EL VETERINARIO 15
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Me quedé procesando, sintiendo un nudo en el pecho.

—¿Te gustó? —pregunté—. ¿Te gustó lo que hicieron?

Ella bajo la mirada y se le notaba el miedo en la respiración. Al final se apresuró a responder:

—No quiero recordar eso. Por favor, Martín —decía suplicante—. No me hagas revivirlo… Te lo pido.

—Necesito saber… Estoy dispuesto a escucharlo. No te preocupes en protegerme del dolor, sé a lo que me enfrento.

Clarisse se quedó callada, dudando. Se le veía que no quería. Al final levantó un poco la vista.

—Sí… me gustó —respondió—. Y me da asco admitirlo.

El nudo en el pecho parecía desatarse. Pero era reemplazado por una sensación extraña al estar hablando de ese pasado.

—Cuéntame —dije en voz baja—. Cuéntame, lo que te gustó. Necesito oírlo

—¿Estás seguro…? ¿De verdad quieres saber?

Asentí.

—Sí. No te cohíbas.

Ella bajó la mirada otra vez y la voz le salió muy baja:

—Está bien… —dijo—. Pero si en algún momento quieres que pare, dímelo. ¿Qué quieres saber?

—Dime cómo fue. Qué te dijo. Cómo te tocó. Qué sentiste.

Clarisse se quedó un rato mirando a las sábanas. Yo esperaba. Al final empezó trastabillando.

—Cu-cuando me… cuando me bajó las bragas… me dio mucha vergüenza. Le pedí que no. Pero el no hizo caso, me abrió las piernas y empezó a… a lamerme. Al principio intentaba apartarlo. De verdad. Pero. Después… ya no pude.

Me removí en la cama. Esa sensación rara se acrecentaba en mi bajo vientre.

—¿Qué te decía mientras lo hacía? —pregunté.

Ella dudó, me miró un segundo, como midiendo mi reacción, y después contestó:

—Me decía que sabía rico. Que le gustaba que lo tuviera peludo. Yo le decía que parara, pero él… chupaba más fuerte y yo… no podía evitar levantar más las caderas.

Tragué saliva. Noté cómo se me empezaba a poner dura la polla bajo el pantalón del pijama.

—¿Cómo fue cuando te corriste? —pregunté más bajo.

—Pensé que me iba a orinar —respondió avergonzada—. De verdad. Pensaba que me estaba orinando. Él se rió y dijo que no era orina… que era… corrida. Y siguió un poco más, hasta dejarme temblando.

Me tomé el tiempo para resoplar y puse las manos juntas tocando mis fosas nasales, como si estuviera rezando. El día empezaba aclarecerse entre las persianas. Clarisse me miró otra vez, insegura.

—¿Quieres que siga…? —preguntó—. No quiero lastimarte más de lo que ya lo hice.

—Sigue —contesté—. Pero más lento. Dime qué pasó después.

Ella respiró hondo.

—Después. Él sacó su… su polla. Me dijo que se la chupara. Yo le dije que no. No sabía, que nunca lo había hecho. A él no le importó y me fue guiando. Me decía cómo poner la lengua, como chupar, como usar las manos. Yo sentía mucha pena, pero le hacía caso.

No podía evitar ponerme duro al escucharla, a pesar de que la excitación se me mezclaba con un asco denso, mi mano bajó sin pensarlo y se cerró alrededor de la polla por encima de la tela del pijama. Clarisse lo vio. Se quedó callada viéndome.

Los rayos del sol iluminaban cada vez más la habitación, filtrándose a través de las cortinas. Miré el reloj. Eran casi las siete.

— Por ahora está bien —dije—. Tengo que estar antes de las ocho en la oficina.

Ella asintió en silencio. Me levanté y fui a la ducha. Ella se permaneció sentada en silencio, mirando a la ventana.

Pasé la mañana ultimando detalles del proyecto de Enrique Valcárcel: ajustes en los planos de refuerzo, revisión del informe técnico y un par de llamadas con el aparejador. El trabajo me tenía un poco enganchado.

