EL VETERINARIO 11
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Vicente había deslizado una de sus manos hacia adelante, entre las piernas de ella, y presionaba el coño por encima de la tela de las bragas.

Ella se estremeció y cerró las piernas por reflejo, pero él no retiró la mano.

Al contrario, presionó un poco más, frotando despacio el bulto de sus vellos y labios a través de las bragas.

—Shh… Dime que no te gusta —susurró contra su boca—. Dime la verdad y paro.

Clarisse cerró los ojos, su carita le delataba una culpa morbosa por lo que estaba experimentando. Sus manos apoyadas en la camisa de él ya no empujaban, soltó un sollozo bajo, imperceptible y no dijo nada.

Vicente tomó el silencio como respuesta. Volvió a besarla, su mano bajo la falda buscó el elástico delantero de las bragas. Metió los dedos y bajó hasta el coño. Ella al sentir la invasión, dio un respingo y le agarró la muñeca, pero no lo apartó.

—Espera… N-no hagas eso… —protestó, con la voz temblando—. Por favor…

Parado detrás de la ventana, veía pasmado, incapaz de apartar la vista. Sentía el corazón desbocado, por las escenas tan morbosas que estaba presenciando, oculto como un cobarde.

A pesar de las protestas de Clarisse, Vicente nunca sacó la mano.

Empezó a mover los dedos con movimientos lentos y cierta delicadeza, sintiendo los pliegues de los labios vaginales.

Luego los movimientos se hicieron más rítmicos, se notaba las formas a través de la tela amarilla.

Ella soltó un gemido corto, agudo — Haah…

Mmmn… que intentó ahogar mordiéndose el labio.

—Joder, pelirroja… —murmuró el viejo contra su cuello—. Lo tienes peludito… Me encanta. Que rico…

La respiración de Clarisse empezaba a hacerse más irregular.

La piel de su cuello y del pecho se había puesto roja, moteada de calor.

El manoseo de Vicente se volvía más sucio, más perverso.

Sacó la mano de entre las piernas de ella, sólo el tiempo necesario para abrirle del todo la casaca.

Los dedos le brillaban, como si hubieran estado en un charco de agua.

Le bajó el escote del vestido, con un tirón decisivo hacia abajo.

Las copas del corpiño amarillo quedaron expuestas un segundo, antes de que se las bajara también.

Las tetas saltaron fuera, firmes, con los pezones rosados ya duros y con cierta tonalidad roja por el roce anterior.

Clarisse gemía y fruncia el ceño mordiéndose los labios.

— Mmmfffp… A-aahh… —gemía ella.

—Hostias… —musitaba Vicente entre chupada y chupada—. Que tetas más ricas. Son perfectas… y con los pezones en punta.

Se inclinó muy levemente, y le atrapó un pezón con la boca.

Chupando con desesperación, lamiendo en círculos.

Parecía mordisquear los pezones con los dientes, con la suficiente presión para hacerla arquear.

Clarisse que tenía la carita descompuesta en placer, intentaba ver cómo le comían las tetas.

Al sentir la presión de esos dientes viejos, echó la cabeza hacia atrás, y soltó un gemido tembloroso.

—Vicente… unnf… mmm-ahh… es-espera… —intentó decir, pero le temblaba demasiado la voz.

El viejo cambió de pecho. Le lamió el pezón izquierdo de manera soez, de abajo arriba, una y otra vez, estirándolo con los labios y después chupándolo con la misma hambre.

La saliva hacia brillar los pezones y las pequeñas areolas.

Al mismo tiempo sus manos amasaban las tetas con fuerza, apretándolas con esos dedos rugosos que se hundían en la carne blanca, dejando marcas rojizas.

Cada tanto juntaba las dos y las aplastaba contra su cara, lamiendo los dos pezones a la vez.

La respiración de Clarisse se entrecortaba, cada vez que el viejo le estiraba un pezón, esta vez con los dientes.

Mientras tanto, una mano de él volvió a bajar recorriendo el costado de la cadera, por sobre el vestido y llegó hasta el muslo, rozando la piel desnuda, subiendo instantáneamente por debajo de la falda.

Los dedos experimentados empezaron a bajarle las bragas de forma progresiva, tirando del elástico hacia abajo centímetro a centímetro.

Esas bragas amarillas de algodón, con encajes en los bordes se deslizaban con cada movimiento y con ayuda de los dedos de Vicente hasta quedar atrapadas justo debajo de los cachetes del culo, dejando el coño y culo al aire.

Y al mismo tiempo con bastante habilidad, había estado haciendo un empuje constante, haciendo retroceder sobre sus pasos a Clarisse.

Paso a paso, sin que ella pareciera darse cuenta hasta llegar al sofá.

Cuando la parte trasera de sus rodillas tocó el bode del asiento, él la empujó suavemente hacia atrás.

Ella sorprendida, perdió el equilibrio y se sentó de golpe en el asiento.

Sus tetas al aire brillantes de saliva, rebotaron en sincronía.

Las piernas le quedaron entreabiertas de forma torpe, con el vestido algo levantado y revuelto dejándola ligeramente expuesta.

Antes de que pudiera reaccionar del todo, Vicente se arrodilló y le abrió los muslos a dos manos. Clarisse emitió un sonido de sorpresa y miró hacia abajo, con la carita completamente ruborizada.

—¿Qué… qué haces? —preguntó titubeante, entre la sorpresa y algo más.

