3
Clarisse respiró hondo, sin mirarme a los ojos.
—No sé qué nos está pasando —dijo con voz lastimera—. Martín… en verdad lo siento—. Sé que los planos eran importantes. No debí descuidar a Mica. Fue mi culpa
Me senté a lado de ella frente a frente. La miré. estaba sentada con las rodillas juntas, como cuando se sentía culpable.
—No es sólo por los planos —respondí, con voz serena—. Es que últimamente siento que… no sé. Todo está raro entre nosotros.
Clarisse levanto la mirada. Tenía los ojos húmedos.
—Sé que hemos estado distantes. Y… casi no hemos tenido tiempo para nosotros. Con el trabajo, con todo. Pero te amo, Martín. De verdad te amo. No quiero que discutamos. Quiero que volvamos a ser como antes.
Me acerqué un poco más en el sofá.
—Yo también te amo, y no quiero que algo así nos afecte tanto.
Clarisse me tomó las manos.
—Claro que no —dijo ella, con un brillo vidrioso en los ojos—. Intentemos que algo así no nos vuelva a distanciar.
—Está bien —Dije finalmente—. Vamos a intentarlo.
La abracé por la cintura, sintiendo su calor. Nos besamos con pasión. Clarisse empezó a moverse lentamente sobre mí, frotándose.
—Te necesito —susurró, quitándome la camiseta.
Le despojé la bata. Quedando sólo con un camisón en seda corto y sexy que me volvía loco.
—Hazme el amor, Martín, sólo como tú sabes hacerlo —pidió.
Le quité el camisón. Sus tetas firmes quedaron expuestas. Las besé, las chupé con cariño, con pasión. Ella gemía bajito, arqueando la espalda.
—Ahh… Martín.
Nos desnudamos con prisa, ahí en la misma sala. Clarisse se sentó sobre mí, bajando lentamente, tomándome dentro de ella. Gemimos los dos al mismo tiempo.
Empezó a moverse, primero lento, luego más rápido. Sus tetas rebotaban contra mi pecho. Me besaba con desesperación, como si quisiera borrar todo lo malo.
—Te amo… te amo… —repetía entre gemidos.
La sujeté por las caderas, siguiéndole el ritmo. Nos corrimos casi al mismo tiempo, abrazados con fuerza, temblando. Después nos quedamos abrazados en el sofá, sudorosos y jadeando.
Clarisse me acariciaba el pecho, con la cabeza apoyada en mi hombro. El ambiente era cálido, íntimo. Por un momento olvidé todo lo malo.
Pero entonces, Clarisse levantó la cabeza y me miró a los ojos. Tenía una expresión de arrepentimiento y culpa.
—Amor… hay algo que necesito contarte —dijo con voz temblorosa.
Me incorporé un poco apoyándome en el respaldar del sofá. Ella se sentó a mi lado cubriéndose con su bata.
—Hoy por la mañana… cuando salí con Mica…
Dudaba en seguir contando, aquello que yo sabía perfectamente de que iba.
—¿Sí? —la interrogué, en un susurro.
—Es que… estaba, dolida por la discusión —lo dijo, ocultando su mirada—. Y cuando estaba en el parque con Mica, «coincidí con Vicente»
—¿si…? —le dije con un escalofrió en todo el cuerpo.
—Él… él me besó —dijo, con voz afligida y con cierto alivio por confesarlo.
El silencio que siguió fue pesado. Sentí un nudo en el estómago. Aunque sabía que no era así como pasó, al menos tuvo el valor de contármelo.
—¿Qué? —pregunté, con la voz más ronca de lo que quería.
Clarisse bajó la mirada que mostraba arrepentimiento.
—Te juro que él me beso. Yo… yo no lo esperaba. estaba susceptible por la discusión, y él… él me consolaba. Me dijo cosas bonitas y de pronto me besó. Me sentí muy culpable después. Te juro que no pasó nada más. Fue sólo eso.
—¿Qué te besó? ¿Ese viejo cabrón y asqueroso, se atrevió a meterte la lengua en la boca? —pregunté exaltado y con la furia a tope por escucharlo de la boca de ella.
Clarisse se incorporó, asustada.
—Martín, por favor… No quiero que te pongas así…
Empecé a vestirme.
—¿Así cómo? ¿Cómo un cornudo? ¿Sabes lo que siento ahora mismo? ¡Furia! ¡Humillación! Ese viejo asqueroso que detestas tanto, según tú, te besa y tú no le das una hostia. ¿Qué más pasó Clarisse…?
—¡No! ¡Te juro que sólo fue un beso! —se apresuró a interrumpirme, casi gritando entre llantos.
Terminé de vestirme, furioso, con la imagen del viejo besándola repitiéndose en mi cabeza.
—Voy a ir ahora mismo a partirle la cara a ese cabrón.
—¡Martín, no! ¡Por favor! ¡No vayas!
Salió detrás de mí, descalza, intentando detenerme. Pero yo estaba fuera de control. Cogí las llaves del coche y salí dando un portazo.
En unos minutos llegué a la clínica. Era ya poco más de medio día, había un letrero que decía cerrado. Pero escuché risas y voces, golpeé la puerta con rudeza hasta que Vicente abrió, todavía con la bata puesta y cara de sorpresa. Al Parecer estaba bebiendo con un amigo en la recepción de su local.
—¿Qué coño? —dijo, sorprendido.
Sin pensarlo dos veces le solté un puñetazo directo en la mandíbula. El viejo cayó hacía atrás contra la puerta, sangrando por la boca.
—¡Como vuelvas a tocar a mi novia te mato, hijo de puta!