A media mañana Clarisse me escribió:

Clarisse: ¿Tienes un rato a mediodía? Podemos almorzar juntos, si te apetece.

Acepté. Quedemos en un sitio sencillo cerca de su trabajo.

Fueron unos cuarenta minutos. Hablando de tonterías y cosas son sentido, en general.

Era como si los dos intentáramos recordar cómo se hacía eso de ser pareja otra vez.

Fue un momento algo extraño. Al final nos separamos con un beso corto en la mejilla y cada uno volvió a lo suyo.

Por la tarde seguí mucho más ocupado, no tuve tiempo ni de ver el móvil. Un cliente al que estaba asesorando, llegó a la oficina e insistió en invitarme a cenar para cerrar unos números. Cuando llegué a casa, era un poco más de las nueve. Clarisse me estaba esperando, tenía la mesa puesta.

—Perdona —le dije al entrar—. Se me ha hecho tarde. Tuve un cliente que no paraba de hablar y al final terminamos cenando. Estoy muerto. sólo quiero una ducha y acostarme.

Ella asintió enseguida, sin reprocharme nada.

—Claro. No te preocupes. Ve. Yo recojo todo.

Me duché rápido y me metí en la cama. El cuerpo me pesaba tanto, que me quedé dormido sin demasiada lucha. Ni sentí a qué hora Clarisse se acostó junto a mí.

A media noche me desperté otra vez. El mismo sueño de mierda, volvía a repetirse. Me incorporé jadeando y Clarisse se despertó al sentir el movimiento.

—Otra vez… —susurró.

Asentí, pasándome las manos por la cara. Ella se acercó, tocándome el brazo

—Tranquilo, estoy aquí para lo que necesites.

Se le notaba la culpa en la forma de hablar. Sabía perfectamente por qué tenía esas pesadillas recurrentes. Y estaba intentando no dejarme sólo con ellas, a su manera torpe y arrepentida.

—No es nada que no sepas ya. Es… ese jodido sueño que se repite.

—Entiendo —balbuceó.

Nos quedemos en silencio, un momento. Yo intentaba recuperar la tranquilidad en el cuerpo. Luego giré la cabeza un poco hacía ella, en la oscuridad

—¿Te habrías dejado follar? —solté de golpe.

—¿Qué? ¿De… de qué hablas?

—Del veterinario. ¿Le habrías dejado follarte?

Clarisse dudó.

—¿Para qué quieres saber eso?

—No lo sé —admití—. sólo… necesito saberlo. Dime la verdad.

Hubo un suspiro. Después contestó, como si intentara encontrar las palabras.

—No lo sé… En ese momento… quizá. Estaba tan caliente… y tan confusa… que no sé si hubiera podido negarme si él hubiera seguido.

En ese momento, al escucharla, sentí que se me entumía el cuerpo. La ansiedad se hizo presente de inmediato, aun así, quería saber más.

—¿Te gustó cuando le hiciste felación? —seguí.

Ella se incorporó en la cama, quedando sentada y me buscó la mano, entrelazándola al encontrarla.

—Martín. Por favor. No me agrada tener que hablar de eso. Siento que vas a terminar odiándome y, no te quiero perder.

—Cuéntame —le susurré—. Sin mentiras. Realmente quiero saberlo. Si quieres que vuelva a confiar en ti… no me mientas. ¿Te gustó?

Ella se cubrió la cara con el antebrazo. La voz le salió tímida y avergonzada.

—No… bueno sí… un poco. Más de lo que debería, y siento asco por eso.

Esa confesión me hizo sentir un escalofrío, que de inmediato se transformó en una sensación cálida en la polla.

—¿Cuántas veces lo hiciste?

Ella levantó la mirada y giró la cabeza viendo a la ventana.

—Una. sólo una vez. Ese día en su consultorio.

—¿Has vuelto a pensar en ello? —continué.