6
Elena ajena a todo seguía conversando con Sofía. Rafa la miraba, claramente decidido a intentarlo.
La fiesta en la recepción había empezado. La orquesta hace tiempo que subió el volumen, las luces se atenuaron un poco y la gente empezó a llenar la pista de baile. El ambiente se volvió más divertido y ameno, con brindis y conversaciones cruzadas.
Rafa había avanzado en su plan con Elena.
Después de acercarse a ella y flirtear un rato, habían terminado bailando juntos.
Elena reía con facilidad y no parecía molesta por la atención.
Rafa, visiblemente más animado por el alcohol, me miró de reojo y me hizo un gesto de victoria con la cabeza. Yo le devolví el gesto con el pulgar.
Clarisse estaba con Sofía y un par de amigas, riendo y comentando respecto a la boda y recepción. Ellas disfrutaban a plenitud el momento.
Fue entonces cuando lo vi.
Vicente.
estaba en un costado del salón casi al fondo, junto a un grupo de hombres en su misma edad.
Llevaba un traje oscuro que le quedaba algo ajustado en la barriga, pero se movía con esa seguridad arrogante que lo caracterizaba.
Sonreía, daba palmadas en la espalda y se comportaba como si estuviera en su terreno.
Me tensé de inmediato. El estómago se me cerró.
Clarisse ni se enteraba de su presencia. Seguía de espaldas, conversando.
Unos metros más allá, cerca de la barra, junto a un par de mujeres, reconocí otra figura.
Laura, la recepcionista de Vicente. Lllevaba un vestido gris ajustado y tenía el pelo suelto.
Al verla, no pude evitar comparar recordando a la anfitriona morena de la despedida de Javier: similar presencia, idénticas curvas, el mismo modo de moverse.
Por un segundo dudé si era la misma persona o sólo una coincidencia cruel.
Vicente y Laura en la misma fiesta. ¿Habrán asistido juntos…?
Yo, de pie junto a la mesa, con la copa en la mano, sentí como la noche acababa de cambiar de tono. Los invitados enfiestados: bailando, bebiendo, cantando. Rafa reía y se divertía junto a Elena.
Hasta ese momento había estado bebiendo con cierta soltura. El alcohol me había ayudado a relajarme y entrar en más confianza para divertirme. Dejé la copa a medias sobre la mesa.
No iba a seguir bebiendo. Necesitaba la cabeza clara. Quería estar pendiente de Clarisse. Si Vicente estaba allí, no iba a permitirme el lujo de emborracharme, necesitaba estar atento de cada movimiento, de cada mira de Vicente a ella si es que lo había.
Me acerqué más al grupo de Clarisse, fingiendo interesarme por la conversación, pero con la vista clavada en el otro extremo del salón.
La voz inconfundible de mi Clarisse girándose hacia mí, me sacó de mi letargo.
—Cari. ¿nos traes otra ronda? Por favor… —dijo, con un gesto tierno—. Que se nos han acabado las copas.
Asentí y me levanté.
—Claro, cielo. Ahora vuelvo.
Me dirigí a la barra. Había bastante gente y tuve que esperar un momento. Mientras el barman preparaba las bebidas, sentí una presencia a mi lado.
—Martín, ¿verdad? —dijo una voz femenina.
Me giré. Era Laura, sonreía con una seguridad… demasiado familiar.
—Sí —respondí, educado pero tenso—. Buenas noches.
Laura se apoyó en la barra, cerca de mí.
—Qué coincidencia encontrarte aquí. No sabía que venías a la boda de Mariana, ¿cómo está la cachorra? ¿se ha adaptado bien?
—Mica está bien —contesté, corto—. Se ha adaptado.
Ella sonrió un poco más, inclinando ligeramente la cabeza.
—Me alegra. El doctor Vicente es muy bueno con los animales… y con la gente. Tiene un don especial para hacer que todos se sientan a gusto.
