2 #5
—¿Es enserio?, ¿me vas a molestar con eso? Ya te dije que es sólo por Mica. No empieces con tus celos absurdos. Vicente es un viejo desagradable, pero es el veterinario de Mica…
La discusión subió de tono rápido. Era raro que discutiéramos así de fuerte, pero esa noche saltaron chispas.
—…pero no me hagas sentir culpable por cuidar de nuestra mascota.
Se dio la vuelta y se metió en la habitación dando un portazo. Yo me quedé en el salón con los planos arruinados, frustrado, con esa mezcla de rabia y celos que conocía muy bien.
Fui a mi despacho a encerrarme, y por horas estuve divagando entre pensamientos sin llegar a nada en concreto. Un rato después, Clarisse tocó la puerta, tenía los ojos algo rojos, como si hubiera llorado.
—Lo siento —dijo más calmada—. Tienes razón, yo dije que podría con Mica y es mi responsabilidad. Mañana veo con algún profesional para que adiestre a Mica.
Yo respondí seco y cortante:
—Está bien.
Al día siguiente Clarisse salió temprano a correr con Mica, Todavía con la cara tensa por nuestra discusión. Me dijo que necesitaba despejarse, que iba al parque a dar unas vueltas y de paso cansar a Mica.
Yo me quedé en casa, con un nudo en la garganta y con una desconfianza que no tenía motivo. Accedí a las cámaras de la clínica veterinaria por si acaso, pero no esperaba nada.
Y mira si es grande mi instinto. Una hora después cuando me vi por vencido e iba a cerrar todo y salir, vi llegar a Vicente junto a Clarisse, como era sábado no había nadie. Vicente cerró la puerta y parado a su lado le hablaba. Le agarró la mano. Clarisse temblaba.
—Eres tan hermosa— pareció murmurarle, acercándose más a ella.
Y entonces pasó. Vicente le sujeto suavemente la cara con sus manos toscas, se puso en puntillas y la besó.
Primero suave, luego más profundo, metiéndole la lengua con esa forma perversa y apasionada que tenía.
Clarisse se resistió un segundo, puso las manos en su pecho, pero no lo apartó del todo.
El beso duró cerca de diez segundos. Cuando se separaron, ella estaba roja, respirando agitada.
—Vicente… esto no puede ser. Estoy con Martín… ¿Por qué lo hiciste?
El viejo sonrió, acariciándole la mejilla.
—sólo fue un beso de consuelo, preciosa. Nadie tiene por qué enterarse. Tú lo necesitabas.
Clarisse se levantó rápido, cogió a Mica y se fue casi corriendo.
Yo estaba perplejo, con esa sensación rara que uno tiene cuando ve algo que le impacta de sobre manera.
No sabría definir todo lo que sentí o lo que pasó por mi cabeza.
Cuando reaccioné ya no había nadie en escena, empecé a sentir tristeza, miedo…
de perder a Clarisse tal vez. Intentaba procesar lo que vi.
Más tarde cuando Clarisse llegó a casa, yo estaba encerrado en mi despacho con llave, apenas la escuché llegar le escribí mintiéndole que había salido. La realidad es que seguía procesando lo que pasó entre ese viejo y Clarisse, buscaba la manera cómo afrontar la situación. ¿y si era mi culpa?
De pronto oigo voces, al parecer Clarisse llamó a Mariana y puso el altavoz otra vez (creyendo que yo estaba fuera). No sé porque, pero grabé la conversación.
—Mariana… me besó. Vicente me besó hoy.
—¿¡Qué!? ¡Cuéntame todo!
Clarisse le relato lo de la discusión, el encuentro «casual» en el parque. Como la consoló y cómo terminaron en la clínica con pretexto de unos calmantes para Mica. Admitió que el beso la había dejado perturbada.
—Me resistí… Fue… intenso. Su boca es asquerosa, huele a tabaco, pero besa de una manera que…
—Pero es que te volviste loca, ¿cómo pudiste? —le reprochaba Mariana.
—Me siento fatal, culpable. No puedo contarle esto a Martín, se volvería loco… Dios, ¿qué me está pasando?
Mariana insistió en que cortara toda comunicación con él, que era peligroso. Clarisse dijo que lo haría, que había sido un error.
Antes de colgar, Mariana hizo reflexionar a Clarisse sobre contarme lo sucedido, y ella aseguró que lo haría.
Cuando colgó, yo me quedé sentado en la silla del despacho, con el corazón latiéndome en los oídos y un dolor en el pecho.
No sabía que hacer, la tranquilidad que empezaba a recobrar minutos antes, ya no estaba.
Confrontarla significaba delatarme y admitir que la espiaba.
Callarme significaba hacer como si esto nunca hubiera pasado.
sólo me quedaba esperar que ella cumpliera lo que le dijo a Mariana, respecto a confesármelo.
Seguí esperando impacientemente que ella fuera a ducharse o algo, para yo poder salir y justificar que llegaba de la calle. Y así pasó, cuando ella fue a la ducha, yo salí sigiloso de mi fortaleza y fui a dar una vuelta para despejarme.
Al regreso la encontré sentada en la sala, tenía su bata puesta, ocultando en ese momento lo que llevaba de bajo. Apenas y la miré cruzando hacía la cocina. El silencio era insoportable, sólo se escuchaba el refresco que me servía. Finalmente, con voz baja y temblorosa, rompió el hielo:
—Martín… tenemos que hablar.
Mi corazón se aceleró, sabía exactamente lo que venía, pero fingí ignorancia. Me giré a ella y avancé a la sala con una mezcla brutal de furia, celos enfermizos y un dolor profundo en el pecho.
—¿Qué pasa? —pregunté seco.