8 #3
Vicente: Y no me gustó del todo. Quiero ver los labios. Quiero ver cómo de mojada estás. Hazme otra. Venga.
Hubo otra demora en la respuesta. Más corto esta vez. Clarisse borracha y torpe, terminó cediendo otra vez.
La primera imagen ya me había dejado helado. Pero la segunda …
La segunda era directa. Clara. Sin adornos.
Ahí estaba su coño. Esta vez se había quitado las bragas y la falda seguía subida casi a la cintura. El vello rojizo revuelto y húmedo. Los labios hinchados, entreabiertos. El hilo de su corrida que le bajaba hacia el culo. Todo expuesto para Vicente. Con luz. Con detalle. Sin vergüenza.
Sentí un golpe tan fuerte en el pecho, que me costó respirar.
Porque esa misma mujer, la que ahora le mandaba fotos de su coño mojado a otro hombre. Ante mí, sentía mucha vergüenza que la estuviera viendo ahí, cuando intentaba comerle el coño (cosa que nunca me lo permitió).
—«Es sucio.»
—«Es degradante.»
—«Me da mucha pena que me mires ahí.»
Me solía decir.
Las respuestas de Vicente no se hicieron esperar.
Vicente: ¡Hostias! Qué coño más rico… Mira como brilla. Seguro que todavía te late ¿A que sí?
Clarisse: Ya… No pidas más por favor.
Vicente: Vale… pero ve a dormir, pensando en cómo te corriste para mí.
Clarisse: Idiota.
No hubo más mensajes. Cerré el chat con manos frías. Clarisse seguía profundamente dormida. Yo me quedé sentado en silencio, mirándola.
Acababa de ver como mi novia, borracha se había doblegado mensaje a mensaje ante Vicente.
Apenas me dejaba mirarla entre las piernas, y casi siempre con la luz apagada, con las sábanas a medio tapar, le daba horror que viera demasiado. Se cerraba. Me aparta la cabeza con suavidad, pero con firmeza cuando intentaba bajar.
Y ahora…
Ahora le había enviado a Vicente una foto clara, abierta, sucia, íntima, de lo mismo que a mí me había negado en reiteradas veces.
La rabia que sentía, se mezcló con humillación profunda. Y debajo de todo, como un veneno, esa excitación enfermiza que tanto odiaba reconocer. Porque verla así, tan entregada a otro, tan dispuesta a mostrar lo que a mí me ocultaba muchas veces, me removía de una forma que me daba asco de mí mismo.
La veía dormir, tan indefensa. Sentía el impulso de despertarla y gritarle. Pero sabía que no era el momento. Algo dentro de mí se negó. Quizá fue el cansancio. Quizá fue el miedo a escuchar sus excusas…
Quería digerir lo que acababa de ver.
Dejé el móvil exactamente donde lo había encontrado. Luego la miré un segundo y la cubrí con una manta. La dejé ahí, cubierta y desparramada, tal como estaba.
Caminé hacia la habitación, en silencio. Me quité la ropa de forma mecánica, me metí en la cama y me quedé mirando el techo a oscuras,
No pude dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, veía las fotos. La forma en que se había abierto para él sin casi resistirse. Y recordaba todas las veces que ella me había apartado o se cubría, cuando yo intentaba bajar entre sus piernas.
Al cabo de un rato escuché ruido en la sala. Un quejido bajo, el sonido de unos tacos cayendo al piso.
Me giré de lado, dándole la espalda a la puerta y me hice el dormido.
Clarisse llegó a la habitación entre farfulleos y de manera torpe se metió en la cama, como pudo, olorosa a sexo y alcohol.
Yo seguía fingiendo dormir. Preferí esperar a que estuviera lucida, para hablar con ella.
Por la mañana la alarma nos despertó a ambos, casi al mismo tiempo.
La vi despertar. Se incorporó de golpe, con el pelo revuelto y la cara demacrada. Buscó el móvil casi con pánico. Cuando lo desbloqueó, se le descompuso el rostro. Se le pusieron los ojos vidriosos. Se tapó la boca con una mano y se quedó mirando la pantalla.
Yo la veía oculto desde el pasillo. Caminé lento hacia la habitación y me vestí para ir al trabajo, fingiendo calma. Luego volví a pararme en el pasillo, está vez de forma que ella me notara.
—¿Pasa algo? —pregunté en voz baja y suave.
Clarisse levantó la vista. Tenía los ojos enrojecidos.
—N-no… nada. sólo… resaca. Creo que bebí de más, anoche.
Asentí. Hablé con el tono más tranquilo, casi cariñoso.
—¿Llegaste muy mal de la reunión?
Ella trago saliva y asintió, evitando mirarme directamente.
—Sí… la gente de la revisa. Se nos fue de las manos. Bebimos más de la cuenta.
Me acerqué un poco más, cerca de ella. Le aparté un mechón de la cara, con delicadeza.
—Clarisse… anoche, tenías el móvil desbloqueado. Se veía un chat abierto.
Se heló la expresión. El color se le fue de la cara.
—¿Qué…?
Esta vez no suavicé la voz. La miré fijamente.
—Vi todo. Los mensajes. Las fotos. Lo que le enviaste al bastardo ese.
Clarisse empezó a temblar. Abrió la boca, intentando hablar, atropellada:
—Amor… yo… estaba borracha. No sabía lo que hacía. Te lo juro. Fue un error horrible…
Me moví, quedando frente a ella.
—Un error. ¿Eso es todo lo que vas a decir?
—Sí, un error. estaba mal. Debes creerme… Él… él me decía cosas y yo no pensaba con claridad. No sé cómo pasó. Por favor. Debes creerme.
—Le enviaste fotos de tu coño a ese viejo. Te tocaste para él. Te corriste por mensajes. Y sólo vas a decir que fue un error.