12
Ella ponía concentración, sin decir nada. Y el veterinario la humillaba disfrutando cada reacción de Clarisse.
— Lo haces mejor que tu amiguita, Mariana, ¿Sabes? —dijo, con maldad calculada—. Demuéstrame que puedes superarla.
Clarisse se tensó un segundo al escuchar esas palabras, y parece que le removieron algo.
Bajó más la cabeza y se la metió más profundo.
Esta vez llegó muy cerca de la mitad. Se le escaparon arcadas, pero aun así no se apartaba.
La chupada se hizo más obscena, moviendo la cabeza con más ritmo, usando las dos manos: una masturbando lo que no le cabía en la boca y la otra acariciándole las bolas rugosas.
El viejo emitía gemidos largos y guturales.
— Eso… eso es… Joder, sí. Chúpala con ganas. Qué puta más aplicada saliste — decía, empujando más su cabeza—. Más profundo… más…
Soltó un sonido de protesta alrededor de la polla, al sentir las manos del viejo presionando más fuerte, pero no la sacó.
Al contrario: bajó un poco más hasta donde podía, empujada por las manos curtidas.
La saliva se le escapaba por la comisura de los labios y resbalaba por la barbilla, brillante y espesa.
Cada vez que bajaba, el grosor le estiraba la boca de forma obscena.
Como pudo sacó la polla tosiendo, con saliva espesa colgándole de la boca y la cara completamente roja.
— No puedo… me dan ganas de vomitar… —dijo entre jadeos.
Vicente no se inmutó. Le limpió la saliva del mentón con el pulgar y se la puso otra vez entre los labios.
— Entonces aprende a controlarlo. Quiero que sientas cómo te llena la garganta —le decía, autoritario—. Ahora Chúpame también las bolas…
Clarisse, con los ojos húmedos y la respiración entrecortada, volvió a bajar, y esta vez se centró en los testículos: los lamió, los chupó suavemente uno por uno, mientras la mano seguía masturbando la longitud del tronco.
— Mírate… —le decía entre jadeos—. La chica perfecta, haciendo arcadas y babeando, aprendiendo a mamar. Y encima te está gustando. Sigue. Ponle empeño. Quiero que me la dejes limpia.
Clarisse soltó un sonido ahogado que podría haber sido un «sí» o una protesta. Ya no se sabía. sólo seguía moviendo la cabeza, más entregada, más concentrada, mientras la saliva le empapaba la barbilla y le caía en goterones sobre las tetas al aire.
Mi novia, mi chica correcta, la mujer que nunca me había permitido ni un oral. estaba ahí sentada, aprendiendo a tragar la polla de Vicente, entre arcadas y lágrimas. Y yo seguía aquí, oculto tras una ventana con la polla nuevamente dura, destrozado, sin poder apartar la mirada.
Cada insulto que soltaba me entraba como una cuchillada. Y lo peor era ver cómo ella, lejos de indignarse, seguía. A veces ella levantaba la vista hacía él con los ojos llorosos y la boca llena, y en esa mirada ya no había sólo vergüenza: había una entrega oscura y sumisa.
El viejo estaba al borde. Se le notaba en la respiración entrecortada, en cómo se le tensaban los muslos y en la forma en que le sujetaba el pelo a Clarisse.
De pronto tiró de su cabello hacia atrás y le sacó la polla de la boca con un sonido húmedo y obsceno: un «plop» claro, seguido de un hilo grueso de saliva que colgaba uniendo los labios de ella con la punta brillante.
Clarisse jadeó, con la boca abierta: «Uhmn… Nnnf». Vicente hizo presión con firmeza en el pelo y la obligó a mirarlo a los ojos.
— Mírame —ordenó con voz autoritaria —. ¿Vas a tomar tu lechita como buena chica… o prefieres que te la tire toda en esa carita perfecta?
Ella abrió más los ojos, sorprendida y negó con la cabeza varias veces, nerviosa.
— No… no puedo —susurró, temblorosa—. Eso no… por favor. Eso ya es mucho. No…
El viejo se burló en risa baja, casi cruel, y le metió la polla en la boca y la volvió a sacar con ese sonido: «plop».
— Mariana se tragó todo sin quejarse. Ni una sola protesta. Se lo tomó entero y después me dio las gracias… ¿Tú vas a ser menos que ella…?
Ella pareció paralizarse, su mandíbula se le tenso y su respiración cambió súbitamente. El viejo parece a ver herido su orgullo, su mira cambió. Sin decir nada, abrió la boca otra vez y se lanzó a devorarla como podía.
Chupando con muchas ganas, casi poseída. Bajó más profundo, usó las manos con más fuerza, lamió, succionó, se atragantaba y volvía a baja. Cada vez que el vejete soltaba gemidos más graves, ella se esforzaba todavía más, como si realmente quisiera demostrarle que podía ser mejor.
Vicente le sujetaba el cabello con las dos manos, jadeando fuerte, al borde absoluto.
— Eso es… Joder… así… mejor que ella… chúpala con ganas…
De pronto le volvió a sacar la polla con ese «plop» obsceno. Y volvía a humillarla.
—¿Vas a tragarlo como una buena puta… o prefieres que te la tire en la cara?
Ella respirando agitada, con los labios algo hinchados y la cara bastante roja. Hacia un movimiento de cabeza dudoso: entre aceptando y negando al mismo tiempo.
— No… no sé… —dudaba—. No sé si pueda…
El viejo le dio una palma suave pero clara en la mejilla con la polla, dejando rastro de fluidos mezclados.
