EL VETERINARIO 7
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Laura no aparto la mirada.

—Fue una tarde que tu novia fue a la revisión de la mascota. Y las otras creo que son en un hotel o tal vez su piso. Vicente terminó… follándose a tu chica.

Me senté en el borde del banco, con la cabeza entre las manos. El aire me faltaba. Imágenes de Clarisse y Vicente se superponían en mi mente con una claridad abrumadora. El incremento del dolor por nudo en la garganta era más agudo. Laura no se movió. Esperó.

Al cabo de un rato levanté la vista.

—¿Por qué me lo cuentas ahora? —pregunté, con la voz ronca—. ¿Qué ganas tú con esto?

Laura cruzó los brazos bajo sus tetas y apoyó la espalda en el farol. Por primera vez su expresión se volvió más dura, menos calculada.

—Estoy harta —dijo—. Vicente y yo… Bueno, tenemos algo… o al menos creí que lo teníamos. Pero para él sólo soy una más. La que está disponible cuando le apetece. Juega conmigo igual que juega con las demás. Y yo ya me cansé de ser su juguete.

Laura se detuvo un momento para tomar aire después de confesarme lo último casi con la voz quebrada en llanto.

—Además —añadió, mirándome de reojo—. Tú me interesas, más de lo que debería.

Solté una risa amarga.

—No me jodas. Apenas y ahora nos conocemos.

El silencio se hizo denso. Yo la miraba intentando procesar lo que dijo.

Laura aclaró la voz y se pasó una mano por el pelo. Visiblemente angustiada.

—Es verdad, desde que te vi. Desde lo que iniciemos en la despedida… Por eso estoy aquí. Porque estoy harta de Vicente… y porque tú no eres como él.

Me pasé las manos por la cara.

—¿Cuántas veces? —pregunté—. ¿Cuántas veces ha estado Clarisse con él?

Laura dudó un segundo.

—Que yo sepa… al menos tres. La primera fue el día del vídeo. Luego hubo otra por la tarde, creo que ustedes habían discutido. Y la tercera más reciente… Esa no sé dónde pasó.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me levanté de golpe. Necesitaba moverme. Caminé un par de pasos y me detuve, mirando hacia el salón iluminado a lo lejos.

—¿Qué quieres de mí Laura?

Ella se acercó un poco, Analizándome.

—Quiero que sepas la verdad. Y quiero que decidas. Puedes confrontar a tu novia. Puedes seguir fingiendo. O… puedes usar lo que sabes. Vicente no espera que te enteres de todo esto. Eso te da una ventaja.

Me giré hacia ella.

—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?

Laura sostuvo mi mirada.

—Depende de lo que hagas tú. Si decides pelear… yo podría ayudarte, y le daremos su merecido a ese viejo cabrón.

El silenció nuevamente se hizo presente, esta vez más largo. Desde el salón llegaban risas y el ritmo de una canción alegre. Clarisse estaba ahí dentro, divirtiéndose como si nada. Sin saber que yo había descubierto todo.

Laura esperaba

Y yo sentía que cualquier decisión que tomara a partir de ese momento iba a romper algo irreparable.

—¿Y qué propones? —pregunté, todavía con la voz tensa.

Laura se encogió de hombros ligeramente.

—De momento… regresa a la fiesta. Finge, como si no supieras nada. Ya estaremos en comunicación. Cuando salgamos de aquí, hablamos con más calma y decidimos como mover las piezas.

Asentí, no tenía fuerzas para discutir más.

Está bien.

Me alejé del banco y caminé de regreso al salón. No sé cuánto tiempo estuve lejos de la fiesta, tal vez media hora… No lo sé, el tiempo se me había escapado.

En el trayecto intenté relajarme. Respiré hondo. Ajusté el saco. Forcé una expresión más natural. No quería que Clarisse notara algo raro.

Clarisse, ¿cómo pudiste? Eras mi chica perfecta, tan tranquila y reservada. ¿Cómo es posible? Si ese tipo de hombres nunca te agradaron, siempre despreciaste a esa gente. Y ahora te acuestas con un viejo que tanto decías detestar.

Encontré a Clarisse cerca de nuestra mesa. Ya no estaba bailando. estaba sentada, con una copa entre las manos, mirando hacia ningún sitio en concreto. Tenía una expresión pensativa, más tranquila… y, tal vez, con un leve matiz de culpa o inquietud.

Me senté a su lado.

—Perdona la demora —dije, intentando sonar casual—. Necesitaba un poco de aire.

Clarisse me miró. Su sonrisa fue suave, casi por cumplir.

—Está bien. Yo también he estado… pensando.

La observé con más atención. Había algo distinto en ella. Como si en el tiempo que me fui hubiera ocurrido algo que yo no había visto.

—¿Pasa algo? —pregunté.

Ella negó con la cabeza, pero sus dedos apretaban un poco la copa.

—No. sólo… conversaciones de boda. Y creo que es el alcohol, ya sabes cómo me pone.

Me arme de valor para tomar su mano y acariciarle los dedos.

Todo había ocurrido demasiado rápido, ya eran poco más de las 3 de la madrugada. La fiesta seguía, la gente dispersada en grupos. Se notaba la algarabía.

Miré nuevamente a Clarisse que seguía apagada intentando fingir con una suave sonrisa, la expresión pensativa seguía en su rostro.

—Cariño… —le dije, acariciándole la mano—. Te veo agotada. Si quieres… nos vamos.

Clarisse pareció interrumpida, dudó un segundo, pero terminó asintiendo.

—Sí… —respondió, suspirando—. Tienes razón, estoy hecha polvo.

Recogimos nuestras cosas. Nos despedimos de Rafa, de Sofía, de Elena y de otras amistades más con abrazos rápidos y promesas de vernos pronto. Vicente ya no estaba a la vista. Tampoco Laura.

