EL VETERINARIO 8 #2
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8 #2

Clarisse: ¿Por qué no haces un favor? y te pierdes.

Vicente: Imagina lo fácil que sería… dejarte llevar otra vez. Sin que nadie se entere. sólo un rato. Para que veas que no todo tiene que ser correcto y aburrido.

Clarisse: Eres un cerdo.

Vicente: Y a ti te calienta que lo sea. ¿A que sí?

El chat terminaba ahí. Clarisse no había vuelto a responder.

Apretaba el teléfono con fuerza y rabia. Cada mensaje cargado de una tensión, que al parecer Clarisse intentaba controlar, sin mucha convicción. Vicente estaba persuadiendo su resistencia, planteando la idea de lo fácil que sería repetirlo.

Y ella… ella no lo había bloqueado. No había dejado de leer y responder. Acaso estaba ¿dudando?

Como sea, a partir de ese día empecé a comunicarme con Laura con más frecuencia. Ella se había convertido en mi única confidente. Le contaba sobre las actitudes y lo que veía en el móvil de Clarisse.

Mientras tanto la vida seguía.

El jueves por la noche, cuando estaba acostado sobre la cama, Rafa me llamó. Se le notaba eufórico, incluso por el tono de voz.

—Tío… lo conseguí —dijo sin preámbulos—. Elena. Anoche. Habíamos quedado para un café y terminamos en su piso. Joder, que maravilla de mujer, macho. Parecía que llevaba semanas de abstinencia.

Al menos al buen Rafa le estaba yendo bien.

—Te felicito, cabrón. Ya te hacía falta.

Rafa se rio.

—No te imaginas… Elena fue directa y sin dramas, macho. Me dijo que le gusta mi forma de ser. Y esta mañana hasta me preparó el café. Estoy flipando.

Le dejé hablar. Le pregunté detalles. Le dije que me alegraba por él. Y mientras lo hacía no pude evitar pensar en el contraste: Rafa había conseguido algo limpio y directo. Y yo en, cambio, estaba metido hasta el cuello en una trama de manipulaciones.

Cuando colgamos me quedé mirando por la ventana. Clarisse aún no llegaba, me dijo que iría con unas colegas de la revista, a tomar unas copas por el cumpleaños de una de sus amigas.

Aunque me sentía muy intranquilo por no saber si eso era verdad, al final terminé asintiendo y deseándole buen provecho. Sabía que, si ella fuera a verse con Vicente, Laura ya me lo hubiera dicho o lo haría eventualmente.

Después de haber hablado con Rafa. Revisaba esporádicamente el sistema de vigilancia de la veterinaria, desde el móvil. Esperaba ver si Clarisse se aparecía. Pero nada.

Luego seguía viendo por la ventana, contemplando la noche.

Creo que el estrés, la tensión. Me jugaron en contra, y, terminé profundamente dormido.

Cuando desperté eran cerca de la una de la madrugada.

Desperté asustado, me había dormido sobre las sábanas.

Estiré mi mano por impulso automático, buscando en el otro extremo de la cama a Clarisse.

Ella no estaba. De manera inmediata, una sensación nerviosa me recorrió todo el cuerpo.

Busqué mi móvil para llamarla, pero se había muerto por batería baja.

Rápidamente me puse en pie y descalzo me dirigí a la sala, ahí había un teléfono fijo.

Entonces la vi.

La luz tenue de la sala estaba encendida.

Clarisse estaba profundamente dormida, con el cuerpo abandonado de forma torpe.

La cabeza ladeada contra el respaldo, la boca entreabierta, su cabellera pelirroja algo revuelta.

La blusa blanca que llevaba, la tenía con un par de botones desabrochados, dejando ver el nacimiento de sus tetas.

Tenía las mejillas sonrojadas. Las piernas entreabiertas de forma descuidada, dejando a la vista su ropa interior color azul noche.

El aire de la sala olía a ligeramente a sexo, mezclado con su dulce perfume.

Me acerqué a ella con intención de despertarla, y me quedé quieto mirándola.

Algo no cuadraba. Clarisse nunca se dormía así, tan desecha, tan expuesta.

Fue entonces cuando vi encenderse la pantalla de su móvil.

Con mucha cautela me acerqué a tomarlo. estaba depositado en el asiento junto a su muslo, bajo su mano derecha.

Al desbloquearlo, vi que había estado chateando con Vicente.

Empecé a leer desde abajo hacia arriba. Las manos me temblaron nada más ver como acababa de degradarse por mensajes.

Vicente: Hola, otra vez. Pelirroja.

Clarisse: ¿Qué quieres…?

Vicente: Saludarte. Llevaba un rato pensando en ti.

Clarisse: Ya te dije que no me escribieras.

