13 #2
Ese domingo por la tarde, llevaba horas en la habitación dando vueltas como un animal enjaulado y miraba de vez en cuando las cámaras de casa y la veía con la misma cara de derrota.
No podía seguir escondido, cada minuto que pasaba lejos de casa y de ella se me hacía más pesado.
tarde o temprano tendría que enfrentar mis problemas.
El móvil vibro sobre la mesilla. Era Laura.
Laura: ¿Sigues en el hotel? Solo quería saber cómo estás.
Si necesitas hablar o salir a caminar para despejarte un rato, estoy cerca.
Dudé en responder. Al final contesté que sí, que estaba hecho un lío y que no me vendría mal salir un poco. Quedamos en un café a dos calles. Bajé y me senté a esperarla en una mesa del fondo.
Cuando llegó Laura, estaba radiante. Se quitó el abrigo, pidió un café nada más sentarse frente a mí y me miró con esa calma suya, como evaluándome.
— Se te ve la cara —dijo—. Como si no hubieras dormido en días.
— Más o menos —respondí—. Ya sabes lo que estoy pasando. Y aun no decido que hacer… Me la paso pensando sin llegar a nada bueno.
Ella asintió.
—Es normal. Cuando te pasan estas cosas la cabeza no para —le dio un sorbo a su café—. Yo también he estado en ese punto, de no saber si enfrentar o salir corriendo.
Hablamos un rato de eso, sin entrar en demasiados detalles. Ella escuchaba, asentía, me daba palabras de apoyo y poco a poco el tono de la conversación fue cambiando.
—A veces lo más difícil no es lo que te hicieron —dijo, mirando la taza—. Es lo que te hace sentir a ti. Esa mezcla rara de rabia… y otras cosas.
Le sostuve la mirada.
—¿Otras cosas?
Laura se encogió de hombros, como si no quisiera darle importancia.
—No sé. A algunas personas les pasa que además del dolor, aparece algo más. Como una excitación que no debería estar ahí. Y eso confunde todavía más y te hace sentir peor. Como si estuvieras traicionándote a ti mismo.
Me quedé perplejo al escucharla. Ella había descrito con exactitud lo que realmente estaba sintiendo, y no me atrevía a aceptar por el asco que sentía sólo de pensar en reconocerlo. Ella no apartó la vista.
—No te estoy diciendo que te pase a ti —añadió con suavidad—. sólo… que, si te pasa, no eres el único. Y que a veces ayuda a hablarlo con alguien que no te va a juzgar.
El aire entre nosotros lo sentía más denso, el café en las tazas se iba enfriando.
Había algo más ahí, pero no estaba seguro de si Laura se atrevería a soltarlo, aunque fuera de manera tan sutil como ha venido haciéndolo.
La conversación fluía y cada cierto tiempo ella, sin querer, dejaba caer alguna frase que rozaba el sitio donde más me removía.
En determinado momento, cuando hablábamos algunas anécdotas graciosas que pasaron en la despedida de Javier, al levantar la nueva taza que había pedido, se le resbaló. El café cayó sobre el jersey blanco y le manchó también un poco la falda.
—¡Joder…! —exclamó, apartándose de la mesa y mirando las manchas—. ¡Qué torpe!
Me levanté por reflejo y le ofrecí las servilletas, ella trato de limpiarse con las ellas, pero el café se había extendido bastante. Se le veía molesta.
—Se me ha calado hasta la camiseta de debajo —murmuró—. Y con este frío…
Al verla así, sólo pensaba como ayudarla.
—Si quieres… en el hotel tengo ropa limpia. Puedes limpiarte allí y te presto algo mientras seca.
Laura levantó la vista y me miró unos segundos, sonriendo apenas, como agradeciendo el gesto.
—¿Te importa? No quiero importunarte más de lo que ya estás.
—No no, para nada —me apresuré a responder—. De verdad. Es lo menos que puedo hacer.
Pagamos y salimos camino al hotel entre lamentaciones y corajes de ella. Subimos al piso y ella entró detrás de mí y se quitó el abrigo.
—Gracias, Martín —dijo, mirando las manchas en su ropa—. De verdad. Me has sacado de un apuro.
