EL VETERINARIO 10
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Al parecer ella se puso fuerte y decidió no seguirle el juego a Vicente. Aunque el chat es del pasado, no pude evitar llenarme de orgullo, sabía que aún tenía voluntad y convicción.

Luego abrí el chat del número no registrado. El último mensaje antes de abrir el chat por completo, decía: Te espero.

En ese instante no le daba mucha importancia, sólo curiosidad.

Pero abrí el chat y lo que vi me devolvió súbitamente a las sensaciones de la semana anterior, pero esta vez con más miedo y duda.

Era Vicente quien escribía de otro número.

Y lo venía haciendo desde el día en que confronté a Clarisse por lo que hizo.

Los mensajes de Vicente eran insistentes, acosadores se podría decir. Preguntaba por qué había sido bloqueado, dejaba frases sin sentido. Clarisse no había respondido a ninguno hasta ese día, en que mencionaba, que sabía algo incriminador de mí.

Vicente: …no te pido que me creas. Solo que me des el beneficio de la duda. Tu noviecillo no está tan limpio como parece. Yo tengo pruebas. Pero no te las voy a mandar por mensaje. Si quiere verlas, quedemos, para que veas en persona que no estoy mintiendo.

Clarisse: Estás inventando. Déjame en paz.

Vicente: Entonces quédate con la duda, y no digas que no te advertí.

Clarisse se había tomado su tiempo para responder, cuando lo hizo habían pasado más de dos horas.

Clarisse: Al menos dame una pista de lo que sabes.

Vicente respondió casi en seguida.

Vicente: Cosas que pasan en la despedida, sólo eso diré. Si te animas a saber más y ver las pruebas que tengo, nos podemos ver en el parque.

Clarisse: Está bien, ¿dime a qué hora? Pero si intentas cualquier cosa, me voy.

Vicente: Nos vemos en el parque cerca a mi clínica, a las cuatro ¿Te parece?

Clarisse: Vale.

Sentí un escalofrío. ¿Qué pruebas podría tener el viejo de mí? Si recuerdo bien la despedida. Y él no estaba por ningún lado, era un ambiente seguro. ¿Al menos qué…? Debe estar fanfarroneando para acercarse a Clarisse, seguramente eso es.

Miré la hora. Eran casi las cuatro y media. Mi tren a Valencia salía cerca de las siete, pero eso de pronto importaba mucho menos. Todavía tenía tiempo…

Salí de casa, casi corriendo. Fui directo al parque donde habían quedado. Recorrí los caminos, las zonas de los bancos, el área de perros. No estaba. Pregunté a un par de persona que estaba sentadas. Nadie la había visto.

El miedo se me volvió más denso. Crucé las calles corriendo desesperado y me dirigí a la clínica. Las luces estaban apagadas. La puerta cerrada. El cartel de «Cerrado» colgaba detrás del cristal. Golpeé un par de veces, inútilmente. Nadie respondió.

Me quedé caminando de un lado a otro delante de la fachada, con el corazón en una taquicardia, y pensando dónde podrían estar.

Fue entonces en un segundo de silencio, entre el ruido de la calle, cuando escuché voces provenientes del edificio.

Venían del pasaje estrecho que colindaba con el edifico de la veterinaria.

Un callejón lateral que daba justo a la ventana (donde escuche al viejo hablar son su amigo Sergio, sobre Clarisse) de la sala de consultas.

Las voces eran bajas, pero se distinguían.

Una era de Vicente. La otra era… era de Clarisse.

Me quedé helado. Me acerqué de manera sigilosa hacía la ventana. Las persianas blancas estaban semicerradas, pero entre las lamas se veía con claridad el interior. La luz del techo iluminaba la mesa de exploración y la zona de asiento, un sofá de cuero medio marrón.

Clarisse estaba de pie, casi de espaldas a la ventana, con el cuerpo ligeramente encorvado.

estaba hermosísima, Vistiendo un vestido blanco de tirantes, con escote corazón que dejaba ver sutilmente las copas y encaje de su sujetador amarillo, la falda corta con diseño de capas que resaltaban sus esbeltas piernas y una casaca vaquera abierta por delante dejando ver el escote.

