EL VETERINARIO 12 #2
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Aun estremecida, se puso de pie con dificultad. Se acomodó el corpiño, arregló el vestido como pudo, se pasó las manos por el pelo y se colocó la casaca sin abrocharla. Y luego caminó temblorosa hacia el pasillo con dirección al baño.

Al verla cerrar la puerta del consultorio tras ella, me aparté de la ventana, sigiloso.

La forma en que él la había usado y la frialdad con la que ahora la trataba, me revolvía el estómago.

Me alejé un poco más hacía la salida del callejón y a unos centímetros de la esquina empecé a vomitar, sentía que se me iba el alma en cada vómito.

Unos minutos más tarde escuché la puerta principal abrirse, me escondí como pude para no ser visto.

Y asomando la cabeza pude ver la forma en que apretaba los muslos al caminar.

Me quedé quieto, pegado a la pared, mientras ella se alejaba por la acera.

Sentí un repentino impulso por seguirla y alcanzarla a mitad de camino, confrontarla ahí mismo.

Pensé en hacerle hablar y si era capaz de mentirme esta vez, de manera más descarada.

Pero no me moví.

Al final decidí no hacer nada. Quería saber cómo actuaría de hoy en adelante, si era capaz de llegar lejos con la farsa.

Miré mi reloj y sentí un golpe de realidad: Se me hacía tarde para el viaje a Valencia. Si perdía el tren, perdería el proyecto y peor aún, le fallaría a Rafa. Apreté la mandíbula y cogí el primer taxi a casa. Apenas llegué, recogí mis cosas: la maleta, el portátil y los planos.

El tren salió con unos minutos de retraso. Me senté junto a la ventana con la cabeza apoyada contra el cristal. Cada vez que cerraba los ojos volvían las imágenes de Clarisse y Vicente.

De pronto, el móvil vibró.

Era ella.

Clarisse: ¿Ya estás en el tren? Que te vaya muy bien con lo de Valencia. Seguro que lo cierras. Eres el mejor.

No respondí, había visto los mensajes desde el panel de notificaciones.

Unos minutos después llegó otro:

Clarisse: Te amo. Que no se te olvide. Cuando vuelvas te preparo tu comida favorita. Ten buen viaje.

Leí los mensajes varias veces. El cinismo me puso enfermo. “Te amo», «Eres el mejor». Mientras todavía debía de tener el sabor del viejo veterinario en la boca y el resto del cuerpo. Guardé el móvil sin responder. No confiaba en lo que pudiera escribirle en ese momento.

Aproximadamente a mitad de trayecto, volvió a vibrar el móvil.

Era Laura.

Laura: ¿Dónde estás? Pasé por tu estudio y no estabas, ¿Todo bien?

Le respondí casi al instante mencionándole que había viajado por motivos de trabajo. Ella insistió:

Laura: Qué casualidad, justo ahora. Cuando vuelvas ¿podemos hablar? Tengo que contarte unas cosas.

Le respondí dejando la duda de si se concretaría o no esa cita en persona.

Llegué a Valencia ya de noche. Enrique Valcárcel me esperaba en un restaurante del centro, cerca de un edificio que también quería rehabilitar. Era un hombre de unos cincuentaiocho años, directo, de los que no pierden el tiempo.

La casa señorial por la que me había llamado, estaba en las afueras. El plan era respetar la fachada original de piedra y los forjados antiguos, pero redistribuir por completo el interior para crear ocho suites de alto standing, un pequeño spa en el sótano y una zona de restaurante con cocina vista.

Había problemas con la licencia de cambio de uso y con la altura de los forjados en la planta bajo cubierta.

Yo llevaba semanas trabajando soluciones: un sistema de refuerzo con acero que permitía ganar altura útil sin tocar la estructura protegida, y una propuesta de circulación que resolvería el acceso de servicios sin romper la simetría original del edificio.

Durante la cena hablamos de plazos, de presupuesto de ejecución material, de la rentabilidad por habitación y del posicionamiento boutique que buscaban…

En fin, charlas técnicas casi en general.

Cada cierto tiempo la imagen de Clarisse me atravesaba la cabeza.

Aun así, conseguí mantener la profesionalidad que me destacaba.

