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Las lágrimas le empezaron a caer. Intentó agarrarme de la mano, pero la retiré.
—Por favor… no me mires así. Me da asco de mí misma. No tengo excusa. No volverá a pasar. Te lo juro por lo que más quieras. Haré lo que me pidas. Bloquearé el número, cambiaré el mío si quieres. solo…
La miré en silencio un instante. Luego hablé más bajo, más frío:
—Lo más jodido no es que lo hicieras borracha. Lo más jodido es que, siempre me decías que te daba vergüenza. Y a él le mandaste fotos sin casi pedírtelo dos veces.
Clarisse se encogió sobre sí misma, en el sillón. Llorando ya sin control.
Cogí mi chaqueta en silencio, del respaldo de la silla.
—Me voy al trabajo. Cuando vuelva… Ya hablaremos. Y esta vez quiero la verdad completa.
Me fui del piso sin esperar respuesta.
Llegué al trabajo con la cabeza hecha un lío. No pude concentrarme en nada. Las imágenes del chat y la cara de Clarisse llorando, se superponían cada pocos minutos. A media mañana no aguanté más y le escribí a Laura.
Martín: Necesito hablar. Es importante.
Nos reunimos en un café discreto, en un punto intermedio entre el estudio y el lugar donde ella estaba.
Sentado frente a ella y sin perder el tiempo, fui muy directo. Le conté todo de anoche con Clarisse, como lo vi todo. Le dije como la había confrontado a medias esta mañana.
Ella fue muy atenta y paciente al escucharme. Me dijo que entendía por lo que estaba pasando y me ofreció todo su apoyo, por lo herido que me notaba.
Le comenté también, que el plan que habíamos puesto en marcha ya no tenía sentido. Ella lo entendió. Pero me advirtió que aun así tuviera más cuidado con Vicente, y que por si las dudas ella seguiría cerca.
Me sorprendió su nivel de compromiso y preocupación por mí. Hablamos un rato más de otros temas y banalidades. Acordamos vernos luego, ya que ella de momento estaba ocupada y se había dado un tiempo para mí.
Cuando llegué a casa eran poco más de las ocho. El piso estaba en silencio. sólo se escuchaba la televisión a volumen bajo.
Clarisse estaba sentada en el sofá, en pijama, con las piernas recogidas y un vaso de agua entre las manos. Tenía el pelo recogido en un moño torcido y la cara lavada. Se le notaban los ojos hinchados y una expresión de tristeza profunda.
Al oírme entrar, levantó la vista. Y se notaba el arrepentimiento en su rostro.
—Hola —dijo, en voz baja.
—Hola.
Me dirigí hacia la cocina casi ignorándola. Ella se levantó de golpe.
—Martín… por favor. Necesito que hablemos —dijo con la voz rota—. Te lo pido por favor.
Me serví un vaso con jugo de pera y luego me giré hacia ella.
—Está bien. Habla
Ella que me había seguido en mi recorrido, dio un paso más hacia mí, pero se detuvo, como si no se atreviera a acercarse totalmente.
—Sé que lo que hice fue horrible. estaba borracha, confusa… pero no es excusa. Te fallé de la peor forma. Y lo siento. De verdad, lo siento con todo mi ser.
Se le cristalizaron los ojos. Sacó el móvil del bolsillo y me lo tendió con la mano temblando.
—Mira. Ya lo bloqueé. No quiero tener nada que ver con él. Haré lo que sea. Lo que me pidas. Lo que haga falta. sólo… por favor, intenta perdonarme. No puedo perderte.
No cogí el móvil, pero vi de reojo que efectivamente, estaba bloqueado.
—No lo sé, Clarisse. ahora mismo me siento muy dolido.
Clarisse me miraba desesperada y tenía la respiración agitada.
—Dime qué tengo que hacer —Suplicó, entre un naciente sollozo—. Dime cómo puedo arreglar esto. Por favor.
Me pasé una mano por la cara, cansado. El dolor de la traición estaba latente, ahí, intacto.
—No es tan fácil, Clarisse —dije, suspirando—. No es sólo lo que hiciste en la noche, también dejaste que te besara, ¿lo recuerdas? Y siento que, desde ese día, de alguna manera le diste pie para que siguiera con más. Por eso… pasó lo que pasó.
Ella negaba con la cabeza y trataba de contener las lágrimas.