La miré de reojo. ¿Esa timbre y tono de voz? Es tan, pero tan parecido a la chica misteriosa de la despedida. ¿acaso…? Pensé en preguntar indiscretamente (si era ella la misma mujer que me había besado en la despedida), pero no me atrevía a hacerlo directamente.
Antes de que pudiera responder, el asistente del barman me entregó las copas. Aproveché para cortar la conversación.
—Disculpa, tengo que volver.
Laura asintió, todavía sonriendo.
—Claro. Que disfrutes de la noche.
Me alejé, sintiendo su mirada en la espalda. Al llegar a la mesa, Clarisse me recibió con una sonrisa, pero noté que sus ojos se desviaron un segundo hacia la barra. Le dio un sorbo a su copa y la dejó sobre la mesa. Luego me miró con una sonrisa suave y me tendió la mano.
—¿Bailamos? —preguntó.
Asentí y la seguí hasta la pista. La orquesta tocaba una canción lenta, perfecta para un baile cercano.
Puse una mano en su cintura y ella apoyó la suya en mi hombro.
Empezamos a movernos con calma, cuerpo contra cuerpo.
Mis dedos se deslizaban sintiendo la textura de ese vestido verde esmeralda y el perfume de ella me envolvía.
Durante unos segundos bailamos en silencio. Clarisse apoyó la cabeza en mi pecho un momento y luego levantó la mirada hacia mí.
—Oye… —dijo en voz baja—. ¿Quién era la mujer que te habló en la barra?
Sentí una leve tensión en el pecho.
—¿Cómo, no la reconociste? Es Laura. La recepcionista del lugar donde adoptemos a Mica.
Clarisse asintió lentamente, sin dejar de mirarme.
—En serio —dijo, sorprendida—. Pues con ese vestido no se parece en nada a la que vimos.
—De verdad, es ella —respondí, con una sonrisa.
—Ya me parecía conocida. ¿Y qué te decía?
—Nada importante. Me preguntó por Mica y la coincidencia de vernos aquí.
Ella frunció el ceño, aunque intentó disimularlo con una sonrisa.
—Qué amable… —murmuró—. Aunque se te acercó bastante, ¿no?
Le apreté un poco más la cintura y la giré suavemente al ritmo de la música.
—¿Celosa? —murmuré, coqueto.
Ella sonrió pícaramente.
—Obvio, no —dijo, con complicidad—. Lo digo porque demoraste un poco.
La abracé.
—sólo fue una conversación de barra. No le des importancia.
Ella asintió contra mi pecho.
—Es que… no me gusta cómo te miran algunas… —susurró.
La besé con ternura entre su frente y sus cabellos cobrizos.
—Estoy aquí contigo. No importa nadie más.
La fiesta avanzaba. La gente cada vez más suelta. Clarisse había pedido otra copa y luego otra. Se reía con más facilidad, Hablaba más alto y se movía con una soltura que no le había visto en semanas.
En un momento, cuando cogió una nueva copa de la bandeja del camarero, le toqué el brazo con suavidad.
—Cariño… no te pases —le dije en voz baja, con tono cariñoso. Se acercó y me rodeó el cuello con los brazos.
—Por favor, cari… —susurró cerca de mi oído—. Me lo merezco. Han sido días muy tensos… y celebramos por Mariana. Tenemos que disfrutar este momento sin pensar en nada.
La abracé por la cintura. Recordé brevemente todo lo que había acontecido en las últimas semanas, y tenía razón.
—Está bien —concedí—. Pero con medida.
Ella me dio un beso suave en los labios y sonrió.
—No me dejes sola, amor. Vamos a pasarlo bien.
Asentí, aunque por dentro sabía que no podía permitírmelo del todo. Vicente seguía por ahí, hablando con gente, sonriendo campante, moviéndose con esa tranquilidad arrogante.
Pedí otra cerveza, pero la bebí muy esporádicamente, lo suficiente para no destacar, Para no parecer tenso. Cada vez que Clarisse se alejaba un poco a hablar con Sofía o Elena, mi mirada buscaba a Vicente. No quería perderlo de vista.