Con una mano se tocaba el cuello y parte del pelo recogido en un peinado de cola alta.

En la mano sostenía el móvil de Vicente. estaba sollozando.

—No… no puede ser —escuché que decía con la voz rota—. Él no… él no haría eso… Martín no… es capaz.

Vicente estaba frente a ella, demasiado cerca. Tenía las manos en los bolsillos, la postura relajada, observándola con esa calma depredadora.

—Ya lo ves que sí —respondió en voz baja—. Mientras tú te torturas por un beso y un chat… él se come a la primera que encuentre. Míralo bien, fíjate como la agarra, como la besa…

Clarisse negaba con la cabeza, mirando la pantalla del móvil, las lágrimas cayendo lentamente por sus mejillas.

—Esto… esto es mentira —susurró, pero se le notaba en su gesto que se mentía así misma. Tiene que ser mentira…

Un vacío repentino se apoderaba cada vez más de mí, como si cayera en un abismo. ¿Cómo existían esas fotos? ¿De dónde las sacó? Recuerdo claramente el beso con Laura esa noche. Había llegado a más de segunda base. Y ahora Clarisse lo estaba viendo. Pero ¿Cómo…?

El dolor de verla llorar se me mezclaba con una rabia impotente y con algo peor…

Pero… ¿Por qué no hacía nada?

El cuerpo no me respondía. El miedo de lo que fuera a pasar me tenía clavado en mi sitio. Si entraba ahora, tendría que enfrentar no sólo a Vicente, si no también mis propias evidencias condenatorias, mi propio fallo. Y creo que no estaba preparado.

Vicente le quitó el teléfono con suavidad y lo dejó sobre la mesa. Después levantó una mano y secó una lágrima con el borde del dorso de los dedos. Clarisse no se apartó. estaba demasiado abrumada.

—Sé cómo te debes sentir —murmuró él—. Duele ¿verdad? Descubrir que tu persona ideal, también se ensucia.

Clarisse respiraba a trozos y las lágrimas se hacían más notorias.

—¿Por qué? —preguntó con la voz rota, casi sin fuerza—. ¿Por qué Martín…?

Vicente seguía cerca de ella, la voz baja, calmada, casi paternal.

—A veces los tíos buenos también tienen sus noches —dijo—. A veces necesitan algo que no se atreven a pedir. No significa que no te quiera. sólo significa que busca fuera lo que en casa no tiene… Tú también deberías. Los dos estáis hecho de lo mismo… solo que tú todavía te castigas por ello.

Clarisse negó con la cabeza, sollozando.

—No sé qué quieres decir… no, nos hace falta nada… esto no debería estar pasando. Nada de esto.

Vicente levantó la mano y le apartó un mechón de cabello de la cara, con una ternura. Después la mano bajó lentamente por su mejilla, por el cuello, y se posó en su hombro, debajo de la casaca vaquera. Clarisse se tensó un segundo.

—No me toques… —susurró, pero sin apartarse demasiado—. Por favor… ahora no.

—sólo quiero hacerte sentir bien —respondió él, sin retirar la mano—. No tienes que cargar con esto sola. Estás temblando. Déjame que te calme un poco.

Su otra mano bajó hasta la cintura, rodeándola por encima del vestido blanco. Ella dio un respingó y le agarró la muñeca.

—Para… no estoy bien. Todo se siente mal. No deberías tocarme. No lo hagas, por favor.

Vicente mantuvo las manos cohibidas donde estaban, de manera constante, mientras le habla cerca al oído.

—Shhh… no tienes que decir nada ahora. sólo respira. Déjame ayudarte. Cuando uno está herido… a veces necesita que alguien lo sostenga…

Clarisse cerró los ojos. Un sollozo más le sacudió el pecho.

Sus dedos, que antes apretaba la muñeca de Vicente, se aflojaron un poco.

Él aprovechó para deslizar la mano unos centímetros más abajo, hacía la cadera, y la otra subió por su costado hasta rozar el borde inferior de su pecho por encima de la tela.

—No… repitió ella, más débil—. Esto no está bien…

Cada caricia. Cada frase con incertidumbre, de ella. Cada palabra disfrazada de consuelo… Todo lo veía con atención, me dio un vuelco al cuerpo y empecé a sudar frío. Tenía ganas de entrar. Romper la ventana. Quería gritarle al viejo y darle de coñazos si fuera posible.

