EL VETERINARIO 4
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Mariana completamente al borde, con la voz rota y temblorosa, terminó cediendo.

—Fo… fóllame… Vicente… por favor… fóllame como una puta… Ahhh…

El viejo sonrió con triunfo y sacó los dedos. Mariana pareció protestar con una carita de reproche mezclada con desconcierto y fatiga.

—Date vuelta —ordenó Vicente con voz autoritaria.

Mariana obediente, se giró y puso sus manos sobre la camilla de revisiones.

Su vestido estaba subido hasta la cintura, completamente arrugado.

Las bragas de encaje negro estaban bajadas hasta las rodillas, enredadas.

Sus generosos senos colgaban, moviéndose al compás de su respiración, con los pezones duros y enrojecidos.

El veterinario se colocó detrás de ella. Se bajó los pantalones, liberando su polla gruesa, venosa y completamente erecta. puso una mano bajo la nuca de Mariana.

—Venga, inclínate y para el culo.

Mariana ida, obedecía casi en automático. Y él empezó a frotar el glande contra los labios hinchados y mojados de ella, deslizando arriba y abajo, torturándola.

—Dime que quieres polla —gruño. Dándole una nalgada fuerte.

Mariana soltó un gemido algo lastimero, empujando ligeramente hacia atrás.

—Mmm… quiero tu… tu polla… —suplicó, con cierta duda en sus palabras.

Vicente sonrió y empujó. El glande grueso entró en su coño de un sólo movimiento. Mariana al sentirlo soltó un gemido lastimero, largo y profundo.

—Ahhh… ay… es muy grande… me estás…

Vicente la interrumpió empujando hasta enterrarse completamente. Sus caderas chocaron contra el culo redondo de Mariana. Empezó a moverse, primero lento, sacando casi toda la polla y volviéndola a meter con firmeza.

—Joder… sí que aprietas —gruñó, agarrándola por las caderas.

Mariana gemía con cada embestida, la cara descolocada mirando a la nada y luego bajando la cabeza con los ojos entrecerrados.

—Ahh… Vicente… más despacio… es demasiado… ahhh…

Vicente aceleró el ritmo. Sus embestidas se volvieron más fuertes y rápidas. El sonido de la carne contra la carne llenaba la habitación. Las tetas de Mariana se balanceaban violentamente con cada thrust. Sus nalgas se deformaban con cada embiste.

—Dime que te gusta mi polla — exigió, agarrándole las tetas a dos manos.

—Ahh… me gusta… me gusta tu polla… —gimió Mariana, completamente rendida.

Vicente siguió follándola con fuerza, cambiando ligeramente el ángulo para tocar su punto G. Mariana se corrió con un grito ahogado y desesperado, el cuerpo convulsionando, su coño contrayéndose alrededor de la polla.

Él no se detuvo. Siguió follándola durante su orgasmo, prolongándolo.

Me quede mirando la pantalla con el corazón en un puño y una erección dolorosa bajo los pantalones. La escena era brutal y sorprendente. Mariana, la novia correcta a nada de casarse, estaba siendo follada salvajemente por Vicente en su propia clínica.

Vicente salió de Mariana, con la polla brillante de sus fluidos, y la puso de rodillas frente a él.

—Ahora me la vas a chupar — Ordenó, agarrándola del pelo corto.

Mariana levantó la mirada, con la cara enrojecida y lágrimas en los ojos. Negó con la cabeza, visiblemente incómoda.

—Nn… no… por favor… no puedo hacerlo… —dijo con voz temblorosa.

Vicente rio bajito humillándola.

—¿Cómo qué no? Todas las mujeres decentes saben chupar una polla.

Mariana bajó la mirada, avergonzada-

—sólo… sólo lo intento con Javier… porque lo amo. Pero no sé… no se me da…

Vicente dominante le tiró del pelo, acercando su polla oscura y brillante a su cara.

—Pues vas a aprender ahora. Abre la boca —ordenó, autoritario—. Piensa que es un dulce que vas a chupar sin meter diente.

Mariana dudó, con lágrimas corriendo por sus mejillas. Finalmente, abrió la boca con cierta duda y se metió la cabeza de polla.

Chupaba de forma torpe, insegura, sin ritmo. sólo metía y sacaba la cabeza, con poca profundidad.

Vicente gruñía de placer y al mismo tiempo la humillaba.

—Así no, Joder. Más profundo. Usa la lengua. Chúpala de verdad. Tu prometido debe estar muy decepcionado contigo. Mariana intentaba hacerlo mejor, metiéndosela más profundo, pero se atragantaba- La saliva le chorreaba por la barbilla. Vicente la sujetaba tras la cabeza, guiándola.

—Así… eso es… buena zorra. Ya vas aprendiendo.

Yo frente a la pantalla, sentía una mezcla de envidia (Siquiera ella había intentado hacerle felación a su prometido. Clarisse no me dejaba ni bajar), rabia y una excitación enfermiza que me hacía odiarme a mí mismo.

Mariana gemía, con la boca alrededor de la polla, con ojos vidriosos, chupando con más dedicación. Vicente la guiaba de manera insistente, y ella parecía mejorar en su tarea.

—Así… más profundo… ves que sí sabes —gruñía él empujando suavemente su cabeza.

Mariana intentaba seguir, metía más profundo, usaba la lengua para lamer la parte inferior, succionando con más fuerza.

—Joder… eso es…qué bien la estás chupando —pronunciaba, con respiración agitada—. Sigue así… Ahh…

Mariana aceleró, chupando con mayor entusiasmo, de vez en cuando se notaba aún algo de asco en su rostro. Sus ojos se mantenían llorosos, pero seguía.

Vicente gemía cada vez más fuerte, sujetándole la cabeza follándole la boca.