En el taxi apenas hablamos.

—Ha sido una gran noche, ¿no te parece? —le pregunté mirando por la ventana.

—Sí… —respondió ella, con la cabeza apoyada en el asiento—. Un poco intensa, pero buena.

—Sí… ahora estamos muertos de cansancio.

Ella asintió y cerró los ojos un momento. No dijimos nada más.

Llegamos al piso. Clarisse se quitó los tacones nada más entrar, soltando un suspiro de alivio.

Nada más llegar a la habitación se quitó el vestido.

Se lo bajó con torpeza por los hombros y quedó con las tetas al aire cubiertas por copas adhesivas, y unas bragas de algodón a rayas entre blancas y negras de estilo clásico, mientras buscaba con la mirada que ponerse.

Yo me quité el saco y la corbata, dejándolos sobre una silla.

—Estoy muerta —murmuró ella, ya con una camiseta mía puesta—. Que duermas bien amor.

Se metió a la cama y, en menos de cinco minutos, estaba profundamente dormida.

Yo me quedé sentado en el borde de la cama, mirándola. Los recuerdos de lo que habíamos conversado con Laura regresaron con fuerza.

¿Cómo podía ser la misma mujer? ¿Cómo podía dormir ahora con esa cara de inocencia después de todo?

El móvil vibró sobre la mesa de noche, interrumpiendo mis cuestionamientos.

Un mensaje de un número desconocido.

Desconocido: Gracias por el tiempo que me diste.

Eso me tomó por sorpresa. ¿Y ahora? ¿Quién coño era? No entendía de qué hablaba.

Martín: No sé de qué hablas. ¿Quién eres?

Me quedé mirando la pantalla, extrañado y esperando la respuesta.

Desconocido: Fue bueno volver a ver a Clarisse y charlar con ella. Está más… abierta de lo que parece. Le vino muy bien el tiempo que te ausentaste. Hablamos de su amiga rubiecilla y de otras cosas.

Me quedé helado. Ese mensaje me dejó descolocado. Es obvio que era Vicente ¿Qué habían hablado exactamente?

Respondí armándome de valor, intentando no delatar del todo lo destrozado que me sentía:

Martín: Hijo de puta, será mejor que nos dejes en paz. O esta vez ya no será un puñetazo, te voy a matar cabrón.

Envié el mensaje y me quedé esperando, con el móvil apretado entre las manos. La respuesta no tardó.

Desconocido: Ah, sí… el puñetazo, me rompiste el labio, quillo. No lo olvido, así como no olvido que prometí romperle el culo a tu noviecita tan linda… Cuídala a ver si puedes, seguro que ni eso sabes hacer.

Estaba como petrificado, temblando y no sabía que contestar. La pantalla del móvil se apagó y me recosté, mirando el techo en la oscuridad.

El móvil vibró de nuevo. Esta vez no era un mensaje de texto. Era un audio.

Me levanté a oscuras y a oscuras me encerré en el baño, iluminado sólo por la pantalla del móvil. Puse el volumen bajo y me lo llevé al oído.

Primero se escuchaba el ruido de fondo de la fiesta, amortiguado. Luego, la voz de Vicente, con ese tono chulesco y arrogante que tan bien conocía:

—…no te pongas así pelirroja, lo que pasó con tu amiguita fue porque ella lo quiso. Nunca la obligué a nada.

Un silencio breve. Luego la voz de Clarisse, tensa, intentando mantener la compostura a pesar del alcohol:

—Lo que le hiciste… Fue asqueroso.

—Asqueroso… Pero a ella le gusta. Y así de asqueroso la acabo de coger. ¿De dónde crees que vengo ahora mismo?

Clarisse respondió algo molesta y asqueada.

—Cállate… Eso es mentira…

La risa burlona de Vicente se escuchaba claramente y le respondió a Clarisse inmediatamente.

—Todavía llevo el olor de su coño en los dedos. Me la follé con el vestido de novia subido y mi polla abriéndole como le gusta.

Hubo un silencio denso. Se oyó a Clarisse respirar agitada.

—Eres un hijo de puta… —Susurró ella, con la voz rota.

—Tal vez —concedió Vicente, sin perder la calma—. Aun así ella se dejó. Todas lo hacen, tarde o temprano. Tú también podrías. No me digas que no lo has pensado.

—Cállate —grito, Clarisse—. Eres un cerdo.

Vicente mofando, respondió sin perder tiempo.

—Pero fíjate una cosa: Ese beso, ese día en el la clínica. ¿O ya se te olvidó? Me dejaste. Abriste la boca. Y no fue sólo un roce. Yo sentí como temblabas. No mientas pelirroja, tu cuerpo me lo dijo todo. Estabas caliente y lo sigues estando.

Otro silencio. Más largo. Se escuchó a Clarisse tragar saliva, intentando controlar la respiración.

—Cállate… eso no es verdad —dijo, pero la voz tenía cierto temblor.

—¡En serio? —respondió Vicente, hablando más bajito—. ¿Me vas a negar que no te mojaste? Es más, dime ¿cómo estás ahora? Tal vez ya tienes el coño mojado, de sólo pensar cómo te puedo follar hasta que grites de placer. Y tienes miedo de admitirlo ahora mismo.

Se escuchó un ruido de tela, como si Clarisse se hubiera movido bruscamente.

—Cállate… no vuelvas a acercarte a mí.

—Como digas —respondió Vicente, casi paternal—. Pero fíjate: no te has salido corriendo… eso ya dice bastante. Cuando te canses de fingir, que con tu noviecillo lo tienes todo… ya sabes dónde buscarme. No hace falta que digas nada. Yo me encargo de todo.