EL VETERINARIO 2 #4
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Los días pasaban, a veces Clarisse se reunía con Mariana en la casa, la rubia menudita estaba próxima a casarse, así que se sumergían en sus cosas: de planificaciones, elecciones de rosas, etc. Casi ni hablaban de Vicente, o no algo más comprometedor que me hiciera estar en alerta.

Dos semanas después, Vicente había llamado de nuevo. Otra «revisión de seguimiento». Clarisse me lo comentó. Pero esta vez yo tenía una reunión fuera y no podía estar. Clarisse me aseguró que fuera tranquilo, que ella sabria manejarlo.

Cuando llegué por la noche, ella estaba más callada. Le pregunté cómo había ido.

—Bien. Vino, revisó a Mica, vio que todo iba en orden, tomamos un café rápido y se fue. Me contó más cosas de su vida. Es un hombre complicado, Martín. Detrás de esa fachada grosera hay mucho dolor.

Noté que tenía las mejillas ligeramente sonrojadas y que evitaba detalles. Esa noche, mientras le hacía el amor, le chupaba las tetas y le metía la mano entre las piernas, su coño estaba más mojado de lo normal. Cuando pregunté si le pasaba algo, sólo negó con la cabeza y me besó con más fuerza.

Yo no sabía aún, que, durante esa segunda visita, Vicente había empezado a cruzar la línea de nuevo: un roce «accidental» en las caderas al agacharse juntos por Mica, un cumplido más directo sobre lo bien que le quedaban los leggins,

y una conversación en la que le preguntó si yo la satisfacía sexualmente «como una mujer de verdad se merece».

Clarisse se lo contó a Mariana por teléfono al día siguiente (yo escuché parte desde mi despacho):

—…me preguntó si Martín me daba lo mío, Mariana. Le dije que eso no era asunto suyo y que era muy vulgar. Pero me puse nerviosa. Nadie me había hablado así nunca. Me da rabia… coraje… que sea tan borde. Ushh…

Luego cambiaron la conversación para olvidar el disgusto.

Una tarde Clarisse llegó a casa pasada las tres de la tarde, mucho más tarde de lo que había dicho.

Yo estaba terminando de revisar unos planos en el despacho cuando escuché la puerta.

Salió del baño recién duchada, con el pelo pelirrojo todavía húmedo y una camiseta mía holgada que le caía sobre ese cuerpo de infarto.

Pero su cara delataba: mejillas enrojecidas, mirada evasiva, un nerviosismo que intentaba disimular moviéndose por la cocina.

—¿Qué tal fue? —le pregunté acercándome y abrazándola por detrás—. Tardaste bastante.

—Bien… normal —divagó, evitando mirarme a los ojos—. Había mucha gente, Vicente estaba ocupado. Recogí la comida especial para Mica y ya. Nada importante.

Su voz sonaba forzada. Le di un beso en el cuello y noté que se tensaba ligeramente.

—¿Segura qué estás bien? Pareces… perturbada.

—Son cosas mías cari. El tráfico, el trabajo en la revista. Mica que no para quieta… No es nada. Te quiero.

Me dio un beso rápido y se escabulló a la habitación. Yo me quedé con esa sensación de nudo en el estómago que ya empezaba a hacerse familiar. Esa noche follamos casi de manera mecánica. Ella estaba húmeda, sí, pero distante. Mi mente no paraba de dar vueltas.

No pude dormir. A las dos de la mañana, sentado frente al ordenador, decidí usar mis viejos conocimientos de software y sistemas.

La clínica de Vicente tenía cámaras de seguridad básicas, como la mayoría de los negocios.

Encontré el modelo online, busqué vulnerabilidades conocidas y, después de unos minutos de trabajo concentrado, logré acceder al sistema de grabación Empecé a revisar las grabaciones de esa tarde.

Y ahí lo ví.

Las cámaras de recepción y del pasillo trasero mostraban a Clarisse entrando sola a la clínica alrededor de la 1:30 pm. No había nadie en recepción. Ella espero un rato, llamó y al no obtener respuesta decidió pasar hasta la trastienda. Lo que vio la dejó congelada.

En la trastienda, sentado en una silla vieja, estaba Vicente con los pantalones bajados hasta los tobillos.

Su polla gruesa de unos 20 centímetros y venosa, estaba completamente dura.

De rodillas frente a él, con la bata abierta, estaba la señorita de recepción que nos atendió la primera vez que fuimos por la adopción: La morena de unos 30 años, tetas generosas y figura curvilínea.

Le estaba haciendo una mamada profunda, ruidosa, babeando mientras subía y bajaba la cabeza.

Vicente la agarraba del pelo y gemía:

—Así, puta… chúpamela bien. Toda la garganta. Joder, que boca tienes.

La mujer gemía alrededor de la polla, saliva chorreando por la barbilla. Vicente miraba a la morena con una sonrisa de arrogancia y satisfacción.

Clarisse se quedó ahí, escondida detrás de una esquina del pasillo, durante casi tres minutos.

