13
Se derrumbó ahí mismo contra la pared del pasillo. Se deslizó hasta quedar sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho y la cara escondida entre las manos, llorando sin control. El sonido de sus sollozos me atravesaba el pecho, pero no me detuve.
Antes de abrir la puerta de la entrada, me giré sólo un segundo.
— De momento… necesito tiempo. Déjame pensar. Por favor no me busques.
Salí y cerré detrás de mí.
Cogí un taxi y pedí que me llevara a un hotel discreto cerca de mi trabajo.
Una habitación sencilla, sólo para estar sólo.
En cuanto dejé la bolsa sobre la cama. Me dejé caer a lado de ella y lloré, lloré amargamente recordando todo.
Fueron minutos incontables, hasta que me quedé profundamente dormido
Al despertar eran ya cerca del mediodía, saqué el móvil y le escribí a Laura.
Martín: ¿Podemos hablar? Me estoy quedando en el hotel Sierra verde. Necesito… no sé. Conversar.
Ella respondió en menos de un minuto:
Laura: Voy. Dame quince minutos. Estoy cerca.
Quedamos encontrarnos en las afueras del hotel. Mientras ella llegaba tenía tiempo suficiente para bañarme y cambiar mis ropas.
Cuando llegó, me miró de arriba abajo y no hizo falta que le contara demasiado. Notó en mi cara que estaba destrozado.
— Estás hecho polvo —dijo, acercándose a besar mi mejilla y tomando mis manos.
Caminemos con trayecto a mi oficina para revisar lo del contrato con el señor Enrique Valcárcel. Y en el trayecto le conté a medias: que Clarisse había cruzado una línea muy gorda, que yo lo había visto todo, que no podía mirarla. Laura escuchaba en silencio, asintiendo de vez en cuando.
Al llegar a la oficina, ella espero pacientemente en el sofá frente a mi escritorio. Sin interrumpir, hasta que terminara de regularizar lo del contrato con los abogados.
Terminando, fuimos a almorzar cerca de mi hotel. Y ella, con esa forma tan sutil que tenía de meterse bajo la piel, empezó a coquetear o eso me parecía.
— Aquella noche … —dijo, levantando su copa sin mirarme—. Había algo. ¿O sólo lo sentí yo?
Le sostuve la mirada. No contesté.
Ella sonrió apenas, ladeando la cabeza.
— Has escuchado eso de… ¿Ojo por ojo, diente por diente? No digo que sea sano. Pero… a veces es lo único que hace que dejes de sentirte tan jodido.
Se acercó un poco más sobre la mesa. Su rodilla rozó la mía.
— Y yo podría… sólo si quieres… Ayudarte —dijo, con voz cada vez más seductora—. Estoy para ti. Para lo que necesites…
El cansancio, la rabia y la humillación se me mezclaron en el pecho.
La miré casi escaneándola, el frío de ese día hacía que se le notara cierto rubor en las mejillas.
Su abrigo largo de lana negra, abierto, dejaba ver el jersey de cuello alto fino color beige que llevaba debajo, y le marcaba el pecho sin ser vulgar.
El pelo moreno y ondulado lo llevaba suelto haciendo contraste con esos labios carnosos pintados de un rojo mate. Nada exagerado.
En esos segundos que la escaneaba, pensé muy nítido en llevármela a la habitación del hotel y follármela. Intentar usar su cuerpo como borrador de lo que había visto. En devolver, aunque fuera de una forma sucia e imperfecta, una parte de la traición.
Laura notó el silencio. Sonrió de lado, con delicadeza.
— No tienes que decidir ahora —añadió—. No te estoy proponiendo que te cases conmigo… Sí es lo que piensas.
La forma tan directa en que lo decía… y al mismo tiempo tan calmada… me descolocó. Al final solté una risa corta incrédula y negué con la cabeza.
— Joder, Laura… —logré responder, riendo tontamente—. ¿Me estás ofreciendo follar para que se me pase el cabreo? Vaya terapia…
Ella ni se inmutó. Al contrario: asintió serenamente, como si realmente estuviera de acuerdo, y levantó una ceja sonriendo.
— Así está mejor —dijo, guiñándome—. No estés tan cabizbajo. Todo se va a solucionar. Ya cambia esa cara.
Al parecer la oferta había sido sólo una broma para hacerme salir de mi miseria, y lo logró.
Ella apartó la mirada un segundo hacia la ventana, y después volvió a mirarme.
Y empezó a hablar de cualquier cosa: del frío que hacía, de algunos de sus problemas cotidianos, sus amigas.
Temas triviales en su gran mayoría. El tiempo se nos pasó sin que nos diéramos cuenta.
Pedimos otro postre, la conversación fluía fácil, como si no hubiera pasado nada de lo anterior.
Cuando Laura miró la hora en su móvil, frunció el ceño.
—Mierda… Tengo que irme —dijo, recogiendo el abrigo—. Quedé con una amiga más tarde y ya voy justo.
Automáticamente pedí la cuenta. Salimos juntos y el aire frío nos golpeó la cara. Caminamos unos metros más hasta donde ella debía coger el taxi. Se detuvo se giró hacia mí y se acercó para despedirse. De inmediato pude notar el olor de su perfume y el calor de su respiración.
Al intentar besarme en la mejilla, sus labios rozaron la comisura de los míos accidentalmente. Después sonrió apenas y dio un paso abordando el taxi.
— Cuídate, Martín —se despidió—. Ya sabes. Si necesitas charlar… más, no dudes en hablarme.
