EL VETERINARIO 11 #2
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— ¿En serio? —dijo, sin dejar de mirarle a la cara—. ¿Me estás diciendo que este coño tan rico nunca se lo han comido? ¿Qué tu novio nunca siquiera ha pasado la lengua?

Clarisse bajó la mirada, todavía más roja, y negó con la cabecita en silencio.

—Me daba cosa… —murmuró—. Me parece… sucio. Y él respeta.

Él pasó otra vez el pulgar despacio entre los labios, recogiendo los fluidos, y sonrió de lado.

— Pues vaya banquete se ha perdido. Y ahora te lo voy a comer como no tienes idea.

Ella cerró los ojitos con fuerza, como si la culpa y vergüenza la estuviera matando, aun así, ni siquiera hizo el intento de cerrar las piernas.

Oculto, como un puto cobarde y mirón morboso, porque sí, a estas alturas, en eso me había convertido, un mirón morboso de mierda. Veía entre las lamas de las persianas a mi chica siendo sometida con maestría.

El dolor mezclado con una excitación, que me avergüenza aceptar, cada vez más era más evidente.

Me costaba respirar, trataba de controlarlo para no arriesgarme a ser escuchado.

La mezcla de humillación, rabia y tristeza me subía por la garganta.

Mi orgullo herido me decía que debía retirarme de una vez, pero mis piernas no respondían, obedecían a la excitación asquerosa e imposible de controlar.

El hecho de verla tan expuesta, tan ruborizada de vergüenza, tan correcta en su forma de ser, y ahora dejaba que un vejestorio le hiciera justo lo que a mí me había negado…

mi polla estaba tan erecta, tan dura que me daba náuseas de mí mismo. Empezaba a odiarme.

Vi a Vicente volver a meter la cabeza entre sus esbeltas y blancas piernas. Empezó a chuparle el clítoris con hambre, con succiones cortas y al mismo tiempo metiendo dos dedos dentro de ella, curvándolos hacia arriba en un movimiento desenfrenado.

— Para… ahh… no tan fuerte… —gimoteó ella.

El tipo estaba como endemoniado. Subió de golpe desde el coño y le atrapó un pezón con la boca y lo chupó con ganas enfermizas mientras sus dedos seguían metidos en el fondo del coño.

Los sonidos chasqueantes de los dedos en el coño mezclado con el ruido de la boca y lengua llenaban el consultorio.

Ella parecía convulsionar y soltaba gemidos agudos que intentaba ahogar con la mano.

— ¡Ahh…! O… ¡Ohh…! Aghhh —gemía, con los dedos perdidos entre los cabellos de Vicente—. Ahh… Joder…

Después el viejo subió hasta su boca. La besó de forma sucia, metiéndole la lengua, dejándole sentir el sabor de su propio coño.

Ella entregada le agarró el pelo con las dos manos, dudando entre empujarlo o retenerlo.

El viejo separó la boca un instante, le mordió de forma perversa el labio inferior y volvió a bajar.

Pasando por las tetas mientras una mano amasaba de forma soez, siguió bajando hasta encontrar el clítoris, esta vez succionando con más fuerza y su mano en las tetas no dejaba de amasar y de pellizcarle los pezones entre los dedos.

— Que delicia… pelirroja —decía el viejo, sin apartar del todo su boca del coño.

—Mmmmfffp… Ahh… e-es demasiado… Onhg… —decía ella, gimiendo.

El viejo veterinario se había vuelto un animal.

De vez en cuando bajaba y le lamía toda la raja de un sólo trazo largo y lento, recogiendo cualquier fluido que encontrase.

Clarisse ya no controlaba su cuerpo. El placer estigio que estaba sintiendo la tenía completamente entregada.

Las piernas se habían levantado solas y ahora casi abrazaban la cabeza del viejo: los muslos le apretaban las orejas y los tobillos le quedaban a la altura de media espalda, cruzados a la fuerza por los espasmos.

Cada vez que él chupaba con más fuerza o le movía bruscamente los dedos en el interior, las piernas se le cerraban todavía más alrededor de la cabeza, como si quisiera aplastarlo contra su coño.

Ella echó la cabeza hacia atrás. La cara completamente roja y humedecida: ojos semicerrados, boquita entreabierta, un hilo de saliva escapándosele de la comisura.

— Ahh… Joder… Vicente… para… para… —gimoteaba, con voz desfalleciente—. Me voy a… siento que me hago pipi… Mmm-aah…

El viejo al escuchar, pareció que aceleró más. El sonido se hizo más obsceno: chapoteos húmedos, succiones, gemidos.

— Mmm… No te vas a mear… —gruñó contra su coño—. Es corrida. Vas a chorrear como lo guarra que eres.

Clarisse negaba con la cabeza, su respiración le salía en jadeos cortos.

— N-no… no me hables así… Haah… —alcanzó a decir.

Se veía que estaba al borde. El cuerpo temblaba casi en estado epiléptico, jadeando y cerrando más fuerte los muslos alrededor de la cabeza del tipejo. Él lo notó, y sin sacar los dedos, se abrió pasa entre sus muslos y se inclinó sobre ella.

Le masturbaba el coño con habilidad y rapidez brutal: dos dedos metidos hasta el fondo, curvados, follándola sin piedad, mientras el talón de la palma frotaba el clítoris intercambiando con el pulgar.

Subió nuevamente con la boca desde el vientre, le atrapó un pezón, chupándolo, estirándolo y mordisqueándolo, antes de pasar al otro.

—Eso es… — gruñía, el viejo—. Córrete putita. Córrete para mí.

