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—Verdad que sí. ¿Y qué me dices de ese culo? Lleva shorts flojos, pero aun así se marca esa forma redondita que tanto…
No lo podía creer estaba bastante exaltado por lo que acababa de presenciar, tenía unas ganas tremendas de golpear a ese viejo.
Tenía que tranquilizarme respiré profundo y me dije a mi mismo: —Está bien, no pasa nada, ve por Clarisse y lárgate de aquí.
Me tranquilicé y fui a ver a novia para irnos ya, al entrar la encontré conversando con Vicente y tenía la carita en un gesto de extrañez.
Firmamos los papeles y salimos de la clínica con la Golden en un transportín. Yo llevaba el transportín en una mano y con la otra rodeaba la cintura de mi pelirroja todo el rato, como si quisiera protegerla incluso fuera de la clínica.
En el coche de vuelta a casa, Clarisse se quedó callada un buen rato. Luego, sin previo aviso, soltó todo lo que había estado conteniendo.
—Ese veterinario, es algo borde, ¿no te parece? —me dijo pensativa.
—No es que parece, es un borde —respondí seguro—, ¿pasó algo mientras estaba fuera?
—Nada importante, lo he sabido controlar —me dijo, convencida.
—¿Qué te ha dicho? —interrogué, curioso.
—Tonterías —dijo ella —, ya sabes, con ese doble sentido, que piensa no me doy cuenta.
—Lo sé, pero eso no es lo peor —lo dije, con un enfado naciente.
—¿Por qué lo dices? —preguntó ella, con la mirada buscando la mía.
—Viste ¿cómo te miraba el cuerpo todo el rato?
—Es verdad. Me recorrió el cuerpo entero como si fuera un objeto, pero por mí que mire… para lo que me importa.
—¡Qué cabrón! —dije, con matices de furia en mi voz.
—Y esa sonrisa… esa sonrisa de arrogante. Me hizo sentir sucia. Además olía a tabaco y sudor. Y esos comentarios…
Hizo una pausa, visiblemente molesta.
—Sofía me dijo que era buen veterinario, pero su personalidad es horrible. Espero en lo posible no tener que volver y tratar con ese hombre otra vez.
—Tranquila cariño —la consolé —, sólo ha sido un mal rato, ya está, no volveremos más a ese lugar. Buscaremos otro lugar para atender a Mica.
El resto del trayecto lo hicimos en silencio. Clarisse parecía perdida en sus pensamientos. Yo, por mi parte no podía dejar de pensar en lo que había escuchado en el callejón.
Los días siguientes a la visita de local veterinario transcurrieron con una normalidad aparente.
Yo por mi parte había tratado de olvidar todo lo acontecido con Vicente, eso y, sumado a lo que me dijo Clarisse, de no volver a ese lugar porque el viejo no era de su agrado.
Había ganado la confianza de que el viejo no tendría oportunidad con mi chica.
Tres días después de la adopción, Vicente llamó por primera vez. Clarisse contestó en el salón. Yo estaba en el despacho y pude oírla.
—Diga… —su voz sonó educada, pero noté un ligero cambio en el tono.
Hubo una pausa. Luego escuché cómo decía:
—Sí… entiendo. ¿Es obligatorio? Ajá. Muy bien. Le diré a mi novio.
Colgó. Cuando entré al salón unos minutos después, ella estaba sentada en el sofá con Mica acostada con la cabeza en su regazo. Tenía los brazos cruzados bajo las tetas.
—¿Quién era? —pregunté, sentándome a su lado y rodeándole la cintura.
Ella dudó un segundo.
—Era el veterinario. Vicente. Dice que por la adopción hay un seguimiento obligatorio. Tiene que venir a casa a ver como se está adaptando Mica… Es el procedimiento estándar, según él.
—¿Y por qué tiene que venir él personalmente? —solté, sorprendido
—Ahora recuerdo, en los papeles dice que es el protocolo de su clínica. Y también me lo había mencionado él.
Algo en su forma de hablarme no me cuadraba. Parecía que estaba midiendo las palabras.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que lo consultaba contigo.
La abracé más fuerte y le besé la sien.
—Si no quieres que venga, no viene. Yo hablo con él si hace falta.
Clarisse apoyó la cabeza en mi hombro.
—No quiero hacer un drama por nada. Es sólo una visita de seguimiento.
Al siguiente día aproximadamente a las seis de la tarde sonó el timbre.
Abrí la puerta y ahí estaba Vicente, con su bata doblada bajo el brazo, una mochila con instrumental y una barriga prominente marcándose bajo una camisa a cuadros barata.
Pelo grasiento peinado hacia atrás, olor a tabaco y colonia barata. Sonrió ampliamente al verme.
—Buenas tardes, arquitecto. Gracias por recibirme. Vengo a chequear a la Golden.
Clarisse apareció detrás de mí, vestida con unos leggins negros que le marcaban brutalmente ese culo redondo y respingón, y una camiseta holgada que dejaba notar sutilmente la punta de sus pezones.
—Pase Don Vicente.
El viejo entró mirando todo con curiosidad.
Elogió la casa, los muebles, la decoración.
Mientras examinaba a Mica en el suelo del salón, se mantuvo profesional.