—Ahhh… carajo… sí que saliste mamona… vas hacer que me corra.

De pronto, el viejo la detuvo. Sacó su polla brillante de saliva de su boca. Mariana lo miró confundida, respirando agitada, con hilos de saliva colgando por su barbilla.

—¿Qué pasó? —preguntó tímida y temerosa, como si hubiera hecho algo mal.

Vicente sonrió con malicia.

—Nada… es solo que… no me quiero correr en tu boca —dijo, arrogante—. Quiero correrme en otro sitio.

Mariana frunció el ceño, todavía aturdida.

—¿Dónde? Por favor… adentro no… —suplicaba, confundida.

Vicente en un movimiento quitó la colchoneta de la camilla de revisiones y la tiro al piso detrás de Mariana.

—¿Y, eso? —interrogó, extrañada.

—Shh… calla… es para tu comodidad —respondió Vicente, con voz firme—. Ahora ponte de perrito sobre la colchoneta.

Mariana dudando, obedeció la orden.

—Eso es, quiebra más la espaldita… y saca más el culo.

—¿Así? —preguntó Mariana, con terrible inocencia.

Vicente se acomodó tras ella, levantándole el vestido (que se había bajado) hasta la cintura y separándole las nalgas y dejando caer un chorro abundante de saliva en su ano.

—Aquí —dijo frotando su glande contra el ano de Mariana—. Me quiero correr aquí, en tu culito.

Mariana se tensó visiblemente.

—No… eso ya es mucho… por favor no…

Vicente empezó a lubricar su ano con sus propios fluidos y saliva, usando su glande como aplicador. Mariana se tensaba intentando cerrar sus nalgas.

—Ahh… es demasiado… duele… —protestaba, con voz quejosa.

Entonces el viejo cambió su polla por sus dedos, metiendo un dedo, luego dos, dilatándola.

—Ay… eso duele… por favor, no…

Vicente le dio una palmada sonora en el culo.

—Shh… relájate. Ya estás lubricada. sólo respira.

Sacó los dedos, se puso en posición y empujó lentamente.

El glande grueso empezó a abrirse paso en su ano virgen.

Mariana soltó un grito desgarrador y ahogado, agarrando con fuerza el borde de la pequeña colchoneta, los nudillos blancos.

Las piernas temblaban y empujaban débilmente, intentando escapar.

—Ahh… ayy… no… ¡duele! ¡Es muy grande! ¡Sácala, por favor!

El viejo no se detuvo. Siguió empujando poco a poco, centímetro a centímetro, abriéndole el culo.

—Oh oh… Joder, que apretado lo tienes —gruñó de placer—. Relájate… ya casi está dentro.

Mariana lloriqueaba desconsolada con la cara contra la colchoneta, las lágrimas corriendo por sus mejillas.

—Ahh… haa… ay… duele mucho… me estás rompiendo…

Cuando Vicente estuvo completamente enterrado, se quedó quieto unos segundos, disfrutando de la estrechez. En un momento cogió el móvil de sus pantalones y parece que maldijo al aire.

—…Venga, pon tus manos en las nalgas y ábrete para que te duela menos —ordenaba, mientras enfocaba con el móvil el culo penetrado de Mariana.

Mariana que tenía la cara pegada a la colchoneta marrón, protesto, con voz desfalleciente-

—¿Co… cómo? —pronunciaba con dificultad, estirando las manos temblorosas hacia atrás para separarse las nalgas. Con el pecho pegado a su improvisada cama.

Vicente sonrió, orgulloso y perversamente.

—Así me gusta, putita… Obediente… Ahora no te muevas —y empezó a grabar con detalle el culo clavado con la polla, enfocó un poco el cuerpo rubio de Mariana y luego se enfocó a él haciendo una mueca arrogante de satisfacción.

Mariana no tenía ni idea de lo que estaba pasando.

Yo por mi parte tenía los ojos fijos en la pantalla, no me lo podía creer, era increíble lo que Mariana se dejaba hacer, esa polla estirando al máximo su ano virgen. Sentía asco, rabia y vergüenza. Pero tenía la polla a full y no pude evitar tocarme viendo las grabaciones.

Qué me estaba pasando, sentía asco de mí mismo por reaccionar así, ante semejante bajes cometida por el viejo ese. Mariana era de las amigas más cercanas de mi Clarisse. Y Sin embargo no podía evitar estar empalmado viendo como la sometían.

Los gemidos lastimeros y grititos seguían en la sala de revisiones. Vicente había dejado de grabar y ahora tenía las dos manos sujetando las caderas de Mariana, la estaba embistiendo lentamente, sacando y metiendo la polla con un recorrido en un bucle casi perfectamente sincronizado.

—Ahh… es muy grande… ¡me estás rompiendo! ¡Sácala, por favor! ¡No aguanto más! —pronunciaba con dificultad y llanto.

Las manos de Mariana volvieron a agarrar con fuerza el borde de la pequeña colchoneta, intentando arrastrarse hacia adelante.

—Vicente… por favor… es muy grande… duele mucho…

Vicente no se detuvo. Empezó a follarla más rítmicamente, dejándose ir hasta el tope. Cada vez que sacaba un poco y volvía a meter, Mariana soltaba un gemido de dolor.

—Ahh… haa… ay… más despacio… por favor… —suplicaba con lágrimas cayendo sobre la colchoneta.

Vicente, disfrutando de su sufrimiento, le daba palmadas suaves en el culo mientras seguía moviéndose.

—Relájate… pronto te va a gustar —le decía.

Mariana con las nalgas y cara roja, llorando y gimiendo con mezclas de dolor.

—¡Ay ya…! Vicente por favor… —repetía entre sollozos.