El viejo no contestó, en su lugar acercó la cabeza y empezó a besar el interior de un muslo, despacio, subiendo desde la rodilla, con decisión.

Ella en un reflejo vibrante, posó sus delicadas manos en la cabeza de Vicente, haciendo ademán de detenerlo.

— Vicente… es-espera… Haah… ¿Qué…? —alcanzó a decir, gimoteando.

Él sin volver a contestar. Cambió de muslo y repitió la misma técnica llegando cada vez más cerca del elástico de las bragas.

— Hay que quitar esto —dijo, llevando sus rugosos dedos al elástico de las bragas—. Me estorban.

Clarisse negó con la cabeza, y por instinto juntó las piernas.

— No… por favor… —Susurró, haciendo un gesto de súplica.

— Venga pelirroja, si lo estás deseando… —pronunció Vicente, con voz chulesca.

La expresión de súplica en el rostro de ella se mezcló con nerviosismo y vergüenza. Y sus manitos bajaron buscando el borde de la falda e intentar taparse la entrepierna, de forma torpe.

— Es que… no quiero que me veas ahí… —dijo, bajando la mirada—. Me da pena…

Vicente tomó con parsimonia las blancas y delicadas manos entre las suyas, que eran curtidas y rugosas. Y acarició nuevamente la parte interna del muslo con la yema de los dedos, justo en el borde del elástico.

— Cariño… —susurró él, acercando su rostro al de ella—. sólo un momento…

—No quiero —repitió ella, más bajo—. Me siento incómoda… sólo de pensarlo.

Vicente le sujetó la nuca y la besó, mientras la otra mano le acariciaba el coño con movimientos circulares, subiendo y bajando frotando el clítoris entre el vello. Clarisse emitía gemidos con matiz de protesta dentro del beso.

Cuando se separó, le habló muy de cerca, buscando su mirada. Ella tímidamente bajó la mirada.

—Déjame probarte. sólo un momento. Nadie se va a enterar.

Clarisse cerró los ojos. Suspiró.

—No sé si… —susurró.

—Venga, preciosa —contestó él, besándole la comisura de los labios—. Sé que quieres. Aunque te dé vergüenza admitirlo.

Le dio otro beso, más corto, y bajó otra vez entre sus piernas. Está vez le besó la parte frontal del muslo, muy cerca del elástico, mientras acariciaba su monte de venus con los dedos.

—Acércate un poco… —le dijo con voz baja, mientras le sujetaba las caderas con ambas manos tirando hacia adelante.

Clarisse se dejó desplazar hasta quedar sentada justo en el filo del sofá, con el culo casi colgando. El movimiento había hecho que hasta el mismo vestido cediera a la petición.

Todo el tiempo que llevábamos juntos, había respetado ese límite.

Varias veces había intentado comerle entre las piernas, pero ella siempre me apartaba con suavidad, con vergüenza, diciendo que le daba pena, que le parecía sucio, que no se sentía cómoda.

Yo había respetado en cierta medida su postura.

Evitaba insistir demasiado. Pensaba que tal vez… algún día… me dejaría.

Y ahora estaba ahí, sentada, con las piernas abiertas a nada de ceder.

— Eso es… así —murmuró Vicente, casi relamiéndose.

Le pasó los dedos por el elástico y tiró hacia abajo. Clarisse dio la impresión de tensarse y levantó un poco las caderas, ayudando al vejete en su tarea.

Vicente bajó las bragas con lentitud, por los muslos, las rodillas… y al llegar a los tobillos la prenda se enredó. Él tomando su pie aún con la sandalia puesta, lo levantó y tiró un poco más hasta liberarlo. Dejando las bragas colgadas en el tobillo derecho.

Clarisse quedó totalmente expuesta, con el coño peludo y brillante al aire.

Intentó juntar nuevamente las piernas, pero él se había colocado firmemente entre ellas.

Una mano sé posó en el interior del muslo y con la otra le apartó algo de vello.

Hundió la cabeza y le pasó la lengua de abajo arriba.

Clarisse gimoteó un «¡Haah…!» ahogado arqueando el cuerpo hacia atrás, y giró la cara aún lado tapando su boquita.

Entonces Vicente se apartó, y se quedó mirando el coño un segundo. Ella al notarlo giró la cabeza mostrando un gesto de placer y culpa, e intentó taparse con una mano, pero él se lo impidió con suavidad.

—No te tapes —dijo con voz ronca y asombrada—. Estás preciosa.

Clarisse nuevamente giró la cabeza a un lado, completamente roja de vergüenza y excitación.

—Por favor… no me mires así…

El vejete le apartó del todo la mano y le abrió los labios con los pulgares. Observó el vello rojizo, algo espeso, el color rosado intenso de la piel, cómo estaba brillante e hinchado de excitación.

—Joder, pelirroja… —pronunció, sin apartar la vista—. Qué coño más rico tienes. Me encanta.

Clarisse soltó un quejido de pura vergüenza y volvió a intentar cerrar las piernas.

—Pero qué dices…

—Lo tienes delicioso. Rosadito y mojado… Tu maromo te lo debe comer con ganas cada vez que puede. sería un idiota si no lo hiciera…

— N-no… no hacemos estas cosas. Me pidió intentar, pero yo… yo no quería. Me da pena…

Se le quebró la voz al final. Como si se hubiera dado cuenta demasiado tarde de lo que acaba de confesar.

Vicente se quedó mirando a su rostro un segundo. Después soltó una risa baja, sorprendido y claramente excitado.