Cerró la puerta del taxi y se marchó. Yo me quedé unos segundos más en la acera, con las manos en los bolsillos, y luego emprendí el camino de regreso al hotel.
Subí a la habitación, me quité la chaqueta y me dejé caer en el borde de la cama.
El silencio de la soledad se hizo denso y abrumador.
Revisaba los mensajes en mi móvil, entre ellos mensajes de Clarisse diciendo: «Te extraño», «Te amo», etc. Cuando de pronto recibí nuevos mensajes de un número desconocido. Era un archivo multimedia.
Abrí el chat, la imagen se cargó en la pantalla, era una foto nítida de unas bragas amarillas con el borde de encaje, extendidas sobre una especie de escritorio. Las reconocí al instante, eran de Clarisse. Las misma que le había visto ese día con Vicente.
Debajo de la foto, el menaje:
Desconocido: ¿Las reconoces? Espero que sí…
Veía pasmado la pantalla varios segundos. La rabia me subió tan rápido que me tembló la mandíbula.
Escribí sin pensarlo demasiado:
Martín: Eres un hijo de puta. No vuelvas a escribirme.
La respuesta llegó casi al instante.
Desconocido: Tranquilo arquitecto. sólo te mostraba mi nuevo trofeo. Huelen a ella. A su coño. De hecho, las estoy oliendo ahora mismo…
Me levanté de la cama y di un par de vueltas por la habitación. Las manos me temblaban. Volví a escribir:
Martín: Si vuelves a acercarte a ella te parto la cara. ¿Me oyes? Y está vez no podrán reconocerte.
El viejo veterinario respondió más agrandado:
Desconocido: Aún no te has enterado, ¿verdad?
Ella es la que vuelve. Y cuando vuelva… le voy a hacer cosas peores.
Así como me rompiste el labio, yo le voy romper el culo a tu noviecita.
Lo haré hasta que grite mi nombre. Eso te lo prometo.
Quédate con la foto de las bragas. Es un recuerdo. El primero de muchos.
Apagué la pantalla del teléfono y casi lo tiró de pura impotencia.
Las manos parecían quemarme, me senté otra vez en la cama, con la respiración agitada, bufando por lo que acababa de pasar.
Apenas me tranquilivcé un poco, busqué el portátil y me conecté a las cámaras de su clínica.
Revisé la transmisión en vivo de todas sus cámaras y no encontré nada.
Después revisé las grabaciones del día. No había nada. Cerré las pestañas con un sabor amargo.
Abrí entonces las cámaras de casa. El salón apareció en pantalla, Clarisse estaba sentada en el sofá, con las rodillas recogidas contra el pecho y una manta encima. Se le veía los párpados hinchados de tanto llorar, yo no pude evitar conmoverme al verla así, tan indefensa y destrozada.
Cerré el portátil para evitar seguir viéndola en ese estado, sentía las ganas imperiosas de correr a casa y abrazarla y perdonarle todo lo que había hecho.
Pero no era tan sencillo. El día se me fue entre ese silencio de hotel y la sensación constante de que algo se me escapaba de las manos.
Por la noche me acosté sin apenas fuerzas.
Dormí mal. Las pesadillas fueron confusas pero insistentes: Clarisse de rodillas otra vez, pero esta vez mirándome a los ojos mientras se lo chupaba a Vicente; yo intentando entrar en el consultorio y no podía abrir la puerta; las bragas amarillas flotando delante de mi cara.
Me desperté varias veces con el corazón acelerado y el cuerpo sudado.
Al día siguiente muy temprano, fui directo al estudio.
Necesitaba ocupar mi cabeza en otras cosas.
Saqué los planos del proyecto del señor Valcárcel, y me puse a trabajar.
Revisé las mediciones de los forjados, ajusté la propuesta de refuerzo estructural y empecé a redactar un informe técnico que me habían pedido.
Cada vez que la mente se me iba a Clarisse o Vicente, volvía a los números, a los costos en otros proyectos, cálculos de carga.
El trabajo no borraba nada, pero al menos me obligaba a seguir funcionando.
Por la tarde salí del estudio más tarde de lo habitual. El aire frío de la calle me ayudó a despejarme un poco, pero el debate interno seguía ahí: ¿volvía a casa o seguía esperando? Caminé sin rumbo fijo unos minutos y al final saqué el móvil.
Le escribí a Laura.
Martín: Sigo sin saber qué coño hacer. Sí vuelvo y la perdono o sigo con tiempo para mí.
La respuesta no tardó:
Laura: Perdonar es una trampa, Martín. Ahora mismo ella está destrozada y arrepentida.
Te va a pedir perdón mil veces. Y tú, como la quieres, vas a terminar cediendo.
Pero eso no borra lo que hizo. Y créeme…
cuando uno cruza una línea una vez, es mucho más probable volver a cruzarla. Ella podría volver a caer….
Me detuve en una esquina, leyendo el mensaje un par de veces.
Laura: No te pido que no la perdones. Solo que no te engañes y pienses bien lo que vas a hacer. Y recuerda si necesitas algo más, estoy para ti.
Sus palabras no me arreglaron nada, pero me reconfortaron de una forma extraña. Le contesté un «gracias» y guardé el móvil.
Pasó un día más y Clarisse nunca había dejado de escribirme. Mensajes cortos, largos, algunos sólo con un «¿puedo llamarte?» o un «te quiero, aunque no me creas». No contestaba ninguno. Me limité sólo a leerlos.
El fin de semana parecía terminar así: entre el silencio del hotel, el trabajo del proyecto de Valencia y esa sensación de estar suspendido.