EL VETERINARIO 5
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Ella, rápidamente se arregló el vestido como pudo, se acomodó su cabello frondoso y ondulado tras la nuca.

—Lo siento, me tengo que ir —y me dio un beso rápido en los labios.

Yo la miré y luego desvíe la mirada a mi erección (Haciéndole entender, que no era justo que me dejase así). Ella sólo hizo un puchero falso con los labios y se marchó.

Quedé como un pendejo en esa habitación.

Me arreglé la ropa tan pronto como pude, con manos temblorosas y la consternación de lo que pasó.

Salí de la habitación con cautela, el corazón me latía con fuerza.

Me sentía culpable, no sé si por haber llegado a más de segunda base, con Laura la bella morena, que al final no conocí su rostro, o culpable por no haber llegado más lejos…

Las mujeres ya se habían ido, lo único que había eran borrachos separados en unos cuantos grupos. Busqué con la mirada a Rafa, que seguía bebiendo con otros tíos. Me acerqué junto a él.

—Venga, Rafa, es hora de irnos —le dije, poniéndole una mano en el hombro.

—Eh, colega… pero tú ¿dónde estabas? No sabes la que te has perdido… —interrogaba, casi arrastrando las palabras.

—Venga, macho… ya es hora, más tarde es la boda y no hay que llegar hechos mierda…

Rafa protestó un poco, pero terminó aceptando. Lo ayudé a salir del local y tomamos un taxi. Durante el trayecto, se quedó dormido contra la ventana. Lo dejé en su casa, asegurándome de que entrara bien y cerrara la puerta.

—Descansa, cabrón —le dije antes de cerrar.

Llegué a casa alrededor de las 5:30 de la madrigada (creo). Intenté hacer el menor ruido posible. No quería despertar a Clarisse. Suponía que estaría durmiendo.

Pero apenas cerré la puerta principal, escuché una voz suave. Clarisse apareció en el pasillo, con cara de sueño y algo retadora.

—Martín… ¿Estás bien? —preguntó bajito.

Llevaba un camisón corto de seda color crema que apenas le cubría los glúteos, con tirantes finos. Se le marcaban sutilmente los pezones bajo la tela fina. El pelo lo tenía suelto y algo revuelto, con esa naturalidad que tanto me gusta.

—Estoy bien —respondí, con la voz algo pastosa—. sólo un poco borracho.

—Ven vamos a la habitación —dijo con ternura, pasándome un brazo por la cintura.

Mientras caminábamos en dirección a la habitación, Clarisse se acercó más a mí y de pronto se detuvo, oliendo cerca de mi cuello.

—Hueles a perfume barato de mujer —dijo, con voz de reproche.

Me tensé. Recordé el beso con la morena en la despedida.

—Es… de la fiesta —respondí rápidamente—. Había… anfitrionas encargadas de los tragos. Supongo que de alguna de ellas se me quedó cuando me servían una copa. Nada más.

Clarisse me miró con una ceja levantada.

—Te dije que nada de strippers, ¿No? —dijo, cruzando los brazos, aunque se notaba que no estaba muy cabreada, sólo una pequeña pulla.

—Lo sé, lo sé —dije, intentando sonar arrepentido—. Me conoces, y sabes que eso no es mi rollo. Pero es la despedida que organizaron los amigos de Javier. sólo fue un roce de la anfitriona, te lo juro. Nada pasó.

Clarisse suspiró frunciendo el ceño, pero terminó sonriendo un poco.

—Más te vale. Porque si me entero de que pasó algo más…

Me abrazó por la cintura y seguimos hacia la habitación. Clarisse me ayudó a quitarme la chaqueta y los zapatos. Me sentía cansado, pero el alcohol y el morreo con la morena, me habían dejado caliente. La excitación residual no se iba.

Clarisse que buscaba mi pijama, su camisón corto se le había subido un poco, dejando ver el nacimiento de su glúteos redondos y firmes. La luz tenue de la lamparita le daba un aspecto muy sexy.

Me acerqué por detrás a ella y empecé a besarle el cuello, bajando la mano por su cintura.