Vicente: No puedo evitarlo… Me gusta que hayas contestado.

Clarisse: sólo para que dejes de insistir.

Vicente: Si de verdad quisieras eso, ya me habrías bloqueado.

Clarisse: No me hagas perder el tiempo.

Vicente: No lo hago… Pero contéstame una cosa, ¿sí?

Clarisse: Estoy cansada. No me jodas ahora con eso.

Vicente: ¡Oh! Jojo… ¡Pero bueno! ¿Y ese vocabulario?

Clarisse: Lo siento, es que estoy cansada y creo que bebí un poco de más.

Vicente: Tranquila, mujer. No pasa nada. Respóndeme algo. ¿Estás en tu casa?

Clarisse: Sí… acabo de llegar.

Vicente: ¿Y? ¿estás sola?

Clarisse: No lo sé, creo que Martin está durmiendo en la recamara.

Vicente: Bueno, entonces no lo molestes.

Clarisse: Eso hago.

Hasta ahí, todo parecía normal. Tal vez si la hubiera esperado despierto, el resto no hubiera pasado. Pero pasó.

Vicente: Perfecto. Entonces respóndeme una cosa. ¿Te has tocado alguna vez pensando en mí?

Clarisse: ¿Qué clase de pregunta es esa?

Vicente: sólo una preguntilla directa. Venga se buena chica y responde.

Clarisse: No… bueno… Tal vez una vez. Pero fue un maldito error.

Vicente: Un error que te hizo correrte, ¿verdad? No me mientas.

Clarisse: Sí. Me corrí ¿Feliz?

Yo al leer tal confesión, me sentí humillado. Una pena y frío inmediato se apoderó de mi pecho. Con el teléfono en mis manos temblorosas seguía leyendo.

Vicente: Bastante. Ahora quiero que hagas algo por mí. Métete la mano entre las piernas y dime cómo la tienes. Si estás mojada o no.

Clarisse: Eres un hijo de puta…

Vicente: Lo soy, Pero te gusta, ¿Verdad? Anda, dime cómo la tienes.

Clarisse: Está… estoy mojada. Un poco.

Vicente: ¿sólo un poco? Estás empapada y lo sabes. Sigue tocándote. Y mientras lo haces, piensa en cómo te abriría las piernas. En cómo te la metería lentamente, para que sintieras cada centímetro…

Clarisse: Joder. Para.

Vicente: Tú no pares… Cuando te corras, quiero que me lo digas. Aunque sea con una sola palabra.

Clarisse: Claro que no… no voy hacer eso.

Vicente: Venga, tú puedes…

Hubo un tiempo de espera de más de 6 minutos. Luego Clarisse había respondido al último mensaje, torpe, con faltas de ortografía. Supongo que por el alcohol y lo que estaba haciendo.

Clarisse: ya… Me corrí. Cabrón.

Vicente: Buena chica. Ahora, quiero verlo. Quiero ver cómo te has quedado después de correrte. Envíame una foto.

Clarisse: No. Ni de coña.

Vicente: ¿Por qué no? sólo quiero ver el resultado. Una foto. Nada más.

Clarisse: No. No puedo… No estoy preparada.

Vicente: ¿Preparada de qué? Acabas de correrte por mí. Una foto es lo único que pido.

Clarisse: Es que… Llevo pelo. Me da vergüenza. No quiero que me veas así.

Vicente: ¿Eso es todo? ¿Que tienes pelo en el coño? Joder, pelirroja… eso me calienta más. Me gusta natural. Envíamela igual. Quiero verte.

Clarisse: No… me da cosa.

Vicente: ¡Hey! Llevas toda la noche obedeciendo sin querer admitirlo. Te tocaste porque te lo pedí. Te corriste porque te lo pedí. Ahora sólo pido una foto. No lo pienses tanto, déjalo fluir. Así que abre las piernas, haz la foto y mándamela. Ahora.

Hubo una espera de respuesta larga. Como dos minutos. Luego llegó la imagen.

Yo al ver esa foto. Se me fue el aire.

Ahí estaba ella, expuesta. La foto tomada desde arriba, con la luz tenue de la sala.

La falda de mezclilla subida, las bragas bajadas un poco.

Se veía parte de su vientre, el monte de venus cubierto de su vello púbico rojizo natural, algo espeso y brillante de lo mojada que estaba.

Se alcanzaba a ver sutilmente sus labios hinchados y enrojecidos.

Me tembló la mandíbula. Pero el chat continuaba, Vicente no estaba contento con esa foto.

Vicente: Esa no me vale. Se ve demasiado tapado. Quiero ver el coño bien, Abre más las piernas y enséñamelo de verdad. Sin Vergüenza.

Clarisse: Ya… Para, Ya te envié una. No me pidas más…