez. Ella no sabía nada de lo que había pasado en ese ataque de ira en el que fui a golpear a Vicente.

La llamada de Enrique Valcárcel llegó un miércoles por la mañana, mientras revisaba unos planos en el estudio.

—Martín, necesito que vengas a Valencia. Unos días. La obra arranca la semana que viene y hay que resolver de una vez el tema de la licencia de cambio de uso con el ayuntamiento. Los técnicos quieren una reunión presencial. Si no estás tú, se nos atrasa todo el calendario.

No había mucho margen de discusión. Quedamos en que viajaría el domingo por la tarde y me quedaría hasta el miércoles o jueves, según cómo salieran las gestiones.

Colgué, miré el calendario y sentí una sensación rara en el estómago.

Involuntariamente recordé la amenaza de Vicente que seguía ahí, flotando desde hacía días: «Dile a tu novio que todavía le debo algo por lo del labio».

No sabía con exactitud si había vuelto a escribir, pero tampoco había desaparecido.

Esa noche se lo conté a Clarisse mientras cenábamos.

—Tengo que ir a Valencia el domingo. Tres o cuatro días. Valcárcel necesita que esté presente para lo de la licencia y el arranque de obra.

Ella dejó el tenedor y me miró. Se le notó un destello de nerviosismo, pero lo disimuló enseguida con esa sonrisa educada que tanto le caracterizaba.

—Está bien —dijo—. Es tu trabajo. Ve tranquilo.

—Podrías… pedir unos días en la revista. Así vienes conmigo. Nos vendría bien estar fuera, los dos. Distraernos un poco.

Ella negó con la cabeza casi de inmediato, con suavidad, pero con firmeza.

—No es tan sencillo, cari… Esta semana y la que viene son un infierno en Ágape.

—¿Por qué? ¿Otra vez el cierre?

—Peor. El redactor jefe ha adelantado el cierre de la edición especial de otoño.

La que lleva el dosier de arquitectura contemporánea y patrimonio…

justo el tema que me encargaron coordinar.

Tengo que revisar las pruebas de galera finales, corregir los textos de los tres colaboradores externos y subir todo al gestor de contenidos antes del miércoles.

Si no está validado y firmado digitalmente, perdemos el turno de imprenta otra vez.

Hizo una pausa, pasando el dedo por el borde del vaso.

—Además, el lunes por la mañana tenemos la reunión con los patrocinadores locales.

El de la fundación cultural quiere cambios de última hora en el reportaje central y ha pedido que esté yo presente porque «soy la que mejor entiende el tono de la revista».

Y el martes justo cuando sea tu segundo día en Valencia, empieza la formación obligatoria del equipo con la nueva plataforma de edición digital.

El jefe ha dicho que no acepta ausencias.

Si falto, no sólo me come viva… dejo el cierre en el aire.

Me miró con esos ojos azules, un poco cansada, pero firme.

—De verdad que me gustaría acompañarte, aunque sólo fueran dos noches. Pero con este calendario no puedo mover nada sin que se note. Y después de los problemas del mes pasado, no estoy en posición de pedir favores.

Asentí con tranquilidad. Lo que decía sonaba muy convincente, ceñidos a los mismos días en los que yo estaría fuera.

—Entiendo —dije al final—. Ocúpate de lo tuyo. Yo me apaño sólo esos tres o cuatro días.