—Lo entiendo, sé que hice cosas que no debía. Hice cosas que ha roto todo entre nosotros. Pero te pido una oportunidad y, demostrarte que te sigo amando y que sólo tú eres el único.
La miré conmovido y con un matiz de ternura. Aún desarreglada y llorosa, no dejaba de ser hermosa. Y mirando a sus imperceptibles pecas, le respondí:
—Puede ser… ¿y qué pasará si fallas? No sé si podré soportar otro golpe así.
Ella negó con la cabeza rápidamente, casi sacudiéndola. Lloraba en silencio
—Te prometo que eso no va a pasar. Te quiero a ti y sólo a ti. Te echaría mucho de menos si te pierdo. Pero… inténtalo. Por favor. Intenta darme una oportunidad para perdonarme.
Esta vez la miré un largo rato. El amor que sentía por ella, y el daño se me mezclaron en el pecho. Al final asentí con lentitud.
—Voy a intentarlo. Sé que, no será fácil. Pero a partir de ahora necesito la verdad, toda la verdad.
Clarisse soltó un sollozo de alivio, se abalanzó a abrazarme con fuerza. Con la cara aplastada contra mi pecho asentía.
—Gracias, amor. Te prometo que te la daré. Todo lo que pase.
Esa noche terminamos acostados de lado, con su espalda contra mi pecho y mi brazo alrededor de su cintura.
Hablamos de todo un poco, como si ambos necesitáramos volver a un terreno seguro.
Del trabajo, de un artículo que ella tenía que entregar la semana siguiente, de un proyecto mío que se estaba retrasando, de la mascota y lo mucho que había crecido, de si había que comprar más café.
Palabras simples, casi triviales, pero que nos mantenían unidos en la oscuridad.
—Gracias… por intentarlo —susurró ella en un momento.
—Lo intentaremos —le respondí contra su pelo.
Nos dormimos así, acurrucados. Y empezaba a sentir una flotante tranquilidad.
El fin de semana llegó con una tregua frágil pero real. Decidimos salir, para intentar regresar a la normalidad y a la tranquilidad habitual. Rafa organizó una cena informal en un restaurante del centro, para seguir avanzando en una posible relación con Elena.
La noche fue ligera. Rafa, como siempre, llenó lo silencios con anécdotas y bromas. Elena resultó más cercana de lo que recordaba: inteligente, directa y con humor seco que hacía reír a Clarisse. Las dos parecían entenderse bien. Demasiado bien, en algún momento. Pero no dije nada.
Clarisse, a mi lado, se esforzaba. Me buscaba la mano debajo de la mesa.
Me miraba frecuentemente, como comprobando que estaba con ella.
Yo le devolvía la presión de los dedos, para que notara que en realidad quería arreglar las cosas con ella.
Hablamos de trabajo, de cómo el empresario al que Rafa me recomendó, estaba demorando el visto bueno del proyecto que le presenté. Hablamos de viajes pendientes.
Rafa y Elena intercambiaban miradas cómplices, Clarisse sonreía. Yo también. Al final de la cena, mientras esperábamos que llegará el auto, Clarisse se apoyó en mi hombro y murmuró:
—Gracias por esta noche. La necesitaba.
La besé el pelo.
—Yo también.
El ambiente entre nosotros había mejorado. Al llega a casa, ella se notaba más relajada y yo también. Nada más entrar al piso ella se quitó los zapatos y me miró con una sonrisa tímida.
No hizo falta decir mucho. Ella me besó de manera lenta y apasionada.
Después se volvió más profundo. Nos fuimos moviendo hacia el dormitorio sin soltarnos.
La ropa fue cayendo sin prisa. Cuando nos metimos en la cama, el sexo fue distinto a las otras veces.
Más atento: Clarisse besaba mi pecho, me masajeaba la polla con sus delicadas manos, seguían bajando con besos húmedos por mi vientre hasta mi zona «V».
La excitación y lo extraño de ese comportamiento, me hicieron creer enormemente que ella por primera vez en la vida me haría una felación.
Pero no, luego volvió a subir de la misma forma entre besos y añadiendo lengua.
Llegó hasta mi boca, mientras se acomodaba sobre mí y con una manita libre se acomodó la polla entre sus labios húmedos y se dejó caer, resoplando de goce.
—Ahh… haahh… —Gimoteaba.
Ella inicio el ritmo de la cabalgada. Y yo estaba entregado al placer que me estaba regalando.
Cogía sus caderas. Con una mano cogía sus tetas amasándolas.