—Martín… —susurró ella, con una sonrisa coqueta pero cansada—. ¿No tuviste suficiente con el espectáculo en la despedida? —se notaba algo de ironía en esa pregunta retórica.

La besé en los labios, más intenso.

—Contigo es diferente —murmuré, acariciándole el muslo.

Ella se rio bajito, pero puso una mano cerca de mi entrepierna, de manera coqueta.

—¿No estás cansado? Llegaste tarde y bebiste…

La besé de nuevo, esta vez más profundo, metiendo una mano bajo su camisón, acariciando piel desnuda.

—Tú me das energía… —susurré contra su boca.

—Clarisse suspiró, y empezó a responder a mis besos, Sus manos bajaron por mi espalda, apretándome contra ella. El camisón se le subió más, dejando su culo totalmente visible.

Entre besos y caricias, la terminé acostando en la cama. Le bajé los tirantes del camisón y fui chupando sus pezones con ímpetu, con calentura contenida.

—Martín… —susurró ella, sorprendida—. Estás… ahh… Cómo estás esta noche…

Le devoraba la boca besando sus labios con fuerza, metiendo la lengua, mis manos recorrían su cuerpo como si estuviera redescubriendo las curvas de su figura.

Una mano en sus tetas, apretándolas y pellizcándole los pezones.

La otra mano hurgando entre sus bellos púbicos, separando los pliegues de sus labios vaginales y sintiendo el calor y la humedad.

Ella soltó un gemido ahogado, claramente sorprendida por mis ganas.

—Ahh… amor… mmm… —Habla entrecortada.

—Joder… sí —gruñí contra su boca—. No sabes cómo me encantas.

Clarisse intentó decir algo entre gemidos, pero se notaba que mi intensidad la tenía pillada.

—Madre mía… ¿qué te pasó en la despedida? —preguntó, jadeando mientras le quitaba el camisón por sobre la cabeza

No respondí. sólo la besé con más hambre, volviendo a bajar la boca a sus tetas, chupando y aprisionando sus pezones, Mis dedos entre sus labios vaginales cada vez más mojados por sus fluidos.

—Martín… estás muy impetuoso —gimió, arqueando la espalda.

Nos acomodemos en la cama y me coloqué entre sus piernas, besándola con fuerza mientras entraba en ella de un empujón. Clarisse soltó un gemido largo, agarrándome la espalda-

—Ahh… sí… —susurró, sorprendida por mi urgencia.

La follé en un misionero intenso, casi con furia. Yo estaba muy caliente, embistiéndola con fuerza. Clarisse gemía más alto de lo habitual, resoplaba, susurraba palabras casi inentendibles entre gemidos.

Me corrí en un tremendo orgasmo, ella me abrazó con fuerza, temblando.

Después nos quedamos jadeando sudorosos.

—Vaya… —dijo ella, con una sonrisa sorprendida—. No esperaba esto hoy.

La abracé sintiendo una mezcla de placer y culpa.

—Te quiero —murmuré.

Y cuando desperté, el sol entraba por las rendijas de las cortinas. Era cerca de medio día. La boda de Javier era por la tarde noche.

Acostado en la cama, somnoliento, con la cabeza pesada por el alcohol de la noche anterior. Escuchaba ruido y música de fondo en la cocina. Clarisse preparando algo de comer. El olor a café y tostadas llegaban hasta la habitación.

De pronto, el móvil de Clarisse vibró y sonó en unas notificaciones, una tras otra.

La curiosidad me pudo. Me estiré un poco y cogí el teléfono. La pantalla mostraba dos mensajes recientes:

Uno de Mariana.

Otro de un contacto registrado como V.V

Quise saber de quién se trataba ese V.V, pero por error abrí el chat de Mariana. El historial del día anterior no había sido borrado.

Mariana: Clarisse, ¿estás? Necesito hablar contigo. Estoy muy nerviosa.

Clarisse: Sí, dime. ¿Qué pasa? ¿Todo bien con los preparativos de la boda?

Mariana: No es eso… Es que... Tengo que contártelo en persona.

Clarisse: No entiendo chica ¿Pasó algo malo?