Clarisse, en cambio, estaba cada vez más suelta y entregada al entorno. Bailaba con sus amigas, reía, brindaba. En un momento me tomó de la mano y me llevó a la pista de baile.
La seguí. Bailamos más pegados. Ella apoyó la cabeza en mi pecho y cerró los ojos un momento, dejándose llevar por la música y el alcohol.
El momento con mi chica era sublime, en realidad lo estaba disfrutando, casi había olvidado todo lo que había visto y experimentado.
Seguimos bailando, intercambiábamos parejas de baile, charlábamos con mayor fluidez…
estaba sentado a la mesa, descansando un momento mientras veía Clarisse bailar con Sofía y Elena. De pronto, sentí el móvil vibrar en el bolsillo. Era un mensaje del número anónimo. Me sentí demasiado intrigado al ver que había vuelto a escribir.
Anónimo: Estoy aquí. Podemos vernos, si lo deseas.
Martín: Aquí, ¿dónde?
Anónimo: Aquí en la boda…
Me quedé mirando la pantalla. El corazón me latía más rápido. Había pedido un encuentro presencial, cuando recibí aquel vídeo, pero nunca se concretó. Ahora de repente estaba aquí.
Mire a mi alrededor como si buscara a alguien que no conozco. Respondí:
Martín: ¿Dónde?
La respuesta llegó casi de inmediato:
Anónimo: Al fondo del jardín, detrás del toldo de los fumadores. Hay un banco apartado. En cinco minutos.
Martín: Vale —respondí, al instante.
Guardé el móvil. Miré hacia la pista. Clarisse reía divertida con sus amigas, con el vestido verde brillando bajo las luces, completamente ajena.
No quería dejarla sola, pero la contradicción me removía por dentro: necesitaba saber quién era ese anónimo y qué sabía…
pero sobre todo asegurar que la del vídeo era Clarisse.
Me levanté y me acerqué a ella en la pista. Le toqué el brazo suavemente.
—Amor, voy un momento al baño y a fumar un cigarrillo. No tardó.
Clarisse me miró con las mejillas sonrojadas por el alcohol y el baile.
—Está bien, cari… No demores mucho, ¿eh? Que luego bailamos otra vez.
Le di un beso rápido en la mejilla y salí del salón hacía el jardín.
Mientras caminaba entre las mesas y los invitados, no pude evitar mirar de reojo hacía el lugar donde había visto a Vicente por última vez. Ya no estaba. Eso me inquietó de sobre manera.
Regresé sobre mis pasos y busqué a Rafa que se divertía junto a Elena.
—Eh… Rafa, te encargó a mi chica. Voy al baño, regreso en seguida.
Rafa asintió con un movimiento de cabeza al ritmo de la música.
—Ve, tranquilo colega. Yo me encargo.
El toldo de los fumadores estaba al fondo, iluminado con poca luz. Detrás, tal como decía el mensaje, había un banco apartado, semioculto por unos setos.
Me detuve unos metros respirando hondo. El aire de la noche estaba fresco y olía a césped húmedo y a tabaco lejano. El corazón me golpeaba con fuerza en el pecho.
Al fondo bajo la luz tenue de un farol, se alcanzaba a distinguir la silueta de una mujer, estaba casi de espaldas, sentada sobre el borde del banco, con las piernas cruzadas y ocultando su rostro.
Cada paso que daba hacia ella me generaba una sensación extraña: una mezcla de adrenalina, miedo y tensión.
El misterio de los mensajes anónimos, el vídeo, las pistas… todo se condensaba en esa figura.
Me acerqué un poco más. La silueta se volvió más nítida. Antes de que pudiera reconocerla del todo, la mujer giró con seguridad la cabeza hacía mí.
Ese antifaz negro…
El mismo tipo de antifaz que había usado las anfitrionas en la despedida.
Me quedé congelado.
Ella se levantó con calma, dio un paso hacia la luz y se quitó el antifaz con un movimiento parsimonioso.
