EL VETERINARIO 11 #3
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Clarisse volvió a tragar saliva sin apartar la mirada ni un segundo.

— Es que… nunca había visto una así de cerca —admitió, con voz trastabillante—. Es más gruesa… de lo que imaginaba…

Vicente soltó una risa baja, casi cariñosa, cargada de perversidad.

— ¿Nunca se la has comido a nadie…? ¿Ni siquiera a tu novio? —disfrutaba, preguntando.

Ella negó otra vez, más débil. Intentó cerrar las piernas, pero el viejo veterinario se lo impidió con una rodilla. Él se acercó más, hasta que la punta de su polla estaba muy cerca de los labios y ella giró la carita, avergonzada.

— Qué curioso… —dijo, disfrutando el momento—. Anda. sólo ábrela un poco. Prueba. Te va a gustar…

—No… por favor… no me hagas eso… —pidió, con un hilo de voz tembloroso.

—No te estoy haciendo nada —contestó él, frotándole la cabeza de la polla contra la mejilla, dejando un rastro brillante de precum—. sólo te pido que seas un poco justa… ¿no crees? Una chupada. sólo una. Para que veas cómo sabe la polla de un hombre de verdad.

La mirada se le iba a la polla y después se apartaba, como si le diera miedo y curiosidad al mismo tiempo. Sus labios temblaban. El rubor le bajaba hasta el pecho. Parecía querer ceder… y al mismo tiempo aterrada de hacerlo.

Negó con la cabeza una vez más.

—No… nunca lo he hecho. —sentenció, ella—. No sé… No… no creo que pueda.

El viejo seguía con la polla cerca de la boca de ella, rozándole las mejillas con la punta caliente y brillante, de vez en cuando.

—Mírame —le dijo con voz baja, firme—. No te estoy pidiendo que te la tragues entera. Solo que abras la boca. Un poco. Prueba cómo sabe.

Se notaba la respiración cargada de tensión y el movimiento de sus tetas cada que lo hacía. Una de sus manos se levantó un poco dudando, y después se detuvo en el aire.

— Puedes empezar tocándola —le dijo—. Está así por ti. Toda esta polla es para ti…

Clarisse dudó un segundo más. Después de manera tímida y lenta, extendió los dedos y rozó la piel depilada y caliente. Soltó un sonido bajo, casi un gemido de pura sorpresa al notar el calor bajo sus yemas.

— Está… muy grande —murmuró—. De verdad no sé si… si me va a caber…

Vicente hizo una sonrisa irónica, con cara de listillo, y le acarició el cabello con la otra mano.

— Ya lo veremos. Primero abre la boquita, quiero sentir esa boquita comiéndose mi polla. Yo te guío.

Ella dudó varios segundos. Luego sujetando la polla con una manito, muy despacio, entreabrió los labios.

Vicente no esperó más. Empujó la cabeza de la polla dentro de su boca, sólo la punta.

Clarisse soltó un sonido ahogado y se tensó, pero no se apartó.

Él le acarició el pelo con una mano, como premiándola.

—Así… eso es. sólo la cabeza. Siente el sabor. Pásale la lengua por debajo… sí, así. Más despacio. No muerdas.

Ella obedecía, tenía los ojos cerrados, las cejas fruncidas. Su respiración estaba cargada de tensión sexual. La polla del viejo, gruesa y de piel oscura, contrastaba de forma obscena con los labios rosados de ella. Él empujó un centímetro más y le indicaba que mueva la mano de arriba abajo.

—Respira por la nariz —le instruyó—. Ahora cierra un poco los labios alrededor. Chupa suave. Como si estuvieras chupando un caramelo. Eso… Joder, sí. Así de simple.

Clarisse soltó un gemido bajo alrededor de la polla. La cara se le puso todavía más roja. Una de sus manos se levantó torpemente y se apoyó en el muslo de Vicente, sin empujarlo. Él aprovechó y le sujetó la cabeza con ambas manos, sin forzarla, sólo guiándola.

—Más. Baja un poco más. No tengas miedo. Usa la lengua. Lame la parte de abajo mientras chupas… sí. Joder, qué boquita… Se nota que nunca te la has comido. Me gusta. Me gusta que seas tan guarrilla.

Clarisse empezó a mover la cabeza de forma torpe, inexperta.

A veces se atragantaba un poco y sacaba la polla, tosiendo, con hilos de saliva unidos a sus labios.

Luego volvía al ataqué, pasaba la lengua por toda su longitud, desde las bolas hasta la punta.

Vicente echó la cabeza hacia atrás, y soltó un gemido más fuerte.

— Hostia… que bien lo haces. Ábrela más… guarrilla. Quiero que llegues hasta la mitad—. Decía señalando el tronco de la polla—. Eso… qué boquita más rica.

Ella obedeció. Bajó más. La polla le estiraba los labios y le llenaba la boca. Se le escapaban sonidos húmedos, chapoteos torpes, respiraciones entrecortadas por la nariz.

Sacó la polla un segundo, tosiendo, con un hilo grueso de saliva chorreante, en sus labios.

—Me… me cuesta —dijo con la voz pastosa, mirando hacia arriba—. Se me va a la garganta… me da arcadas.

—Es normal —contestó él, acariciándole el pelo con una mano y agarrándose la polla con una mano para frotársela contra los labios—. Respira por la nariz. Cuando sientas que vas a atragantarte, párate un segundo y vuelve. Pero no la saques del todo. Quiero que te acostumbres a tenerla dentro.

Ella volvió a abrir la boca. Esta vez bajó más lento.

Se le veía el esfuerzo en las cejas fruncidas y en la forma en que sus labios se estiraban alrededor del grosor.

La saliva le caía por la barbilla y le manchaba el escote del vestido.

De vez en cuando soltaba pequeños sonidos de duda, casi como preguntando si lo estaba haciendo bien.

— ¿Así…? —murmuró ella alrededor de la polla, sin sacarla del todo.

— Así… Eso es… buena chica —gruñó Vicente—. Mírate. Lo bien que te queda la polla en la boca. Ahora chupa más fuerte cuando subas. Y cuando bajes, intenta tragar un poco. No pasa nada si te dan arcadas. Las putas también empiezan así.