Mariana: No, nada malo. Es que… anoche en la despedida pasó algo que no te dije con la verdad completa.

Clarisse: Ah, sí… ¿Lo de la caída? ¿Te sigue doliendo?

Mariana: Bueno en realidad no fue caída.

Clarisse: ¿Entonces?

Mariana: Te lo tengo que decir en persona. Apenas puedas, ven por favor.

Clarisse: Y, no me puedes dar un adelanto (Acompañado de un emoji con carita sonrojada).

Mariana: Como eres… Es que anoche me encontré con Vicente. No sé cómo pasó, pero terminé en su clínica.

Clarisse: ¿Qué? ¿Cómo que terminaste en su clínica? (con un emoji sorprendido y asustado).

Mariana: Ven a verme, por favor. Me siento fatal. No sé qué hacer.

Clarisse: Vale, ahora mismo voy para allá.

Mariana: Te espero.

El chat terminaba ahí. Y los mensajes actuales que llegaron, Mariana saludaba y confesaba nerviosismo «por la boda».

Todavía con el teléfono de Clarisse en mis manos, miraba pensativo hacia el techo. El corazón me latía con fuerza. ¿Le habrá contado a Clarisse, todo lo que le hizo Vicente? ¿Cómo ha tomado Clarisse la confesión?

Mis pensamientos y preguntas internas fueron interrumpidos por los pasos de Clarisse acercándose. Dejé el móvil rápidamente en la mesita y me hice el dormido.

Clarisse entró en la habitación con una bandeja.

—Buenos días, dormilón —dijo con una sonrisa, dejando la bandeja en un costado de la cama—. Te preparé algo de comer. ¡Tienes que reponerte… grrr…! —expresó, con una seña felina de mano.

Me incorporé, fingiendo que acababa de despertar y sonreí somnoliento.

—Gracias, amor —respondí, intentando sonar normal.

Clarisse se inclinó y me dio un beso lento en los labios.

—Anoche estuviste… desatado, muy intenso —murmuró contra mi boca, con una sonrisa pícara— Me sorprendiste…

La atraje hacia mí, besándola con ganas, intentando olvidar lo que acababa de leer.

—Tenía ganas de ti. —respondí, bajando una mano por su espalda hasta su culo—. Después de la despedida… necesitaba esto.

Ella se rio bajito, mordiéndose el labio inferior.

—Pues me gustó. Mucho. Pero ahora come, que nos viene un gran día.

Me dio otro beso rápido y se levantó acomodándose el camisón.

El momento de ir a la boda había llegado.

Era el evento más importante para nuestro círculo de amigos, sobre todo para el de Clarisse.

Yo acompañé a mi novia, que estaba espectacular con un vestido verde esmeralda largo que se ajustaba a su cintura diminuta, resaltaba sus tetas firmes y marcaba ese culo compacto y redondo que al verlo remarcado en esa fina tela me volvía loco.

La ceremonia se celebraba en una finca elegante a las afueras de la ciudad, con un jardín precioso y una capilla pequeña pero acogedora. El ambiente mostraba elegancia por doquier: invitados vestidos de etiqueta, flores blancas y rosas. Música suave de fondo.

Mariana estaba radiante: Llevaba un vestido de novia moderno: Corte sirena con escote corazón, encaje delicado en el torso y falda fluida con ligera cola.

El vestido era color blanco marfil, con detalles sutiles en pedrería que brillaba con la luz.

El pelo rubio corto que le llegaba casi hasta los hombros lo llevaba alisado y suelto, y un velo largo pero ligero.

Durante la ceremonia en la pequeña capilla, Clarisse estaba emocionada, tanto que lograba contagiarme por momentos. Mariana caminaba hacia el altar del brazo de su padre, guapa, pero con algo de rigidez en el paso (no sé si se debía al vestido de novia, o ¿Tal vez…?). La ceremonia avanzaba.

El cura hablaba con voz serena y los novios estaban de pie frente a él, dándonos la espalda.

Ver a Mariana de espaldas, con el vestido ajustado marcando su figura, me trajo inmediatamente el recuerdo de las grabaciones: Mariana en cuatro, gimiendo mientras Vicente la follaba.