La cámara captaba perfectamente su cara: ojos muy abiertos, boca entreabierta, una mezcla de shock, asco…

y una fascinación perturbada. Vi como apretaba los muslos, como su respiración se aceleraba.

No se movió hasta que Vicente gruñó fuerte, empujó la cabeza de Laura la recepcionista y se corrió abundantemente en su boca.

sólo entonces Clarisse retrocedió sigilosamente, salió de la clínica casi corriendo y se fue.

Apagué el ordenador con las manos temblando y una extraña sensación. Celos brutales, rabia, excitación involuntaria… una erección dolorosa que me avergonzaba. Desde ese día empecé a grabar todo lo que pudiera, Quería tener evidencia, aunque ni siquiera sabía para qué.

Clarisse no me contó nada de eso, pero entendía sus razones. Al día siguiente cerca de medio día, Clarisse me envió un mensaje:

Clarisse: Hola cari. Hoy tengo mucho trabajo en la revista. ¿Puedes recoger tú a Mica de la guardería canina?

Yo: Sí, no te preocupes.

Esa misma tarde en mi despacho, aprovechando que Clarisse llegaba tarde, desde mi ordenador seguí revisando grabaciones anteriores, para saber si había ocurrido algo más con mi Clarisse.

Felizmente no encontré nada fuera de lo ordinario.

Los días siguientes fueron un torbellino para mí. Entre el trabajo, la vida de pareja, la mascota y esas grabaciones que las tenía guardadas en una carpeta encriptada y que revisaba de vez en cuando para según yo, conocer mejor a Vicente. Lo que se volvió un pasatiempo esporádico en mi vida.

Una tarde de viernes, yo estaba en el despacho terminando un informe, para salir con mi novia, cuando escuché que llamaban al teléfono, Clarisse lo puso en altavoz. estaba en el salón arreglándose las uñas, con ese olor a acetona flotando en el aire.

Era Mariana.

—Clari, necesito un favor enorme —decía Mariana con su tono dramático y quejoso de siempre—.

Javier (su prometido) se va unos días por negocios y me dejó a su perro a cargo.

Es un labrador. En un descuido se comió algo de la basura y ahora está vomitando y con diarrea.

Está fatal. ¿Conoces de alguien que me ayude?

Clarisse contestó sin levantar la vista de sus uñas:

—sólo conozco a Vicente, el de la clínica donde llevamos a Mica. Es bueno con los animales, aunque ya te conté cómo es de persona.

—¿El mismo viejo vulgar y machista que te dice guarradas? Ni de coña voy sola. Por favor, acompáñame. No quiero dejar al pobre sufrir, pero me da miedo ir sola.

—No puedo, Mariana. Ya quedé con Martín ir al cine y luego cenar. Es nuestra noche. Ve tú, de verdad. Vicente es profesional cuando hay que serlo.

Mariana protestó un buen rato, dudando mucho, llamándolo «viejo cerdo» y repitiendo las cosas que Clarisse le había contado antes. Al final, la preocupación por el perro pudo más.

—Está bien… iré sola. Pero como me pase algo será tu culpa y vivirá en tu conciencia.

Clarisse rio y vacilo un poco más, le deseo suerte y colgó.

La tensión en casa parecía que llevaba días acumulándose como una tormenta lenta. A veces revisaba las grabaciones de la clínica en horario de oficina. Veía como Vicente jugaba sus cartas con diferentes mujeres y, sobre todo como ellas empezaban a normalizar sus atenciones.

Clarisse en sus temas de la revista, a veces no tenía tiempo de ver a Mica y ya habíamos tenido disgustos al respecto, sobre todo por el reciente comportamiento de la cachorra.

Esa noche explotó todo por una tontería… o al menos eso parecía.

Mica, nuestra Golden, estaba como un torbellino.

Esa tarde, mientras yo estaba en el estudio, al parecer Mica despedazó unos planos y documentos importantes para un concurso de arquitectura (un proyecto de varios de miles de euros), la Golden destrozó por completo varias hojas que estaban sobre la mesa de centro. Horas de trabajo al carajo.

Cuando llegué por la noche, Clarisse no estaba. Yo estaba realmente furioso. Cuando ella llegó de la revista, me encontró recogiendo el desastre con cara de pocos amigos.

—¡Joder, Clarisse! Mira esto —le dije señalando lo que quedaba de los planos—. Llevaba toda la semana trabajando en esto y el puto perro lo ha destrozado. ¿Dijiste que podrías manejarlo?

Ella se cruzó de brazos, visiblemente cansada.

—Martín, es una cachorra. Son cosas que pasan. No es para que te pongas así. sólo son papeles.

—¿sólo papeles? ¡Es un proyecto importante! Me lo confió el mismo jefe —dije enfurecido—. ¿A esto le llamas saber manejarlo? Pero claro, tú estás muy ocupada con tus amiguitas, tus visitas al veterinario y tus charlas con Vicente.

Lo dije con más veneno del que pretendía.

Clarisse cerró los ojos.