EL VETERINARIO 8
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Se oyó el ruido de pasos alejándose. Luego el audio se cortó.

A estas alturas estaba sentado en la taza del baño, me quedé con el móvil todavía en la oreja mirando al frente en la oscuridad.

Clarisse dormía tranquila. Yo en cambio sentía que se me abría un agujero en el pecho.

Pero algo no terminaba de encajar en todo esto. Vicente no hablaba como alguien que ya se ha cogido a Clarisse. Lo que me dijo Laura… Todo esto no tenía mucho sentido. Me estaba volviendo loco, muchos sensaciones recorrían mi cuerpo en ese momento.

Me enjuagué la cara en lavabo y regresé a la cama. Ella dormía plácidamente, con la respiración tranquila. Me quedé mirándola mientras pensaba en infinidad de cosas. Hasta que el cansancio me pudo y quedé totalmente privado.

No sé si desperté producto de una pesadilla o ya tenía los ojos abiertos recordando el audio que Vicente había enviado. Cada frase, cada silencio de Clarisse, cada risa chulesca de ese hijo de puta. Todo se reproducía en mi cabeza en bucle.

Clarisse se removió a mi lado, era ya cerca de las once de la mañana. Se despertó con parsimonia. Tenía ojeras profundas, el pelo revuelto y una expresión rara, como si hubiera dormido mal y arrastrara algo pesado.

Me quedé mirándola en silencio. Ella se dio cuenta:

—¿Qué pasa? —preguntó somnolienta y con la voz ronca de sueño.

Me incorporé un poco, apoyándome en el cabecero. Intenté hablar con calma, aunque por dentro sentí mi corazón cada vez más frío.

—Anoche… mientras fui a despejarme. Te encontraste con Vicente. ¿Verdad?

Clarisse se tensó de inmediato. Sus pupilas se dilataron al máximo y apartó la mirada. Se sentó en la cama abrazándose las rodillas. Tardó unos segundos en responder:

—Sí… —admitió, casi en un susurro—. Me abordó cerca a los baños. Yo no sabía que él estaría ahí.

La escuché asintiendo, intentando mostrar el mejor gesto posible en mi rostro, para que ella se abra en confianza.

—Te entiendo… yo tampoco me lo esperaba —dije, fingiendo sorpresa.

Se le quebraron los ojos. Empezó a llorar en silencio.

—Fue asqueroso Martín —dijo, entre sollozos

Por un momento me alerté, y llegué a pensar que el bastardo le había hecho algo. Intenté sonar lo más calmado posible para interrogarla.

—¿Te hizo algo ese cabrón? ¿se atrevió a tocarte? —pregunté, aguantando una creciente furia.

La escuché negar y vi como movía su cabeza separándola de sus rodillas para acompañar la negación.

—No… no me hizo nada —decía, con la carita ruborizada por el llanto—. Me dijo cosas horribles sobre Mariana. Que se la había… que se la había follado esa misma noche. Me dio asco. Le recriminé y le dije que se alejara de nosotras. Que no volviera a hablarme nunca más.

Ella dejó fluir su llanto. Yo la escuchaba sintiendo pena por ella. Le acaricié la espalda con ternura.

—Está bien cariño, no tienes por qué cargar sola con esto. Lo que sea que dijo, puede no ser verdad. Y sólo lo hizo para molestar.

Ella se aferró a mí, llorando contra mi pecho.

—No lo sé Martín. Pero no quiero siquiera que se me acerque… —dijo, entre gimoteos.

Por dentro me seguía desgarrando. A pesar que tuvo el valor de contármelo. Gracias al audio que envió Vicente, sabía que me oculto ciertas cosas.

La abracé con más fuerza. Le dije que todo iba a estar bien.

Ella se aferró a mí y me dio un beso profundo.

Más tarde ese mismo día, me escribió Laura. Clarisse había salido a comprar algunas cosas.

Laura: ¿Ya estás lucido? Necesito hablar contigo. Vicente está moviendo sus fichas…

Le respondí casi de inmediato. Quedamos en vernos en un café discreto, lejos del centro.

Cuando llegué Laura ya estaba ahí, sentada cruzada de piernas y con una cara sería mirando a la nada.

—Hola —la interrumpí, sacándola de su trance.

Ella giró la cabeza, y pareció sonreír sutilmente.

—Hola… que bueno que llegas.

Me senté a la mesa frente a ella.

—¿Llevas mucho tiempo esperando? —pregunté, fingiendo que me importaba.

Laura sonrió por primera vez con cierto rubor es su rostro y respondió en seguida:

—No tienes por qué fingir… Vamos directo a lo que hemos venido —sentenció, decidida.

Yo sintiéndome como un imbécil, asentí con la cabeza y apenas respondí:

—Venga… vamos.

—Vicente se quiere cog… quiere volver acostarse con Clarisse —dijo, corrigiéndose—. En los próximos días. Está esperando que ella flaquee y vuelva a cruzar la línea. Y tú podrías ver por tu propia cuenta, que lo que está pasando es real.

Percibí que Laura intentaba rebuscar las palabras. Y al mismo tiempo sentí un frío en el estómago, al escuchar tal revelación.

—¿Y tú que propones?

Laura me miró fijamente.

—Primero respóndeme algo.

—Sí, claro—me apresuré a responder.

—¿Podrás con esto?

—No lo sé —respondí, mirándola fijamente—. Si aún no me has dicho cuál es el plan.

Laura seguía viéndome, como analizando algo dentro de mí.

—Pienso que la dejes sola, que le des espacio. Vicente va a aparecer. Y cuando lo haga… tú tendrás la prueba definitiva, y podrás confrontar a Clarisse y a Vicente como se debe.