Era Laura.
La recepcionista de Vicente.
Me miró directamente a los ojos, con una sonrisa ladeada, casi burlona.
—Hola, Martín —dijo con voz baja y segura—. Al fin solos.
El impacto fue inmediato. El recuerdo de la anfitriona morena de la despedida, el perfume, el beso, el manoseo… y ahora ella, aquí, quitándose el antifaz. Todo encajaba de golpe.
Laura dio otro paso hacia mí, sin dejar de mirarme.
—Te has tomado tu tiempo en venir —añadió—. Empezaba a echar de menos que no ibas a atreverte.
Yo seguía sin poder articular palabra. La miraba, con el corazón acelerado a mil y la mente intentando procesar la revelación.
Laura era el número anónimo. Y estaba aquí.
Ella inclinó ligeramente la cabeza, observándome con una sonrisa casi divertida por mi expresión.
—Vaya… te has quedado sin habla —dijo en voz baja
Dio un paso más cerca, sin invadir del todo mi espacio, y giró el antifaz entre los dedos.
—¿O es que te has acordado de la otra noche? —añadió con un tono más suave, casi seductor.
Sentí un calor subir por el cuello. Ella lo notó y soltó una risa corta, baja.
—Tranquilo. No voy a contárselo a nadie.
Me pasé una mano por la cara, intentando recuperar la compostura.
—¿Tú eras…? —empecé, todavía procesando—. ¿Tú eras la anfitriona?
Laura asintió con naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo.
—Sí. De vez en cuando ayudo a mis amigas en esos trabajos. Pagan bien y… conoces gente interesante. Como tú.
Se quedó callada un segundo, mirándome con más seriedad.
—Pero no hemos venido aquí para hablar de eso. Te escrito porque hay cosas que deberías saber. Cosas sobre Vicente, y… sobre tu novia.
El estómago se me cerró. La miré fijamente.
—¿Qué cosas?
Laura guardo el antifaz en su bolso y cruzó los brazos, adoptando una postura más contenida.
—Depende de hasta dónde quieras llegar Martín. Porque una vez que te lo diga… ya no vas a poder fingir que no lo sabes.
El silencio entre nosotros se volvió denso. Detrás a lo lejos. Se escuchaba la música de la recepción y las risas de la fiesta. Yo me crucé de brazos, intentando recuperar el control.
—Está bien, estoy decidido —dije, tratando de sonar lo más sereno posible—. Dime todo lo que sepas. Todo.
Laura asintió, como si esperara esa respuesta. Sacó el móvil del bolso y desbloqueó la pantalla.
—Vicente no improvisa —empezó, con voz baja y sería—. Él elige. Observa. Busca mujeres que él considera difíciles: decentes, recatadas, con aires de superioridad… Y parece satisfacer su ego de sobre manera, cuando ellas bajan la guardia poco a poco y al final ellas mismas terminan cruzando la línea.
Me mostró el móvil. En la pantalla había varias fotos borrosas, desenfocadas.
Se veía el cuerpo blanco y pálido de una mujer sobre una mesa, el vestido subido, las piernas abiertas.
El rostro no se distinguía. El pelo parecía rojizo, la silueta era muy similar a la de Clarisse: tetas medianas, cintura estrecha, culo redondo.
Luego reprodujo un vídeo corto. Otra vez desenfocado, con mucho ruido en la imagen y movimiento excesivo en la grabación.
Se escuchaban gemidos ahogados, el sonido de piel contra piel, y la voz ronca de Vicente.
La mujer en el vídeo tenía la apariencia física idéntica a Clarisse, pero el rostro nunca se alcanzaba a ver.
—Ese vídeo que te envíe… Y lo que acabas de ver… —dijo, Laura, mirándome fijamente—. Son de Clarisse…
El golpe fue inmediato. Sentí como una oleada de calor me subía por el pecho hasta la cabeza. La rabia, el dolor y una especie de vértigo se hizo presente.
—¿Segura…? —Apenas pude articular.