EL VETERINARIO 14 #2
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14 #2

Llegué cerca de las diez de la noche. Subí las escaleras lentamente, con la bolsa colgada en un hombro, y al llegar a la puerta me detuve unos segundos. Escuché. Dentro había un silencio. Saqué las llaves y entré.

Mica me recibió desbordada en alegría parándose en dos patas sobre mí, tratando de lamerme, la saludé como pude.

Clarisse estaba en el sillón. Llevaba un pantalón de chándal gris y una camiseta holgada. El pelo lo tenía recogido en un moño torcido y la cara todavía se le notaba hinchada. Al oír la puerta se levantó de golpe. Los ojos se le abrieron y por un momento pareció que no creía que fuera real.

—Martín… —dijo, con la voz casi en un susurro.

Cerré la puerta detrás de mí y apenas y la miré.

— Hola… —contesté, simplemente.

Ella dio un paso hacía mí y se detuvo, como si temiera que cualquier movimiento en falso me hiciera dar media vuelta y marcharme otra vez. Las manitos las tenía cruzadas delante del cuerpo, nerviosas.

— No sabía si ibas a volver… —admitió—. No contestabas. estaba… estaba asustada de que ya no quisieras saber nada de mí.

Dejé la bolsa en el piso y me quité la chaqueta y la colgué

— Necesitaba tiempo. Sigo necesitándolo. No voy a quedarme escondido para siempre.

Ella asintió varias veces, rápida, como si aceptara cualquier palabra que dijera. Los ojos se le llenaron de lágrimas otra vez.

— Lo que sea —dijo—. El tiempo que necesites. sólo… no te vayas otra vez. Por favor.

Hubo un silencio largo. Yo me quedé de pie en medio del salón, mirando el suelo, a Mica, cualquier cosa menos su cara.

—Estoy cansado. Clarisse —dije al fin—. Ya hablaremos. Esta noche sólo quiero dormir.

Ella asintió, como dudando y aceptando mis palabras.

—Claro. ¿Quieres que te prepare algo? ¿un té? ¿un jugo…?

—No, gracias. sólo, iré a dormir.

Ella sólo asintió tímidamente y apenas se escuchó el murmullo de sus palabras «Vale…»

Pasé a su lado sin tocarla. Noté como contuvo el impulso de agarrarme del brazo o abrazarme tal vez. Entré en la habitación, cerré la puerta y apoyé la frente contra la madera durante unos segundos. Después me metí en la cama.

Clarisse se quedó en el pasillo un momento, mirándome. Se le veía feliz de tenerme de vuelta… y al mismo tiempo asustada.

Miraba el techo a oscuras. La culpa seguía ahí tan latente.

—…así pelirroja… venga buena chica. La estás chupando como una puta profesional.

Venga mira a los ojos al cornudo y, mientras lo haces pídeme que te de leche, que te de toda la lefa para que puedas tragártela.

Yo lo veía todo demasiado cerca, Clarisse giró la vista hacía mí, sin sacar esa polla inmensa de su boca, y chupaba con ganas.

Luego sacó la polla toda babeada y con rastros de precum y habló: Vicente, quiero que me des toda tu leche, quiero que me llenes la garganta para poder tragármela. Quiero…

Desperté asustado y muy cachondo. Esa pesadilla, esa maldita pesadilla otra vez. Estiré la mano para tocar a Clarisse, pero no estaba, todo se veía oscuro. El día amaneció gris. Cuando me regreso el aliento. Salí a la cocina y ella estaba ahí, preparando café. Un alivio cálido me recorrió el cuerpo.

No sentamos frente a frente. El silencio era denso. Ella intentó sacar plática un par de veces.

—¿Dormiste bien?

—¿Quieres que te prepare algo más?

—Hoy parece que va a llover…

Yo le respondía apenas. Me mostraba distante. Cada vez que la miraba, se me superponían las imágenes de la pesadilla y, justo detrás el recuerdo de Laura hablándome de ella.

Apenas desayuné y me levanté.

—Me voy al estudio.

Fui a ducharme, sin darle tiempo a responder.

Ese día pasó sin mucha novedad, trate de concentrarme y refugiarme en el trabajo, aunque era inevitable recordar todo lo que está pasando, igual me obligaba, de alguna manera a concentrar mi energía en lo productivo.

Por la tarde volví a casa más temprano de lo habitual. Clarisse me estaba esperando en la sala. Se levantó en cuanto entré.

—Martín… por favor. ¿Podemos hablar?

Asentí. Me quité la chaqueta y me senté en el sillón. Ella se quedó de pie un momento y después se sentó en el sofá, enfrente de mí, con las manos entrelazadas.

—Entiendes que me es difícil estar cerca de ti, sabiendo lo que pasó entre tú y él —dije, sin levantar la voz—. Cada vez que te miro lo veo. Lo recuerdo. Y no se va.