Me quedé callado. La propuesta era brutal y muy retorcida, pienso.

—¿Me estás pidiendo que use a mi novia como cebo? —pregunté con la voz baja y tensa.

Laura no apartó la mirada.

—Te estoy pidiendo que dejes de actuar a medias. Si de verdad quieres saber que tan dispuesta está haciendo ella… esta es la forma. Si no haces nada, él va a seguir persuadiéndola. Solo que tú te enterarás cuando ya sea muy tarde. Y se correrá la voz de que eres un cornudo más.

El dilema me golpeó con fuerza. Por un lado, la idea dejar que Vicente se acerque a Clarisse me daba asco.

Por otro lado, que necesidad habría de hacer eso, si podía confrontarla directamente con lo que tenía.

Aunque si lo hacía, ella podría negar todo argumentando que no es ella porque no se le ve el rostro.

Esa necesidad de terminar con todo me tenía frustrado y, ya quería terminar con mi angustia, era casi física.

Laura se inclinó un poco hacia adelante.

—Tú decides. Yo te ofrezco mi ayuda. Si aceptas… yo me encargo de que Vicente sepa de que Clarisse ya no va a estar tan vigilada. El resto… ya es cosa de ellos. Y de ti, si decides mirar.

Me froté la cara con las manos. El café se enfriaba entre mis dedos. La rabia y la debilidad se mezclaban, Pensé en el audio, en la forma en que Clarisse había callado, en las medias verdades que me ha estado contando.

—Joder… —murmuré.

—sólo tienes que darle espacio.

Por un momento dudé. Luego, en un impulso de rabia, la necesidad de saber la verdad y desenmascarar a Clarisse. Terminé asintiendo.

—Hagámoslo —dije—. Pero si esto se sale de control… te juro que…

—Ya lo sé —cortó ella—. Yo también me juego algo.

Lunes por la mañana

Clarisse se estaba duchando para ir al trabajo y había dejado el móvil en la mesita. Yo estaba por marcharme al estudio, pero la curiosidad y desconfianza pudieron más, al ver su teléfono desprotegido.

Desbloqueé el teléfono. En los mensajes reciente aparecía el contacto de Clínica del C. (Era Vicente)

Había escrito ayer domingo, por la hora deduje que fue justo cuando Clarisse fue de compras.

Vicente: Anoche, no sabes cómo me puso a mil verte hecha una fiera, te salió la vena defensiva por tu amiguita. Cuando quieras hablar de verdad, solo dímelo.

Clarisse: No me escribas. Lo que le hiciste fue asqueroso.

Vicente: Asqueroso y real, ¿sabes? ella lo disfrutó. Tú también podrías, si quisieras…

Clarisse: Déjame en paz. Yo tengo novio, No vuelvas a contactarme.

Vicente: Como digas. Pero cuando te canses de fingir… ya sabes… solo un mensaje o un emoji.

Debajo de todo había un borrador sin enviar. Clarisse había empezado a responder el último mensaje:

Borrador de Clarisse: No sé qué pensar. Siento que…

El mensaje terminaba ahí, incompleto. Nunca lo había enviado.

Me quedé mirando la pantalla, sintiendo los latidos del corazón en los oídos.

Ella había dudado. Había intentado escribir una respuesta. ¿Qué había intentado escribir al final? Se había arrepentido… y lo dejó inconcluso.

Después de husmear, me fui al trabajo con una intriga creciente, que me empezaba a devorar. Apenas y podía concentrarme en las cosas de la oficina. Las chicas en el estudio al verme distraído y ausente me intentaban animar. Yo sólo fingía sonrisas y buena actitud, por pura amabilidad.

Cuando llegué a Casa, encontré a Clarisse preparando la cena.

Si no hubiera sido por Mica que corrió hacia mí con un sonoro ladrido, ella ni siquiera se habría dado cuenta de mi llegada.

El ladrido de Mica le había sorprendido, se giró hacia mí con los ojos bien abiertos y una mirada fija, típica de alguien que es interrumpida cuando está planeando o pensando tal vez… de forma pecaminosa.

—Hola, cari… llegaste. —dijo, tratando de sonar natural.

—Hola preciosa… eso huele bien.

El resto de la noche, los dos intentemos fingir naturalidad en las cosas rutinarias que compartíamos.

La semana parecía avanzar con una falsa tranquilidad. Clarisse parecía ir regresando a la normalidad: trabajando, hablando de la revista y sus rutinas en ella, sacaba a Mica a pasear. Pero seguía extraña. A ratos se quedaba colgada mirando a un punto fijo.

Yo por mi parte no había tenido oportunidad de revisar su teléfono. La ansiedad de saber si había completado ese mensaje del borrador para enviarlo, me estuvo ocupando el cuerpo todo el tiempo.

Un miércoles por la tarde, mientras ella estaba en la ducha, lo conseguí.

Abrí el chat con desesperación. El borrador ya no estaba. En su lugar, había una conversación nueva. Más extensa. La conversación anterior ya no estaba. La había eliminado.

Vicente: Qué lástima. estaba esperando con ganas tu respuesta.

Clarisse: No voy a caer en tu juego. Déjame en paz.

Vicente: No es un juego. Es sinceridad. La otra noche, te temblaron las piernas. Y eso que supuestamente estabas hecha una fiera… ¿O me vas a negar que no sentiste nada?

Clarisse: Fue un reflejo, un error producto del alcohol. No digas gilipolleses.

Vicente: Los errores se repiten, y más cuando uno lo disfruta. Dime la verdad… ¿cuántas veces has pensado en cómo te haría gemir de placer?