Sergio que era el amigo con quien estaba bebiendo, se apresuró en salir a ver que sucedía.
Vicente, desde el suelo, se limpió la sangre y soltó una risa ronca y resentida, Borracho de rabia:
—Tranquilo, niñato… Esa pelirroja tiene una boca y un culo que valen la pena. Le voy a romper el culo a tu noviecita, ya lo verás. Voy a follármela hasta que grite mi nombre.
Esas palabras me encendieron la irá aún más. Fui a darle de patadas en el piso, pero su amigo me detuvo.
—Tranquilo, hombre —dijo, Sergio tratando de calmarme—. Que no vez que está borracho ¿No te quieres meter en líos? o ¿Sí?
El otro viejo tenía razón. Aunque quise pegarle más, me contuve. Me di media vuelta y me fui temblando de furia, celos y una humillación que me quemaba por dentro.
En el corto trayecto al coche. Vicente gritaba a viva voz para que yo escuchara:
—Ya verás ¡me voy a follar a tu mujer! ¡Le voy a romper el culo a tu noviecita! Ya lo verás cabrón hijo de puta…
Subí al coche e iba en el trayecto con esas últimas palabras de Vicente retumbando en mi cabeza.
Cuando llegué a casa. Clarisse estaba preocupada y afligida en el sofá. Me miró con miedo y dolor.
—Martín… ¿qué has hecho?
Yo no respondí. Me encerré en el despacho, con la cabeza hecha un lío. Los nudillos hinchados y la adrenalina todavía corriéndome por las venas.
Clarisse tocaba a la puerta pidiendo que abriera, que la dejara entrar para hablar.
—Quiero estar sólo, hablaremos después —dije, acercándome a la puerta para que oyera.
Esa noche apenas dormí. Había regresado a la habitación cerca de la media noche. Clarisse se apegó a mí buscando consuelo, pero yo estaba distante. Cada vez que cerraba los ojos veía la escena de la cámara: el beso, su cara de sorpresa, sus manos en el pecho del viejo sin empujar con fuerza.
En la madrugada recibí un mensaje de voz de un número anónimo, que escuché en el estudio. Era Vicente. Su voz sonaba ronca, resentida y Borracha:
Vicente (nota de audio): Escúchame bien, niñato de mierda.
Me rompiste el labio, cabrón. Pero eso no es nada.
Te voy a Joder la vida. Esa pelirroja tuya, tan refina, tan culta…
te juro por mi madre muerta, que la voy a follar hasta que ella diga basta.
Voy a abrirle ese culito tan rico que tiene, y voy a dejarle un agujero tan grande que vas a poder meterle el puño.
Y ella va a gemir pidiendo más. Ya lo verás.
Me quedé mirando el móvil, temblando. No sabría describir que gesto tenía en ese momento.
Después del golpe y las amenazas de Vicente, los días siguiente fueron de una reconciliación intensa y frágil.
Clarisse se mostró arrepentida, cariñosa y vulnerable.
Yo por mi parte intentaba regresar a la normalidad.
Dos noches después del puñetazo nos sentamos en el sofá después de cenar.
Ella se subió encima de mí, a horcajadas, con su culo firme presionando contra mis piernas, y me miró a los ojos, con esos penetrantes ojos azules.
—Martín, te amo. De verdad. No quiero que desconfíes de mí, por un error estúpido. Prometo que no volveré a la clínica de Vicente. Buscaremos otro veterinario. Mica ya está super adaptada y bien, podemos cambiar. No quiero que ese hombre nos haga daño.
La besé con fuerza, casi con rabia. Terminamos follando sobre el sofá mismo: yo sentado, ella encima, sus tetas rebotando mientras subía y bajaba, su melena pelirroja cayendo sobre sus hombros. Se corrió gimiendo mi nombre y yo me vacié dentro de ella pensando «es mía».
Después, abrazados y sudorosos, sellamos el pacto:
—No volvemos a ese sitio. Nunca más.
Ella asintió, besándome el cuello.
—Nunca más.
Durante los siguientes días todo volvía a la normalidad.
Clarisse trabaja medio tiempo en la revista local: llegaba a casa a media tarde, preparaba algo rico, jugábamos con Mica y por las noches hacíamos el amor de una manera más apasionada de lo habitual.
Yo, mientras tanto, intentaba concentrarme en mis proyectos, pero sentía el impulso por acceder a las cámaras de la clínica veterinaria.
Nada. Vicente atendía a otras clientas (una de ellas Angelica, la señora algo llenita de 37 años que vive en el primer piso de nuestro edificio, salía ruborizada y con las ropas desacomodadas). De Clarisse ni rastro.
El jueves tuve un viaje repentino de trabajo: un cliente importante en otra ciudad necesitaba una reunión presencial, le había gustado mi idea de remodelación y quería ultimar detalles para empezar cuanto antes.
sólo sería un día. Salí temprano por la mañana y Clarisse me despidió con un beso largo y un «te echo de menos ya»
—Cuídate, amor. Te quiero.
El viaje fue productivo. Ultimé detalles y el cliente ese mismo día hizo el cierre de contratación.
Regresé en el último tren de la tarde, llegando a la ciudad sobre las 19:30.
Apenas llegué a casa saqué el coche y fui directamente al trabajo de Clarisse a sorprenderla.
Sabía que ese día tenía turno completo en la revista por un cierre de edición y terminaba alrededor de las ocho. Aparqué cerca de la oficina y esperé.
Alrededor de las 20:15 la vi salir. estaba guapísima, llevaba un estilo casual de otoño: vestido enterizo color terracota con cuello alto y falda corta que le marcaba ese culo compacto y potente,