Le indiqué el baño y le dejé una camiseta limpia y un pantalón de chándal sobre la cama.
—Aquí tienes esto, no es la gran cosa. Pero servirá —dije mostrándole lo que le iba a prestar—. Tómate el tiempo que necesites. Yo espero.
Ella asintió.
—Ahora vuelvo — entrando al baño cerró la puerta detrás de ella.
Mientras la esperaba sentado sobre la cama. Me llegó un mensaje al móvil. Era Vicente.
Vicente: Hola quillo, ya se te pasó el enfado. Porque a mí aún no se me pasa el sabor del coño, de tu pelirroja. Vaya guarrilla que tienes. Me preguntó si… ¿ese culito sabrá igual? O tal vez mejor…
Leí el mensaje desde el panel de notificaciones. Y me quedé pasmado viendo la pantalla, el impulso por ir a partirle la cara se sentía venir. Comencé a teclear mi respuesta, y de pronto.
Laura salió del baño. Con el pelo suelto y llevando sólo la camiseta que le presté. Le quedaba grande y le llegaba hasta medio muslo. No pude evitar ver sus piernas largas y bien definidas.
—La falda y el jersey están demasiado manchados y húmedos —explicó, encogiéndose de hombros. Tendré que esperar un rato más, al menos que los ponga en una secadora.
—No hay problema —le dije, mientras apretaba el móvil con fuerza—. Puedes esperar tranquila el tiempo que quieras.
Se sentó en la cama, a mi lado, con las piernas cruzadas y al hacerlo la camiseta se le subió un poco.
—¿Todo bien? —preguntó frunciendo el ceño —. Pareces nervioso. Si te incomoda. Me puedo ir, si quieres.
—No… no es eso. Revisaba mi agenda de trabajo —mentí—. Y se me ha juntado todo. Tal vez por eso se me ve así.
Me miró. Se acercó un poco más sobre la cama. Al hablar me tocó el brazo y levantó la vista mirándome la boca.
Hubo un silencio previo antes que ella volviera a hablar.
—Es que llevas mucho sin descansar. Estás muy tenso —dijo, mientras movía los dedos despacio sobre mi antebrazo—. se nota que llevas días sin que nadie te toque…
No pude decir palabra alguna, sus dedos tocando mi piel se sentían bien. Ella se acercó otro poco sobre la cama.
—A veces el cuerpo pide algo que la cabeza no quiere admitir —continuó, con voz baja—. Necesitas dormir o liberar de otra forma esa tensión.
Sus dedos subieron hasta los bíceps sobre mi camiseta y se quedaron ahí, amasando con delicadeza. Me miró a los labios otra vez. Después a los ojos.
Intenté hablar. La voz me salió algo patética.
—Laura… no sé si esto es una buena idea…
Ella no apartó la mano. estaba vez con la otra mano tocó mi cabello desde la parte trasera de mi cabeza, haciéndome sentir un corrientazo eléctrico.
—Lo sé —dijo—. sólo quiero ayudarte a liberar esa tensión.
Sus manos delicadas y suaves me seguían tocando con una timidez delicada, que me hacía sentir un reconfortante calor por todo el cuerpo. Y tragué saliva.
—No… quiero aprovecharme de… lo que pasa —dije—. Eso sería raro.
Laura me mostro una leve sonrisa.
—No lo haces, simplemente es… necesidad. Y los dos lo necesitamos.
Debería haberla detenido, pero en cambio cerré los ojos dejando que sus caricias me invadieran. El cansancio y dolor, sumado a la humillación y odio por el mensaje que recibí de Vicente, todo se mezcló en ese momento.
Laura me miraba sin dejar de masajear. Subía una mano hasta mi cuello, rozándome la nuca con las yemas. Después note su respiración cerca de mi mejilla y muy despacio me besó el cuello, permaneciendo unos segundos sus labios contra mi piel.
—Aquella noche… en la despedida… —dijo, con voz sensual—. Me gustó cómo me besaste.
Sentí un golpe de calor en el pecho, intenté responder.
—Bueno, eso fue… Un momento del ambiente… y tú y yo… No deberíamos…