Era de no creer. La novia perfecta, vestida de blanco, frente al altar…

la misma mujer que había sido poseída por otro hombre días antes.

Clarisse, a mi lado, apretaba mi mano con fuerza. estaba emocionada. Sus ojos brillaban y sonreía con una ternura radiante, mientras escuchaba los votos.

—Están preciosos —me susurró bajito.

Asentí, fingiendo sonreír. Las palabras de mi chica hicieron que los recuerdos sobre lo que vi de Mariana se esfumaran por un momento.

Llegaba el momento de los anillos. Javier temblaba un poco al colocárselo a Mariana. Ella, en cambio, se veía serena y feliz.

Cuando se dieron el «sí, acepto», el público aplaudió. Clarisse se secó una lágrima y me miró con una sonrisa.

—Es… tan hermoso… ¿verdad?

—Sí —respondí, cogiendo su manita con suavidad y cariño.

Los novios se giraron hacia nosotros, sonriendo y desbordando felicidad. Avanzaron por el pasillo y la gente no paraba de aplaudir y de dar sus felicitaciones a viva voz.

La recepción comenzaría en unos minutos.

Tan pronto como salieron, los ahora esposos, los invitados se dirigían con parsimonia al salón de recepción.

Un espacio elegante, con mesas redondas cubiertas en manteles blancos, centros de flores blancas y rosas, y luces cálidas que creaban un ambiente íntimo.

Había una pista de baile al fondo y una barra de cócteles.

La orquesta tocaba música suave mientras la gente se acomodaba a sus mesas.

Clarisse y yo nos sentamos en una mesa junto a Rafa, Sofía y algunas de sus amigas de la revista.

—Mariana estaba preciosa —decía, Clarisse—. Casi me emociono cuando dijo el «sí».

Sofía se rio y le dio un golpecito en el brazo.

—Casi te emocionas… si es que estabas llorando, no digas mentiras.

Otra de las amigas, Elena, una chica de unos 27 años, morena pelo castaño con rayos rubios y estilo moderno, intervino mientras reía:

—Clarisse, con ese vestido ¡vas hecha un pincel! Tienes que pasarme el contacto de la diseñadora, que me muero.

Elena era redactora de cultura en la misma revista. Alta, delgada, con una sonrisa fácil y una forma de mirar que no pasaba desapercibida. Llevaba un vestido negro corto y elegante. Rafa no dejaba de mirarla de reojo, aunque intenta disimularlo.

—Oye… esa Elena está buenísima, ¿eh? —me dijo con una sonrisa de medio lado—. ¿Es de la revista?

Asentí, sonriendo a medias.

—Sí, trabaja con Clarisse. Redactora de cultura.

Rafa levantó una ceja y miró de nuevo a Elena, que en ese momento reía por algo que había dicho Sofía.

—Joder… si me da una oportunidad no la desaprovecho.

Le di un codazo suave.

—Pues a qué esperas… Que yo sepa, está soltera.

Rafa se rio por lo bajo y levantó su copa hacia mí.

—Como digas, jefe. Pero tienes que apoyarme en la causa.

Yo le devolví el gesto con una sonrisa.

—¿Y qué vas a hacer exactamente? —pregunté, curioso.

Rafa se acomodó en la silla, pensativo, y luego empezó a planear en voz baja.

—Primero voy a acercarme con una excusa. Algo tipo «¿alguien quiere otra ronda?» y de paso me pongo a su lado. Luego ya veremos que fluye…

Asentí, sonriendo.

—No está mal. sólo no te pases de intenso. Que esta es una boda, no un bar de ligoteo.

Rafa me guiñó un ojo.

—Tranquilo. Yo controlo. Tú sólo estate atento por si necesito que me saques de algún apuro o me des apoyo.

Clarisse, que había estado escuchando a medias, se giró hacia nosotros con una sonrisa.

—¿Qué estáis conspirando los dos?

—Nada, amor —respondí rápidamente—. sólo hablando de lo bien que se ve todo.

Rafa rio y levantó su copa.

—Exacto. sólo disfrutando la noche.