Pero una parte asquerosa y cobarde de mí necesitaba ver hasta dónde era capaz de llegar ella después de descubrirme. Sumado al miedo a enfrentar mi propia culpa.

Clarisse soltó un sollozo y apoyó la frente en el hombro de Vicente. Él la rodeó un poco más con los brazos, mientras una de sus manos seguía bajando y subiendo por su costado, cada vez más cerca del culo

—Es… es inadecuado —susurró ella—. Todo esto es inadecuado. Tengo que irme.

Entonces ella intentando liberarse, hizo ademan de irse.

Vicente fue rápido volvió a tomarla por la cintura. Levantó la cabeza, mirándola desde abajo.

—¿Quieres ver lo que es inadecuado? —dijo, sonriendo apenas.

No esperó respuesta. Pegó su cuerpo más al de ella y se puso de puntillas, lo justo para quedar casi a la misma altura. Y le plantó un beso en la boca.

No fue un roce. Fue un beso seco y directo, con una mano le sujetaba la nuca para que ella no pudiera apartarse.

Clarisse soltó un sonido ahogado contra los labios del vejete un —«mmph» de protesta— y le puso las manos en el pecho, empujando de manera débil.

El viejo puso más empeño, profundizó el beso, inclinando la cabeza, atrapándole la lengua.

Se escuchaba el sonido húmedo de las bocas, La respiración de ella volviéndose más rápida y entrecortada.

—Para… —logró decir ella, entre el beso, con la voz pastosa—. Vicente, para…

Él se separó, quedando tan cerca que sus frentes casi se tocaban. La diferencia de altura hacía que Clarisse (que tenía la mano del viejo en la nuca), tuviera que encorvarse ligeramente y que él levantara la barbilla para mantener el contacto.

—Shhh… —le susurró él contra la boca—. sólo un momento…

Y volvió a besarla, más lento esta vez, chupándole el labio inferior.

La mano en su cadera descendía lentamente hasta su culo, y lo apretó sobre la falda.

Clarisse intentaba negarse con la cabeza entre el beso, soltando sonidos casi imperceptibles de rechazo, pero sus manitas en el pecho empujaban sin convicción.

—Espera… no… ¿Qué haces…? —alcanzó a decir, logrando separar su boca de la de Vicente

—Tranquila… sólo déjate llevar —murmuró

Clarisse miraba a Vicente con ojitos suplicantes, como lo hace una presa acorralada y perdida. Pero Vicente, ni corto ni perezoso, tomó a dos manos su delicado rostro y la volvió a besar, y está vez Clarisse sin mucha convicción, parecía corresponder.

Una mano grotesca bajaba otra vez por la cintura y la otra subía por su espalda, debajo de la casaca, buscando la piel desnuda.

Ella parecía temblar, se escuchaba sollozos bajos y confusos entre besos.

Pero el viejo no daba tregua. Esta vez sus dos manos tomaron con seguridad la cintura, rodeándola por encima del vestido blanco.

Luego descendieron más, recorriendo las curvas del culo.

Agarró los glúteos con firmeza sobre la falda.

Y en un instante, ya tenía las manos rozando la parte externa de los muslos, adentrándose bajo la falda.

Ahora amasaba las nalgas, apretaba la carne redonda, la levantaba un poco, la soltaba y volvía a apretar.

Desde mi posición pude ver que Clarisse llevaba unas bragas amarillas con encajes, los dedos del viejo se hundían marcando la piel y la tela de las bragas, palpando la forma exacta de cada nalga.

Vicente soltó un sonido bajo, como un gruñido de placer.

Se notaba que le estaba gustando lo que tocaba: La firmeza, la redondez, la piel suave y blanca.

Apretó más fuerte, separando las nalgas entre las bragas, y Clarisse soltó un gemido ahogado que ya no era sólo de rechazo.

—Joder… qué culito tienes —murmuró él—. Duro… Redondito…

Clarisse intentaba hacer movimientos de negación con la cabeza, pero el manoseo y los besos, se lo impedían.

—Para… me estás… ahh… —Gimoteaba, interrumpida por el viejo.