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pantimedias negras bajo el vestido que resaltaban sus piernas esbeltas y la melena pelirroja suelta brillando bajo las farolas. Sonreí y empecé a caminar hacia ella.
Entonces lo vi.
Un coche oscuro estaba aparcado en la esquina.
El conductor bajó su ventanilla y Clarisse, en lugar de seguir hacia donde yo estaba, miró a ambos lados con nerviosismo y se acercó rápidamente al vehículo.
Hablaron cerca de un minuto tal vez. No pude oír nada, pero vi claramente como él le agarraba la mano a través de la ventanilla y ella no la retiraba inmediatamente.
Me moví para intentar ver de quien se trataba. Era Vicente.
Mi estómago se contrajo. La sorpresa que quería darle se convirtió en un puñal frío. Clarisse miró el reloj, dijo algo rápido y se alejó caminando hacia la parada de taxis. Vicente se quedó mirándole el culo mientras se alejaba.
No salí de mi escondite. Volví al coche, esperé unos minutos y luego conduje a casa. Cuando llegué, Clarisse ya estaba allí, preparando una cena ligera como si nada.
—¡Amor! ¡Que sorpresa! Pensé que llegarías más tarde —me dijo, abrazándome con una sonrisa que ahora me parecía falsa.
La abracé fuerte, oliendo su perfume mezclado con algo más… ¿Tabaco lejano?
—Quise sorprenderte.
Esa noche mientras cenábamos ella me contó su día de forma vaga. Yo sonreía, pero dentro la ansiedad y los celos enfermizos habían vuelto con fuerza. Había roto la promesa. Había hablado con él. Y yo, en lugar de confrontarla, empecé a maquinar cosas sin sentido en mi cabeza.
Debería estar eufórico por el contrato que cerré en mi viaje. Significaba un buen dinero y reconocimiento profesional, pero la imagen de Clarisse hablando brevemente con Vicente no salía de mi cabeza.
Al día siguiente, decidí volver a tomar la iniciativa: la sorprendería en su hora de almuerzo, para celebrar juntos.
Salí temprano del estudio y buscando un lugar aparqué en una esquina, cerca de la revista, eran alrededor de la 1:00 pm.
Me quedé en el coche, con un ramo pequeño de flores en el asiento del copiloto y una sonrisa nerviosa.
A la 1:20 la vi salir, guapísima: Blusa de seda blanca (con 2 botones libres formando un cuello en «V») que remarcaba sus tetas firmes, una minifalda de mezclilla en tono azul claro que le marcaba ese culo respingón, y la melena pelirroja peinada en una cola alta, con mechones por el rostro.
Mi corazón dio un salto… hasta que vi el mismo coche oscuro aparcando junto a ella.
Vicente bajó la ventanilla y la llamó. Clarisse se detuvo en seco. Miró a ambos lados, dudando durante casi un minuto entero. Apretaba el bolso negro de piel, miraba el reloj. Yo estaba paralizado dentro de mi coche, con un pánico que me cerraba la garganta y un temblor en el cuerpo.
«Por favor, no subas… por favor», pensaba… o tal vez ¿susurraba suplicante?
Finalmente, Clarisse miró nerviosa alrededor una última vez y subió al coche. El auto arrancó.
Sentí que me faltaba el aire. Miedo, celos y un pánico profundo me invadieron. Arranqué y los seguí a distancia, con las manos temblando sobre el volante. «¿Por qué? Me prometió que no volvería a verlo. ¿Qué coño está pasando?»
El coche se detuvo frente a un restaurante discreto pero elegante en las afueras del centro. Aparcaron. Vicente bajó, le abrió la puerta con galantería y entraron juntos.
Aparqué como pude, me puse una gorra y una chaqueta que tenía en el asiento trasero para cambiar un poco mi aspecto, y entré al restaurante fingiendo buscar a alguien. Conseguí una mesa en una zona elevada y apartada desde donde podía observarlos sin ser visto fácilmente.
Estaban en una mesa del fondo. Vicente hablaba con esa sonrisa confiada y con un matiz de arrepentimiento.
—… te pedí que vinieras porque quería disculparme de verdad por lo del beso. Me comporté como un animal. Perdóname.
Clarisse estaba tensa, con los brazos cruzados sobre sus tetas, pero escuchaba.
—Vicente, la forma como me sueles hablarme no está bien… y lo del besó fue… un error que no sé por qué lo hiciste —se notaba molestia en sus palabras.
—Lo siento —dijo él, poniendo una mano sobre la mesa cerca de la de ella—. Esa melena pelirroja, esos ojos azules, es cintura diminuta y esas curvas que Dios te dio… todo me hace recordar a mi difunta esposa.
Clarisse se sonrojaba, apartaba la mirada, pero no se levantaba.
—Vicente, creo que no debí subir. Esto no está bien. Martín y yo estamos bien ahora y prometí no volver a hablar contigo.
—Lo sé, lo sé —dijo él, ahora colocando su mano sobre la de ella encima de la mesa—. sólo quiero pedirte perdón cara a cara y explicarte. Además, traje los papeles del último seguimiento y revisión de tu Golden que te faltaban.
La conversación continuó. Vicente era astuto: comenzó a hablar de Mica (la Golden retriever), pasó a su soledad, a lo mucho que admiraba la fuerza y valores de Clarisse, y poco a poco fue soltando cumplidos más personales pero envueltos en «disculpas».
—Tienes una elegancia natural… esas piernas largas, esa melena de fuego, esa cintura que cualquiera querría agarrar. Entiendo que tu novio esté celoso. Yo también estaría si tuviera una mujer como tú.