Mi boca chupaba sus pezones intercambiando casi con desesperación.
Parecía que nos estábamos poniendo al día de tal manera, como si no hubiera un mañana.
Cuando terminamos, Clarisse se quedó recostada sobre mi pecho, con los dedos dibujando círculos en mi piel.
Yo le acariciaba la espalda y ella me volvió a dar un beso, un beso de amor. Le correspondí con la misma intensidad, sellando así ese momento tan íntimo y de entrega entre los dos.
El domingo transcurrió sin mayores sobresaltos. Tuvimos un mañanero, nos volvimos a dormir. Nos levantamos tarde. Desayunamos (si a esa hora se le podría llamar desayuno). Saqué a pasear a Mica, mientras Clarisse avanzaba en un artículo que tenía pendiente.
En fin, fue un día tranquilo. Aparentemente normal.
estaba en el trabajo recargado de trabajo, revisando unos planos cuando el móvil sonó.
—¿Martín? —dijo una voz grabe y directa
Aclaré la voz.
—Señor, Valcárcel. Buen día
—Hola, muchacho. Necesito que vengas a Valencia a media semana, para ultimar detalles y empezar con el proyecto en cuanto se pueda.
Enrique Valcárcel era un empresario hotelero de Valencia, al que fui recomendado por Rafa.
Tenía una casa señorial a las afueras de la ciudad, una finca antigua que quería convertir en un pequeño hotel boutique de lujo.
El proyecto incluía la rehabilitación de la estructura original, la distribución de espacios y la adaptación a normativa turística si perder el carácter del edificio.
No era un trabajo enorme, pero si delicado y bien pagado.
—Sí claro, diga la hora exacta y ahí estaré…
Quedamos en que el miércoles por la mañana estaría allí.
Colgué y me quedé mirando unos segundos la pantalla. Después de todo lo que había estado pasando en casa. Un nuevo proyecto me vendría bien.
Le escribí a Rafa para agradecerle la recomendación, aunque el cliente se haya hecho esperar.
Cuando llegué a casa se lo conté a Clarisse totalmente emocionado.
—Es sólo un par de días tal vez —le decía—. Si todo va bien, podría regresar el mismo día por la noche.
Ella asintió, aunque me veía medio raro, como dudando.
—Está bien, cari… sólo, avísame apenas llegues.
La semana había empezado mejor de lo esperado. Ese día y el martes transcurrieron con gran calma, que me llenaba de tranquilidad y confianza. Clarisse y yo nos tratábamos con cariño y ternura. Cada que vez que teníamos oportunidad nos dábamos muestras de afecto.
Aunque el martes no acabó del todo bien, un minúsculo detalle. El señor Valcárcel llamó para informarme que la reunión sería por la noche, en una cena conjunta con socios e inversionistas. No me hice el mayor problema y acepté el nuevo horario.
Mientras tanto el miércoles por la tarde volví a casa unas horas antes para alistarme y ordenar las cosas para Valencia.
Abrí la puerta y el piso estaba en silencio.
—¿Clarisse? ¿Mica?
Nadie respondió. Supuse que Clarisse sacó a Mica a pasear.
Dejé la chaqueta sobre el sillón, y cuando me dirigía a la cocina por un vaso de agua, vi en la mesa del comedor el móvil de Clarisse que se iluminó.
La duda y temor que aun seguían presentes sumado a la curiosidad me hicieron tomar el teléfono y vi la notificación de un número sin agendar. sólo número.
Abrí primero el chat de Vicenta ya bloqueado, para saber qué fue lo último que se dijeron
El chat era del viernes, durante el transcurso del día, cuando yo estaba en el trabajo y ella en el suyo:
Vicente: Hola, pelirroja… ¿cómo estás hoy?
Clarisse: Por favor entiende, y ya no me escribas más.
Vicente: ¿Qué pasa, pelirroja? ¿acaso, no te gustó lo de anoche?
Clarisse: Eso fue un error de mierda. estaba borracha. No volverá a pasar.
Vicente: Jaja… No me jodas, pelirroja. Estabas caliente. Y vaya que te corriste…
Clarisse: Que borde eres…
Vicente: Lo soy. Pero tú no eres tan decente como aparentas.
Clarisse: Cierra la boca. Y déjame en paz.
Vicente: Y vaya que te puedo dar paz. Por donde lo pidas…
Clarisse no había respondido más y bloqueó a Vicente.