Valcárcel sonrió varias veces. Los inversores asentían convencidos de lo que les brindaba: coeficientes de ocupación, de normativas de accesibilidad, de la posibilidad de certificar el edificio con una calificación energética alta sin renunciar a los materiales nobles…

— El proyecto es tuyo —dijo Valcárcel—. Mandamos el contrato mañana. Queremos que empieces cuanto antes.

Firmamos una pre-aceptación sobre la mesa. El cierre era real. El proyecto más importante de los últimos meses acababa de quedar en mis manos.

Mientras recogía los planos noté que, por primera vez en horas, el nudo en el estómago se había aflojado. Era la satisfacción, la felicidad naciente de que al menos en esto, todavía controlaba algo. Todavía era capaz de funcionar. De cerrar, a pesar de lo que estaba pasando emocionalmente.

Salí del restaurante poco más de las once de la noche, con esa sensación agridulce que me pesaba en el pecho.

Caminé por la acera buscando un taxi. Ya no había trenes a esa hora, así que me dirigí a la estación de autobuses.

Tuve que esperar hasta las 00:30 horas para partir.

Y mientras esperaba la salida, pensamientos en mi mente se sobreponían unos sobre otros: ¿qué haría a llegar?

¿Qué esperaba encontrar? Quizá que Clarisse me recibiera como siempre.

Quizá ella me esperaba y me abrazaría y que, por un instante, todo aquello que había visto dejara de existir.

Pero sabía que eso era imposible. En realidad, no quería llegar a casa.

Llegué poco más de las tres de la madrugada, al bajar, el frío me golpeó de lleno en la cara, mostrándome la realidad que me esperaba.

Avanzaba lentamente por las calles oscuras, con la cabeza gacha.

Dando vueltas entre mis pensamientos. Pasé frente al cartel: «Clínica Veterinaria del centro».

Y el dolor que me atravesaba se hizo más fuerte que el frío mismo.

Seguí avanzando. llegué al parque, en todos lados veía a Clarisse.

Ya daban más de las cuatro, y estaba sentado en un rincón lejano.

Decidí que, al llegar, quería escucharla.

Necesitaba escucharla. Sabía que no existía una explicación capaz de borrar lo que había visto.

Había intentado convencerme de que quizá había visto mal. Que quizá ella no era Clarisse y sólo era un mal sueño.

Pero sabía perfectamente que me estaba mintiendo. Lo había visto todo con lujo de detalles: su rostro, sus gestos, lo que hacía con la boca y lo que se dejaba hacer… Mi cabeza ya había entendido lo que mi corazón se negaba a aceptar.

Cuando finalmente llegué a casa, Clarisse aun dormía.

Mica corrió hacia mí, me arrodillé y la abracé con tanta fuerza que la cachorra comenzó a lamerme la cara.

Durante unos segundos nuevamente fui feliz.

No porque hubiera dejado de doler, sino porque Mica no sabía nada.

Para ella yo simplemente había regresado.

Sentado en el sillón tragándome mis lágrimas, vi a Clarisse a parecer somnolienta por el umbral del pasillo.

— Amor… dijo, mostrando algo de felicidad—. Llegaste. ¿Cómo estuvo lo de Valencia?

La pregunta me sorprendió. Era demasiado normal.

— Bien —respondí, de la mejor manera que pude.

— ¿Estás cansado? —interrogaba preocupada.

— Un poco.

Ella sonrió.

— Te prepararé algo de comer —mencionó avanzando hacia mí.

La miré. No comprendía ¿cómo era posible? Tanta naturalidad en ella.

— Gracias.

Me levanté para quitarme la chaqueta y ella se apresuró a ayudarme. Hubo un silencio extraño en el acto. Ella intentó llenarlo.

— ¿Qué quieres comer? ¿Te preparo unas tostadas, unos hot cakes tal vez? Venga, pide lo que se te antoje.

— Lo que haya en la cocina está bien.

— ¿Seguro? —preguntó, frunciendo el ceño.

— Sí —sentencié.

Me miró unos segundos, confundida. Y se acercó más a mí.

— Te echado mucho de menos —mencionó, haciendo un gesto de puchero mientras me abrazaba.

Esa frase me dolió. Mucho. Porque yo también la extrañaba. Extrañaba a la Clarisse que había conocido. A la chica de la que me enamoré perdidamente. Y aún la seguía amando, a pesar de todo.

— Yo también —respondí. Y era verdad