—Vicente por favor… no empieces —dijo ella algo ruborizada.
Pidieron comida. La conversación continuaba.
Yo desde mi mesa, pedí algo ligero que apenas toqué.
El pánico inicial se había convertido en una ansiedad asfixiante, mezcla con unas sensaciones eléctricas en mi cuerpo que me avergonzaba.
Verlos juntos, ver como él miraba el escote, como ella escuchaba con una mezcla de interés y comprensión. Me estaba destrozando por dentro.
Finalmente recibí una llamada del estudio para regresar a una cita con unos clientes. Protesté, pedí que reagendaran la cita, pero no había forma. Me fui a regañadientes. Pagué y salí dejándolos solos.
Por la tarde de camino a casa leí un mensaje de Clarisse diciéndome que seguían con lo del cierre de edición y llegaría un poco tarde a casa. Respondí seco con un «ok».
Al llegar a casa pensaba lo peor, me sentía perdido y aun así me obligué a actuar con normalidad…
quería saber si me contaba lo de Vicente o tendría el valor de mentirme.
Preparé una cena sencilla, puse música suave y me dispuse a esperar, cuando llegó Clarisse de repente.
Entró con una sonrisa habitual, el pelo un poco revuelto y esa blusa que tenía matices de colonia barata masculina mezclado con el suyo.
—Cari, perdona el retraso —dijo dándome un beso en los labios—. Al fin terminamos con el cierre de edición. ¿Cómo te fue el día?
La miré a los ojos, ocultando mi rabia y celos enfermizos.
—Bien. Te preparé algo de cenar. Quería que celebráramos juntos el contrato, pero como llegaste tarde…
—Ay, Martín, lo siento mucho —se acercó y me abrazó, apretando su humanidad contra mi pecho—. Mañana lo celebramos como Dios manda. ¿sí? Hoy estoy agotada.
Durante la cena me contó sobre su día: reuniones, correcciones de artículos, anécdotas entre compañeros… Cuando creí que eso era todo, finalmente se puso sería y me contó una versión resumida y… falsa tal vez, de su almuerzo con Vicente.
A pesar de si era verdad o mentira todo respecto al almuerzo con Vicente, sentí alivio como si una carga se me hubiera quitado de encima, Yo asentía, le hacía preguntas, le acariciaba la mano.
Aunque en el fondo aún seguía con una agonía.
Cada vez que la miraba imaginaba las manos toscas del viejo cerca de su cuerpo, su voz ronca diciéndole guarradas.
Esa noche en la habitación hicimos el amor.
O más bien, follamos. Yo estaba más agresivo: le apreté los cachetes del culo con fuerza, le chupé las tetas dejando marcas leves, la penetré profundo como queriendo borrar cualquier rastro del viejo si lo había.
Clarisse gemía más alto de lo normal, llegó a correrse con fuerza, pero yo terminé con la mente en otro lado.
Cuando se durmió, me levanté sigilosamente y fui a mi despacho. Accedí al sistema de vigilancia de la veterinaria. Revise las grabaciones a ver si encontraba algo de esa tarde.
No había nada de Clarisse. Ni rastro. Pero si encontré otras escenas que me revolvieron un poco el estómago e instintivamente me sentí excitado al mismo tiempo:
Angelica, la vecina del edificio y madre de una pequeña, estaba inclinada sobre la mesa de exploración mientras Vicente le masajeaba las nalgas con aceite (al parecer tenía un plug anal que apenas se veía), dándole cachetadas suaves y riéndose mientras ella gemía con entrega
—Ahhh… Vicente. Que guarro eres…
—Guarra tú, que vienes suplicante por tu dosis de polla —dijo Vicente con voz arrogante.
El viejo seguía con su vida de conquistas. Y no sabría decir si era alivio el que sentía al no ver a Clarisse en esas escenas.
Por la mañana cuando estaba en el trabajo, a las 10:17 am me llegó un mensaje de un numero desconocido:
Número desconocido: ¿Sabes dónde llevaron a tu novia ayer al mediodía, arquitecto?
Yo: ¿Quién eres?
Número desconocido: Alguien que conoce bien a Vicente. Ten cuidado. Al parecer ya está logrando su objetivo con ella. Primero el beso, luego lo de ayer. Al parecer ya le está metiendo más que ideas en la cabeza. ¿Quiere que te cuente más?
El corazón me latía con fuerza. Celos brutales, preocupación y un remordimiento extraño (¿por haberla herido y presionado tanto con la discusión de los planos?) me invadieron. Intenté llamar al número, pero estaba apagado. Llegó otro mensaje:
Número desconocido: Estoy harta de ese viejo cabrón, harta de que persiga zorritas refinadas como tu pelirroja. Si quieres pruebas, las tengo. Pero cuidado… puede ser demasiado para ti.
Me quedé mirando la pantalla durante un buen rato, temblando. Intenté averiguar más.
Yo: ¿Qué sabes? ¿Qué le está haciendo ese hijo de puta a mi novia?
Pero el número no respondió. La ansiedad era imparable. Y lo peor era que sentía una especie de celos morbosos, quería saber más. Quería ver hasta dónde había llegado. A las 12:50 llegó la respuesta:
Número desconocido: ¿Seguro que podrás soportar…?
Yo: Venga, déjate de rodeos.
Número desconocido: Quieres pruebas… aquí tienes una. No digas que no te avisé.
Me llegó un video corto, de apenas 18 segundos.