— Elige. Pídelo bien… o te lo tiro donde a mí me dé la gana. Anda. Quiero oírte.
Tras la ventana estaba rogando que ella no cediera a esa aberración del viejo: Por favor… no lo hagas cari… No dejes que te humille más, ignóralo y ya vete… Sentía una mezcla insoportable de dolor y celos que me quemaban el pecho. Esto ya era demasiado.
El rostro de ella estaba marcado por un gesto de vergüenza y excitación, acompañado de unos ojitos vidriosos con mirada suplicante. Y con la voz entrecortada, casi sin sonido, murmuró:
— Córrete… córrete en mi boca.
— Más alto —exigió él, rozándole los labios con el glande—. Sabes bien lo que quiero ir.
Ella tragó saliva, levantó la vista buscando los ojos del homúnculo, y sumisa del momento, dijo:
— Córrete en mi boca… quiero tragármelo. Por favor
Escucharla decir esas palabras me derrumbaron por completo.
Sentí mis piernas desfallecer. Se me nubló la vista, todo parecía dar vueltas.
Las palabras suplicantes de ella retumbaban en mi cabeza «córrete en mi boca… quiero tragármelo. Por favor…»
El estado de sufrimiento mezclado con esa excitación traicionera y asquerosa me hacían sentir la necesidad enfermiza de ver hasta el final la degradación de mi chica, mi delicada Clarisse.
— Pues te daré tu leche, putita —soltó en un gruñido de pura satisfacción, y le volvió a meter la polla en la boca.
Le sujetó la cabeza con seguridad, con rudeza y embistió una, dos, tres veces más, profundo y asqueroso. Jadeando fuerte.
— Joder… sí… tómala… Trágatela toda… Hostia…
Se tensó entero, echó la cabeza hacia atrás y jalándose el resto de la polla con rapidez dentro de la boca de ella. Entre gemidos largos y graves, soltó un primer chorro, que le salió con fuerza dentro de la pequeña boquita.
—Ohh… Hoohg… si Joder… ahh… tómala… trágala… toda…
Se corría a pulsos, empujando la polla más adentro con cada descarga, sujetándole el cabello para que no pudiera apartarse.
Clarisse emitía sonidos ahogados y húmedos mientras intentaba tragar, unos «Gof… gof… ugh… Mmmfffp…
La boca se le llenó de golpe y ella intentaba tragar, se le escapaba un poco por la comisura de los labios y le bajaban por la barbilla unos hilos blancos y espesos.
—Eso es… buena puta… mírala cómo se lo bebe…
Entonces el viejo sacó la polla a medias en sus últimas descargas y le echó el resto sobre su cara: le pintó el labio superior, la mejilla y el borde de la nariz con semen espeso y caliente.
Ella tosió un poco cuando la polla abandonó su boca, tragando lo que podía.
—Mírate… —dijo entre jadeos—. La perfecta pelirroja con la cara llena de leche. Qué cuadro más rico…
Ella intentó girar la cara, avergonzada, pero él se lo impidió con suavidad.
— Espera… Todavía no te has tragado todo. Faltan los restos —dijo—. Y con el pulgar le recogió semen que le bajaba por la barbilla y se lo acercó a los labios.
— Abre… Limpia.
Ella pareció dudar, pero muy despacio abrió la boca y dejó que él le metiera el dedo.
Chupó el pulgar, limpiando el resto de su corrida.
Vicente repitió el movimiento: recogió lo que quedaba en el labio superior y cerca de la nariz y se lo volvió a meter en la boca.
Ella chupó otra vez, sin mirarlo a los ojos.
— Así… buena chica —murmuró él, acariciándole el cabello—. Todo limpio. No se desperdicia nada.
Cuando terminó, le soltó el pelo y le levantó la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo.
— ¿Qué se siente? — preguntó con esa calma peligrosa—. ¿Qué se siente haber tragado la leche de un hombre de verdad?
Clarisse no contestó, bajó la mirada otra vez, completamente roja y un temblor residual en el cuerpo.
El viejo volvió a burlarse en risa baja, satisfecho, y le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
— No hace falta que lo digas. Ya lo sé. Te ha gustado más de lo que quieres admitir.
Ella permaneció sentada en el sofá varios segundos más. El vestido blanco seguía arrugado y atrapado en la cintura, el corpiño estaba torcido. Las tetas y pezones enrojecidos por la atención obscena que recibieron.
El viejo se subió el pantalón con calma, sin prisas, y se abrochó el cinturón mientras la miraba. Después se agachó y recogió las bragas que habían quedado tiradas en el suelo y se las guardó deliberadamente en el bolsillo trasero del pantalón.
— Me las quedó —dijo con naturalidad—. Quiero conservarlas.
Clarisse levantó la vista esquiva y perpleja.
— No… devuélvemelas. Por favor. —suplicó.
Él sonrió de lado y negó con la cabeza.
— No. Ahora son mías. Cada vez que las mire, recordaré como chorreaste y de cómo te tragaste toda la lefa.
Ella asintió en silencio, sin atreverse a protestar. Bajó la mirada y se pasó una mano por la cara, intentando recomponerse.
— Necesito… limpiarme —dijo con voz baja—. Ya me tengo que ir.
Él la miró de arriba abajo, con una cara de pura satisfacción. Y con un tono frío y seco respondió.
Al fondo del pasillo, a la izquierda hay un baño. Ahí puedes hacer lo que necesites.