Clarisse no podía formar frases. estaba gimiendo y sollozando.

— Mmm-ahh… A-aahh… A-a-ammn… —gemía, con la cabeza echada hacia atrás y los dientes apretando su labio inferior.

— Mírate… la perfecta Clarisse abierta de patas y a punto de correrse como una perra. ¿A que sí? ¿A qué te estás por chorrar?

Ella alcanzó a soltar un gritito encerrado dentro de su boca.

— Mmmm-mmh… Haahhh… Joder… Ahh… me corro… no pares… sigue… sigue… sigue…

El orgasmo la atravesó con violencia. Hundió la espaldita contra el respaldar.

El coño se contrajo alrededor de los dedos del viejo ese.

Y entonces se corrió, un chorro abundante, claro, que le salió con fuerza y le empapó la mano y la muñeca a Vicente.

Ella gritaba de verdad «Unnf… A-aahh… Ahhnn…»

, largo y desesperado, mientras el cuerpo se le sacudía sin control.

Líquido saliendo a pulsos, resbalándole por los pelos del culo hasta el asiento del sofá, mojando el piso y lo que alcanzara.

El vejete bajó progresivamente el ritmo de la penetración con los dedos, disfrutando cada espasmo.

— Que puta más rica. —la humillaba—. Mírate… La chica correctita, chorreando como una zorra…

Cuando los espasmos del coño empezaron a calmarse. sólo entonces sacó los dedos, lentos y brillantes de su corrida, y se los pasó por los labios a Clarisse.

— Prueba —le dijo, morbosamente—. Prueba a que sabes, prueba tu corrida…

Ella dentro del éxtasis, que seguía ocupando su cuerpo, trato de acomodarse, con la carita completamente desencajada y sudorosa tenuemente, respiraba agitada y parecía dudar ante la petición.

Al final, entreabrió los labios con suma delicadeza.

El viejo perverso metió los dedos con lentitud dentro de su boca, mientras la miraba fijamente.

— Eso es… chupa —ordenaba—. Así. Buena chica…

Clarisse cerró los ojos y chupó. En un gesto que aparentaba no saber lo que estaba haciendo, pero lo hacía, con los labios aprisionando los dedos, como si chupara una paleta. Vicente veía fascinado disfrutando la imagen.

Cuando sacó los dedos, le acarició la mejilla con el dorso de la mano, casi como un gesto paternal.

— Te ves guapísima… —la halago, con una mueca morbosa.

Clarisse aún seguía atrapada en el arrobamiento que le produjo todas esas sensaciones en su cuerpo, bajó la mirada completamente ruborizada, no dijo nada. sólo se escuchaba su respiración tratando de regresar a la normalidad.

Todo el tiempo había estado batallando con no sacarme la polla ahí mismo, la batalla interna que sentía por la excitación y el morbo de ver el contraste de pieles.

Ella tan blanca y pálida entre las manos grotescas de ese vejestorio de piel curtida por la vida, todo me había puesto la polla a reventar dentro de los pantalones.

Justo cuando la vi correrse a caudales, yo también me corría, temblando, sin siquiera casi tocarme.

El odio y asco que sentía por mí, era abrumador, ¿dónde está mi orgullo?

¿mi dignidad?… me preguntaba cómo sin en realidad no supiera las respuestas.

Me separé un momento de mi posición y recargué la espalda contra la pared.

Pensaba en las noches y en ese instante, deseando estar entre sus piernas.

Pensé en lo cuidadoso que había sido. En lo mucho que la respetaba.

Y ahora ese respeto se convirtió de golpe en una bofetada.

Porque el mismo coño que me había escondido con vergüenza, se lo había ofrecido a un tipejo, sin mucha resistencia.

La gutural voz cazallera de Vicente, me sacó de mis pensamientos.

— Ahora me toca a mí —le escuché decir—. Quiero ver cómo te la comes.

Aún tembloroso me giré entre mis pasos como pude. Vi a mi delicada Clarisse aún recostada en el sofá, sentada con las piernitas entrecerradas de lado. Las tetas seguían al aire, intentando torpemente cubrirse con un brazo y mano.

— Vaya que te has corrido… ahora me toca pelirroja —decía, mientras dejaba caer sus pantalones y los calzoncillos. Sus piernas y culo peludo como un oso quedaron a la vista. Su polla saltó fuera como un resorte, pesada y completamente dura.

Era de un considerable grosor desde la base hasta la cabeza.

La piel oscura y las venas marcadas que le recorrían el tronco, el glande era ancho, de un color un poco más rojizo-violáceo, y le brillaba un hilo de precum.

Los testículos grandes y caídos. Él estaba depilado.

aunque en el pubis se veía ya el vello oscuro volviendo a salir.

Le cogió las manos con suavidad, casi con ternura, y tiró de ellas.

Clarisse se dejó llevar, confusa, quedando sentada más a la orilla del sofá y lo miraba desde abajo, con una expresión de presa perdida y asombrada, en silencio.

Los ojos azules vidriosos bastante expresivos, con las pupilas muy dilatadas, la boca entreabierta.

Tragó saliva con dificultad y el color se le subió otra vez a las mejillas.

Al ver la polla tan cerca, negó con la cabeza, nerviosa. Intentó echarse un poco hacia atrás.

— No… no puedo —susurró, casi sin voz—. Nunca… nunca lo he hecho. Es… muy gruesa. Y larga…

El viejo se sujetó la polla por la base y la movió balanceándola delante de su cara, con un gesto de orgullo en el rostro.

— ¿Te asusta el tamaño? —preguntó, en tono airoso.