Clarisse apretó los labios e Intentaba contener las lágrimas, pero los ojos vidriosos se llenaron de inmediato. Habló con la voz temblando, tratando de ser fuerte:

—Lo sé. Lo sé y me duele más que nada. Perdóname, por favor. Sé que todavía me amas… o al menos quiero creer que sí. Intenta perdonarme. Haré lo que sea. No quiero perderte. No sé estar sin ti. Fue un error horrible, me arrepiento cada segundo. Por favor… Martín.

Me quedé mirándola un instante, en silencio.

Era verdad, el amor seguía ahí. Denso, herido, pero ahí.

Al mismo tiempo la culpa de lo que yo había hecho el día anterior, me pesaba como si llevara la carga de Atlas.

Había sido infiel, y para colmo, disfrutado de la humillación que Laura me había propinado.

Mirando a Clarisse destrozada delante de mí, sentí que no quería tirar todo por la borda.

—No sé si puedo —admití al final—. Todo este tiempo estuve pensando… Me la pasé pensando… cómo sería nuestra vida después de saber esto. Si podríamos volver a mirarnos sin que estuviera él en medio. Si podría volver a tocarte sin recordar lo que le dejaste hacer.

Ella bajó la cabeza. Una lágrima le recorría la mejilla hasta el mentón.

—Eso quiere decir… Que… —trastabilló, entre lágrimas y un llanto que estaba próxima a desbordarla por completo—. Que me vas a dejar…

Yo respiré hondo.

—Ojalá fuera tan sencillo… y olvidar lo que siento por ti. Pero te quiero. A pesar de todo. Y estoy dispuesto a intentar empezar de cero. No va a ser fácil. Voy a necesitar tiempo… y sinceridad. No me quiero rendir todavía.

Clarisse levantó la vista. La esperanza y el miedo se le mezclaban en la cara. Asintió varias veces, entre sollozos. Hizo un sonido nasal y se limpió parte de las lágrimas.

—Gracias… —susurró—. Gracias. Haré lo que haga falta. Lo… lo que me pidas. sólo… no te rindas, te demostraré que puedes volver a confiar en mí.

Esa noche al ir a dormir Clarisse se veía más tranquila, sus ojitos que conservaban las secuelas del llanto, se mostraban felices. Brillaban, aunque rojos, pero tenían ese brillo, que sólo sabrán entender aquellos que se identifican, con la esperanza de salir de la tormenta.

Se pegó a mi lado, casi tocándome, pero se notaba que hacía esfuerzo por contenerse en avanzar. Yo también sentía el impulso, de darme la vuelta y abrazarla, como solíamos hacerlo hasta quedarnos dormidos. Al final mi propia culpa me lo impedía de alguna manera.

Nos quedemos dormidos al final, el cansancio y todos esos cambios de emociones, fueron suficientes para privarnos por completo.

A eso de las cinco de la madrugada me desperté de golpe.

El corazón me iba a mil. Había soñado otra vez con el consultorio veterinario; Clarisse de rodillas, la polla de Vicente en su boca, ella mirándome a los ojos, mientras se la tragaba.

Me incorporé en la cama, con esa sensación rara y escalofríos.

Clarisse se removió a mi lado y me tomó el antebrazo.

—¿Martín? —susurró—. ¿Estás bien?

Liberándome suavemente de ella, me pase las manos por entre los pelos.

—Pesadilla —contesté, con la voz ronca—. Esa pesadilla, otra vez.

Ella se incorporó un poco, apoyándose en un codo. La luz de la calle se filtraba entre las cortinas, iluminando la preocupación en su rostro.

—¿Quieres hablarlo? ¿O prefieres que traiga algo de beber?

estaba mirando fijamente a la nada, el sueño seguía pegado a la garganta, demoré unos segundos en responderle.

—No puedo sacármelo de la cabeza. Cada vez que cierro los ojos, lo veo. Y a veces… cuando estoy despierto también. Clarisse se acercó un poco más sin llegar a tocarme.

—Dime qué puedo hacer… —dijo en voz baja—. ¿Cómo puedo ayudarte?

Respiré hondo. La culpa que sentía, sumado al dolor de lo de ella, se mezclaron otra vez.

—Es que no lo sé… la verdad, no sé —negaba con la cabeza, e hice una pausa de varios segundos—. ¿Follaste con él?

—No —respondió rápido, haciendo un gesto de desconcierto—. No. sólo… lo otro. Lo que ya sabes.

Yo volví a tomar aire, algo en mí no le creía del todo.

—No mientas, tienes que decirme la verdad —contesté—. Estoy dispuesto a escucharla. Todo. Con detalle. Si de verdad queremos que esto funcione… necesito saber la verdad.

Clarisse se incorporó de golpe en la cama y me miró perpleja.

—No —insistió, está vez con la voz temblando—. No me folló. De verdad. Te lo juro por lo que más quiera.