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Lo abrí tembloroso. La calidad era decente, grabado en vertical.
En el video se veía el torso desnudo de una mujer: tetas medianas, firmes, naturales, con pezones rozados empitonados.
La piel blanca y pálida, parte de una cabellera pelirroja que caía sobre uno de los pechos.
La mujer estaba de rodillas. Se le veía parte de su cara (sólo la barbilla, la boca abierta y la punta de la nariz), pero no los ojos.
Tenía una polla gruesa, venosa, grande (claramente la de Vicente) metida en la boca.
Chupaba y besaba el glande de esa polla con torpeza, babeando mucho, mientras una mano arrugada le acomodaba los mechones de pelo que tenía en parte de la cara.
Se escuchaban gemidos ahogados de ella y la voz ronca de Vicente.
—Así, mi pelirroja puta… más profundo. Chúpamela bien. Esa boquita que tienes está hecha para esto…
La mujer se atragantaba un poco, saliva chorreando por su barbilla y cayendo sobre sus tetas. El video terminaba con Vicente empujando más profundo y gruñendo.
Me quedé mirando a la pantalla congelado. El corazón me latía tan fuerte que pensé que me iba a dar un infarto.
«Es ella. Es Clarisse».
Las tetas eran exactamente como las suyas, con esa forma perfecta que yo había besado y chupado cientos de veces.
La piel, el tono, la melena pelirroja… Todo coincidía.
La forma en que la polla entraba en su boca, torpe, como si fuera la primera vez que lo hacía (y sabía que lo era, porque Clarisse nunca me había hecho una felación, ni siquiera me permitía comerle el coño).
No podía creerlo. Me levanté, fui al baño y vomité. Después me senté en el suelo, con la espalda contra la pared, temblando. Lágrimas de rabia y dolor me salían sin control.
¿Cómo era posible? ¿Tan rápido? ¿El mismo día que me contó sobre el almuerzo? ¿Ya estaba chupándosela a ese viejo asqueroso?
Me volví a mi escritorio y le escribí al número anónimo:
Yo: ¿Es ella? Dime la verdad.
No respondió más ese día.
Esa tarde al llegar a casa. No sabía cómo confrontar a Clarisse.
Si le enseñaba el vídeo, tendría que explicar cómo lo obtuve, además ella podría justificarse diciendo que no es ella la del video, porque no se alcanza a ver del todo su cara o el resto del cuerpo.
Me arriesgaba a hacer el ridículo. Y lo que más miedo me daba era perderla a ella.
La amaba. La amaba con locura. Así que hasta tener pruebas concretas decidí fingir normalidad, mientras por dentro estaba hecho un lío.
Le escribí varias veces al número anónimo pidiendo un encuentro presencial:
Yo: Necesito verte en persona. Dime dónde y cuándo. Quiero pruebas reales. No puedo seguir así.
El número sólo respondió una vez:
Número desconocido: Todavía no. Cuando sea seguro. Mientras tanto, vigila a tu pelirroja. Puede ser que uno de estos días regrese caminando con dificultad.
Y nada más. El anonimato se mantenía.
La siguiente semana mi decadencia fue gradual.
Tuve los impulsos incontenibles de revisar con más frecuencia las cámaras de la veterinaria.
Pero todo parecía «tranquilo». Nada de mi chica en la clínica.
Sin embargo, Vicente seguía con sus conquistas: Vi a la recepcionista morena follándolo en el despacho, Vi nuevamente a la señora Angelica recibiendo nalgadas mientras era sodomizada, hubo unas tres mujeres más como parte de sus conquistas,
dos de ellas eran muy jóvenes y la tercera debía tener poco más de 30 años.
En casa todo fluía con normalidad. Clarisse estaba más cariñosa que nunca.
Llegaba temprano, me besaba, me follaba con intensidad (ella más húmeda y receptiva de lo habitual).
Me decía «te quiero» constantemente. Salía poco, sólo el trabajo, alguna salida o visita en casa de Mariana por su próxima boda.
Parecía que la crisis que me carcomía, para ella no existiera.
En las noches no podía dormir, me refugiaba en mi despacho y empecé a beber.
Primero vino y al no ser suficiente, con los días compraba algo más fuerte.
Apenas dormía. Comparaba mí cuerpo atlético con la barriga prominente de Vicente.
Mi polla normal con la de él. Y cada vez que Clarisse me chupaba el cuello o me montaba, me preguntaba si era verdad que había montado algo más grande y grueso.
Llegó el jueves. Era la despedida de soltera de Mariana.
Clarisse y Mariana llevaban la última semana hablando de ello.
Iban un grupo de amigas: Sofía (La facilona de curvas generosas), Camila (una castaña esbelta casi sin curvas, futura cuñada de Mariana), otras compañeras de revista y algunas más.
Me dijo que sería algo tranquilo: cena, copas, baile en un local decente.
—No sé a qué hora vuelva, amor —dijo, con cierto tono suplicante en su voz.
—Ve tranquila, cariño —fingiendo una naturalidad en mi voz—. Me avisas para pasar por ti.
—Ok, baby —me dio un beso largo antes de irse.
La vi salir guapísima: Vestido negro escotado que le marcaba el culo de infarto y el escote justo para mostrar la redondez de sus tetas, tacones altos y la melena pelirroja suelta.
Estaba en casa, con una botella de whisky y el móvil en la mano.
