EL VETERINARIO 3 #4
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Vicente le puso una mano en la espalda baja (que estaba algo descubierta por el diseño del vestido) y la guío hacía dentro. Mariana dudó un segundo en la puerta, mordiéndose el labio inferior, pero terminó entrando.

Rápidamente cambié a la grabación de la cámara interior. Captó como Vicente cerraba la puerta y le decía cosas que no se alcanzaba a oír. Mariana se veía confundida y tímida, casi no gesticulaba palabra alguna, sin convicción asentía o negaba con la cabeza mientras se dirigían a la sala de consulta.

Vicente aprovechaba ese estado e inmediatamente la besó.

Mariana al principio se resistió un poco.

Se tensó, puso las manos en el pecho del viejo intentando apartarlo, pero él fue más hábil y aun así la besó, sujetándola con más fuerza haciéndole retroceder contra la mesa de exploración para evitar una posible huida.

El beso se volvió intenso. La lengua del viejo buscó la de ella. Mariana que todavía tenía las manos en su pecho, pero poco a poco sus brazos se fueron relajando.

Vicente empezó a acariciarla progresivamente.

Una mano bajando hasta su culo, amasándolo por encima del vestido.

Mariana soltaba un gemido ahogado involuntario, todavía se mostrada duda en su rostro, pero no lo apartaba.

La otra mano subió a la pequeña nuca de ella, sujetándola mientras la besaba con más pasión (de manera soez diría yo).

Mariana gemía bajito, con la respiración agitada. Se notaba su lucha interna: giraba la cara de vez en cuando, como queriendo detenerlo, pero luego volvía a besarlo.

—Vicente… no deberíamos… —decía entre gemidos ahogados.

Vicente con manos hábiles bajó el escote del vestido azul de Mariana con un movimiento lento pero decidido. Dejando al descubierto sus generosos senos, sus pezones era cubiertos por dos pequeños discos de silicona de color beige. Vicente los arrancó con los dedos y los tiró a un lado.

—Joder… qué tetas más ricas tienes —gruñó, admirándolas.

Sus senos eran grandes, pesados, con una forma natural y ligeramente caídos por su tamaño. Los pezones eran grandes, en una tonalidad café-rosa oscuro y ya endurecidos por la excitación y el roce repentino al ser liberados de los discos de silicona.

Vicente empezó a besarlas, chupando los pezones con fuerza, mordisqueándolos. Mariana gemía, con las manos en sus hombros, intentando resistirse débilmente.

—Vicente… no… por… por favor… aahh… —susurraba, con voz débil.

El viejo bajó una mano por su vientre, escabulléndose aprovechando el corte del vestido.

Sus manos hacían movimientos rítmicos tocando la entrepierna bajo la tela del vestido A pesar de que Mariana intentaba cerrar las piernas.

Vicente logró levantarle el vestido. Mariana llevaba unas bragas de encaje negro, de corte brasileño, que se ajustaban a sus caderas.

La tela era fina y estaba húmeda en la entrepierna.

—Estás empapada —dijo con una sonrisa triunfante—. Tu coñito me estaba esperando,

Mariana soltó un gemido ahogado, todavía intentando resistirse, pero la calentura que su cuerpo estaba sintiendo la traicionaba. Vicente metió la mano por dentro de las bragas. Sus dedos gruesos rozaban el coño y de pronto se detuvo un segundo. Una sonrisa amplia y satisfecha se dibujó en su cara.

—Joder… si estás como muñequita —gruñó con placer, bajándole las bragas un poco y pasando los dedos por la piel suave y lisa de su monte de Venus y labios mayores—. Qué puta más preparada. Te pusiste así de fina pensando en mí, ¿verdad?

Mariana soltó un gemido ahogado, con la cara completamente ruborizada. Intentó cerrar las piernas, pero Vicente las mantenía abiertas con una de sus piernas.

—No… por favor… no es lo que tú crees… —susurró, con la voz temblorosa.

Pero Vicente no se detuvo. Sus dedos gruesos y toscos separaron sus labios vaginales hinchados y mojados, rozando su clítoris y la entrada de su coño.

—Estás que chorreas —dijo con voz ronca, metiendo un dedo lentamente—. Tu coñito me está chorreando la mano. Te gusta que te toque, ¿verdad?

Mariana echó la cabeza hacia atrás, mordiéndose el labio inferior con fuerza. Su respiración se tornaba agitada. Intentaba resistirse, poniendo una mano en el brazo de Vicente, pero sus caderas se movían ligeramente contra sus dedos.

—Ahh… Vicente… mm… esto no está bien… —gemía, con la voz quebrada.

Vicente metió un segundo dedo, curvándolos dentro de ella, tocando el famoso punto G mientras su pulgar frotaba su clítoris.

—Shhh… no mientas —dijo, separando los labios de sus pezones—. Mira cómo estás chorreando. Tu coño me está apretando los dedos.

Mariana soltó un gemido más largo, las piernas empezaban a temblar. Su resistencia se iba debilitando. Sus caderas empezaron a moverse más claramente contra la mano del viejo.

—Ahh… por favor… —gemía, sin saber si pedir que parara o que continuara.

Vicente sonrió con triunfo, acelerando el movimiento de sus dedos.

—Buena chica… déjate llevar, mi pequeña putita.

Mariana parecía estar a punto de correrse, cada vez soltaba más gemidos ahogados, agarrando y apretando los hombros del veterinario, el cuerpo le temblaba.

Vicente sacó los dedos brillantes de sus fluidos y se los llevó a la boca saboreándolos.

—Deliciosa —dijo, mirándola con lujuria.

Mariana parecía no dar más, su cuerpo parecía convulsionar, las piernas se le abrían más. Los dedos gruesos de Vicente entraban y salían de su coño depilado con ritmo constante.

—Ahh… ahh… mm… no… Vicente… por favor… —gemía, más desesperada.

Vicente sonreía con malicia y aceleraba el movimiento de sus dedos, follándola más rápido con ellos.

—Mírate… la pequeña novia, la señorita decente… está aquí abierta, chorreando como una puta barata —dijo con voz ronca y vulgar—. ¿Qué diría tu futuro marido si te viera así? ¿Si viera cómo te chorreas sólo con los dedos?

Mariana al escuchar soltó un gemido largo, intentando cerrar las piernas.

—No… no digas eso… ahh… —suplicó, pero su coño se contraía con más fuerza.

Vicente se inclinó sobre ella, mordiéndole el cuello mientras seguía masturbándola sin piedad.

—Dime que quieres mi polla —gruñó—. Dime que quieres que te folle como la zorra que eres. Venga, pídemelo.

Mariana que movía las caderas de forma desesperada, su rostro bastante ruborizado y humedecido por la transpiración.

—Ahh… mm… Vicente… —gemía, con lágrimas en los ojos.

—Anda, pídemelo —insistió él, frotando su clítoris más rápido—. Pide que te folle como a una puta.