12 #3
Desayunamos juntos, ella me hablaba de cosas triviales.
De como estuvo su día en la revista, las cosas que hizo, lo nuevo que se venía laboralmente, de Mica…
Yo la escuchaba, o fingía hacerlo mirando fijamente a su boca.
Recordando donde estuvieron esos labios, su lengua, la saliva que había desperdiciado dando placer a otro hombre (un maldito hijo de puta que me la estaba robando).
Cuando acabemos de desayunar, ella recogió los trastes. Yo permanecí sentado.
— Clarisse.
Se volvió.
— ¿Sí? —respondió, radiante.
— Necesito preguntarte algo —empecé.
Su expresión cambió apenas.
— Claro. ¿Qué pasa?
— ¿Estuviste en el trabajo ayer en la tarde?
Se quedó inmóvil, ante la pregunta. sólo un segundo, pero lo noté.
— Ya te dije. Fui al nuevo veterinario llevando a Mica.
La miré.
— Y ¿todo bien?
— Claro que sí cari, ya te lo dije —mintió sin la más mínima culpa—. ¿Acaso no estabas poniendo atención?
Hice una pausa breve y la miré fijamente.
— Perdona, es que estoy cansando. Y creo que no te escuché —le dije, ladeando una sonrisa falsa.
— Tontín —dijo, cariñosa—. ¿Té pasó algo durante el viaje? Pareces molesto. Deberías estar feliz por cerrar el proyecto, ahora es tuyo.
Bajé la mirada y tomé aire. Para mantener mi compostura y la serenidad.
— Lo sé todo, Clarisse. Sé lo que hiciste ayer. Sé con quién estuviste. Sé todo lo que tú hiciste con él.
Ella que es blanca y pálida, al escucharlo se quedó más pálida aun (si se podía estarlo).
— ¿Cómo…? ¿De qué hablas…? ¿Qué es lo que sabes? —interrogó apresurada y trastabillando, con la voz a punto de romperse.
—No intentes fingir sorpresa —respondí, sin apartar la mirada—. Lo sé. Y no voy a discutir cómo.
Ella abrió la boca intentando responderme, pero no salió nada. Yo mantenía la serenidad en mi voz: un tono tranquilo, bajo y cortante.
— Estuviste con Vicente —le dije, mientras sentía que se me cerraba la garganta—. Dime ¿Por qué?
— No-no sé… —logró pronunciar, ya con la voz rota.
— Haah… Por favor. No me digas eso.
—Es… estaba confundida…
— ¿Confundida? —dije dando un paso hacia ella—. ¿Estabas confundida cuando decidiste ir a verlo?
Ella lloraba, con la cara completamente roja y las lágrimas recorriendo sus mejillas.
— Yo… Déjame explicarte —intentó hablar—. estaba confundida. Herida por lo que vi.
— ¿Qué cosa…? ¿qué viste?
Aquella confesión me dejó sin palabras. Clarisse levantó la cabeza y continuó.
— Vicente me mostró unos vídeos y fotos, de la despedida. Vi como besabas a esa mujer y sentí que todo lo que habíamos reconstruido después de lo que pasó con él, era mentira. Y él aprovechó que estaba vulnerable… —y rompió a llorar desconsoladamente.
— ¿Es en serio Clarisse…? —dije, aguantándome las ganas de gritar—. Eso no te obliga a hacer nada.
— Lo sé…
— Podías llamarme. Podías preguntarme. Podías terminar conmigo —dije, con la voz un poco descontrolada—. Pero elegiste esto.
— Fue un error, Martín. Te lo juro, él se aprovechó de mí —dijo, tratando de limpiarse las lágrimas del rostro. Y se derrumbó en el sofá—. Te amo Martín. No quiero perderte. Sé que no tengo derecho a pedirte nada. Sé que no puedo justificarme. Pero no quiero perderte.
Aquellas palabras me detuvieron. El enfado que estaba cada vez más creciente, fue consumido por el dolor de escuchar aquellas palabras.
— sólo respóndeme una cosa. Si te lo decía ¿Me habrías perdonado?
— No… no lo sé —dijo, levantando la mirada. Y cerró los ojos
— Entonces somos iguales. Los dos cometimos errores. Pero no hay justificación alguna para llegar a lo que hiciste.
Ella se levantó y se acercó a mí.
— Martín por favor, perdóname.
La miré y me dirigí a la habitación a sacar algo de ropa. No quería seguir ahí. Ella me siguió en todo momento.
— Lo siento. Lo siento de verdad. Me arrepiento de cada segundo —se le escapó un sollozo y se tapó la boca un segundo.
Yo cogí la maleta y empecé a meter algo de ropa. Y ella dio un paso más cerca de mí. Y su voz volvió a quebrarse del todo hablando más desesperada:
— Espera… ¿Qué haces? —lloraba—. No te vayas por favor. No me dejes, Dime que tengo que hacer… Yo te quiero. Si quieres duermo en la otra habitación, pero no te vayas… por favor Martín.
Ella intentó tocarme, pero me aparté apenas lo suficiente para que su mano no me alcanzara. Y seguí empacando sin decir nada.
— Fue un error —dijo completamente rota—. Un error horrible. Los dos cometimos errores. Me arrepiento. Te juro por lo que más quiera que nunca más va a pasar. Nunca. Haré lo que sea, lo que me pidas. sólo… no me dejes. Por favor.
Volvió a intentar a acercarse. Esta vez me agarró de la muñeca con las dos manos, temblando.
— Te amo —susurró—. A pesar de todo lo que hice, te amo. Y sé que tú también.
Había terminado de empacar y me liberé de sus manos. Y sin mirarla avance hacia la puerta.
— Necesito estar sólo. Pensar —dije en un susurro.
Ella se apresuró y se plantó en el umbral.
— Martín… te lo ruego. Dame una última oportunidad. Una sola. Haré lo que sea. Me arrodillo ante ti si hace falta. Pero no me dejes. No soporto la idea de que te vayas. Sabes que te amo.