Le escribí al anónimo (nada). Intenté rastrearlo (sin éxito).
En mi ordenador intenté indagar sobre Vicente y lo que encontré era muy poco.
Resumiendo, y armando todo lo que busqué en internet, sumado a los chismes y cosas que escuché: Fue un estudiante brillante, estudió veterinaria en Madrid con esfuerzo y becas, al terminar la carrera abrió su propia clínica en la ciudad actual con dinero prestado y contactos.
Se casó unos años después con una mujer ejemplar, luego enviudo hace como 20 años (al parecer su mujer murió de cáncer).
A partir de ahí su vida dio un giro, aparte de ganarse una reputación de «Buen veterinario» también ganó fama de mujeriego. Muchas clientas terminaban teniendo affairs con él. No tiene hijos conocidos (o al menos no los reconoce). Prefiere no «atarse» a nadie.
Disfruta especialmente corromper lo que considera «puro» mujeres como Clarisse: cultas, recatadas, con «solidos» valores. Le da placer usarlas, humillarlas y tomar evidencias para su colección (de como quedan sus víctimas después de ser usadas).
En resumen, Vicente es un producto de su entorno: Un hombre que estuvo reprimido en el sexo al casarse con una mujer tradicional y reservada.
Un hombre que aprendió que el poder y el control sobre las mujeres le daban la validación que tal vez nunca tuvo de niño.
Es astuto, paciente, manipulador y sin remordimientos.
Eran cerca de las 2:00 am y le envié un mensaje a Clarisse. Respondió a los 20 minutos:
Clarisse: >
A las 3:45 escuché la puerta. Entró intentando no hacer ruido, con las mejillas sonrosadas, el vestido un poco arrugado y el olor a alcohol mezclado con su perfume. Me hice el dormido. Ella se cambió apenas y se metió en la cama pegándose a mí.
Yo permanecí despierto, con su cuerpo caliente contra el mío, inevitablemente imaginando todo tipo de cosas.
Ese día mucho más tarde supe por chismes de Rafa, que la despedida había sido más «animada» de lo esperado. Sofía había invitado a más gente. Y alguien mencionó un «viejo conocido» había aparecido por ahí.
Cuando Clarisse despertó, me encontró en el sofá y se sentó a mi lado dándome un beso cariñoso, y aún somnolienta, empezó a contarme la despedida de soltera.
—Ay, Martín, estuvo genial. —sonreía aún en su estado hipnopómpico.
—Sí, supongo que si —respondí fingiendo alegría.
—Cenamos rico, bailamos, tomamos unas copas… Mariana estaba muy nerviosa, pero la pasamos bien. Sofía como siempre, la loca del grupo, animándolo todo.
Sonreía tranquila, campante y con un brillo de felicidad que invitaba a contagiarse.
Me miraba con esos ojos tan hechizantes y continúo relatando con detalles su noche de chicas.
Yo sólo asentía y le seguía la corriente, por momentos mi mente se perdía.
Pero en determinado momento Clarisse llegó a un punto de su relato que captó toda mi atención:
—Lo más raro fue con Mariana. En un momento se desapareció como media hora, creo yo.
Estábamos bailando, había una tremenda algarabía y de repente se nos perdió de vista, ya no estaba.
Cuando volvió, caminaba raro… con cierta dificultad, agarrándose de lo que podía.
dijo que se había mareado por el alcohol y que había salido a tomar aire, y en algún momento tropezó cayendo mal en el piso.
Parece que la caída fue dura, porque se notaba que le dolía.
La pobre estaba roja y sudada. Le preguntamos más al respecto, pero no quiso dar más detalles. Ya sabes cómo es de dramática.
Se río suavemente, como si fuera una anécdota graciosa.
Yo asentí, fingiendo compartir la gracia de la anécdota, mientras por dentro estaba como alertado. «¿Caminando con dificultad?» Mi mente sólo pensaba en un significado…
—Qué bueno que lo pasaron bien —dije con la voz más neutra que pude—. ¿Y tú? ¿Todo normal?
—Claro amor. sólo amigas. Te extrañé mucho.
Me besó de nuevo y se fue a cambiar. La vi caminar a la habitación moviendo ese culo entre bragas negras que se traslucían en la tela de los pantalones de su pijama.
Esa tarde, cuando Clarisse estaba apoyando a Mariana en temas de la boda, aprovechando la soledad, volví al despacho y accedí a las cámaras de la veterinaria. Busqué desde donde me había quedado ayer por la noche. Y ahí estaba.
Alrededor de la 1:20 am, se veía a Mariana y Vicente llegar caminando hasta la entrada de la veterinaria.
Ella parecía nerviosa, tensa. Caminaba con movimientos algo torpes, cruzando las manos frente a su vientre.
Sus dedos se entrelazaban y se soltaban constantemente, jugueteando de forma ansiosa.
De vez en cuando se pasaba la mano por el pelo y miraba desorientada a los lados, como si temiera que alguien la reconociera.
Llevaba un vestido de una sola pieza de color azul noche que le llegaba hasta los tobillos, de corte elegante y sensual que dejaba ver una de sus piernas, el escote en V moderado que dejaba ver el nacimiento de sus generosos senos, la cintura marcada,
sus piernas bien formadas se movían con gracia al caminar.
se veía femenina y vulnerable al mismo tiempo.