Casi no intentaba nada raro. sólo alguna mirada rápida al culo de Clarisse cuando ella se agachaba a acariciar a Mica, pero nada descarado. Yo estaba presente todo el tiempo.
—Buena chica, se está adaptando perfectamente — dijo palpando a la cachorra—. Come bien, juega, hace sus necesidades como debe ser. Excelente trabajo, pareja.
Hablamos un rato de banalidades. Vicente contó algunas anécdotas de otros perros adoptados, siempre con esa labia suya que hacia que las historias parecieran más interesantes de lo que eran. Clarisse escuchaba en silencio, sentada en el sofá con las piernas cruzadas.
—¿Quiere un café? —ofreció Clarisse por cortesía.
—sólo si no es molestia, guapa —respondió él con una sonrisa.
Mientras ella preparaba el café en la cocina, Vicente se quedó conmigo en el salón.
—Tienes una novia espectacular, Martín. Educada, guapa, con clase. Es raro encontrar mujeres así hoy en día. Cuídela mucho.
Lo dijo con tono sincero, casi paternal. Yo respondí seco:
—Lo hago.
En fin, la visita duró como unos cuarenta minutos. Vicente reviso a Mica completo, dio algunas recomendaciones y anotó todo en una ficha y libreta. Se despidió sin problema alguno.
Cuando cerro la puerta, Clarisse soltó un suspiro.
—Al parecer no es tan terrible cuando estás tú. Aunque sigue siendo… vulgar y arrogante.
Yo asentí, pero algo no me cuadraba. Esa amabilidad excesiva, esa forma de mirarla cuando creía que no lo veía. Aún así, esa primera visita fue bastante inocente. Casi decepcionante para lo que tenía en mente de cómo sería.
Los días siguientes fueron un lento goteo que no supe ver en su momento.
Mica se adapta cómodamente a nuestras rutinas y su nuevo hogar, Clarisse iba en ocasiones a la clínica: una vacuna pendiente, que Mica no quería comer, cambio de alimento.
Yo estaba hasta arriba de trabajo en el estudio, así que no podía acompañarla.
Ella iba sola y a veces tardaba demás, creo yo.
La primera vez que noté que algo cambiaba fue una tarde que llegué temprano a casa, para continuar con unos planos desde mi despacho.
Clarisse estaba hablando por teléfono con Mariana, su amiga más conservadora, la rubia menudita que le faltaba un centímetro para pasar el metro y medio, curvas potentes y vestimenta casual europea.
Clarisse hablaba en voz baja, pero la cercanía a la cocina donde yo estaba, me permitía escucharla.
—…te juro que es un hombre repulsivo, Mariana. Bajo, barrigón, pelo grasiento… parece sacado de una película de los ochenta. Vulgar hasta decir basta. Machista de esos que te miran las tetas sin disimulo. Detesto a los tipos así —decía Clarisse con tono educado pero firme.
Mariana respondió algo que no alancé a oír, pero Clarisse soltó una risa nerviosa.
—No, no. sólo voy porque me preocupa Mica y porque es el más cercano de donde vivo.
Aunque… no sé. Tiene una forma de hablar que te atrapa.
Me cuenta que enviudó hace ocho años, que su mujer era muy parecida a mi físicamente, pelirroja, alta…
Dice que le recuerdo a ella. Me da un poco de pena la verdad.
Me quedé congelado con un vaso de agua en la mano. ¿Pena? ¿A ese viejo?
Clarisse siguió:
—Hoy me estuvo hablando no sé de qué homeopatía para animales y terminamos hablando de literatura.
¿Te imaginas? Sabe cosas de clásicos irlandeses y también de españoles, obvio.
Me recomendó «Fortuna y Jacinta». Dice que yo le recuerdo a Fortunata…
por el carácter apasionado que tengo debajo de la educación. Que idiota, ¿no?
Mariana debió hacer algún comentario alarmista porque Clarisse contesto rápido:
—Tranquila, no es nada. Esto es sólo… conversación. Además jamás dejaría que me tocara. Me daría asco. Bye
Colgó y entró. Me encontró en la cocina y me dio un beso largo, de esos que me gustan.
—¿Qué tal tu día, amor?
—Bien. ¿Y el tuyo? ¿fuiste a la clínica?
—Sí. Vicente me explico unas cosas de Mica. Es más culto de lo que parece. Aunque sigue siendo un tipo bastante desagradable.
Dos días después le escuche otra llamada. Esta vez estaba en el salón y Clarisse se metió en el dormitorio dejando la puerta entornada y hablaba en altavoz mientras buscaba algo en su tocador. Me acerqué disimuladamente.
—…sí, Mariana. Hoy me rozó el brazo y el pecho al darme el recibo.
Fue «accidental», dice él. Pero se quedó mirándome el trasero cuando me giré.
Sentí sus ojos clavados ahí. Es tan… ordinario.
Sin embargo, cuando habla de su vida, se pone serio.
Me contó cómo su mujer murió de cáncer y cómo él se refugió en el trabajo.
Casi me dan ganas de abrazarlo, pero me contuve. No quiero que piense mal.
Mariana le respondía con un tono de voz como de advertencia:
—Clarisse, ten cuidado. Ese tipo de hombre son depredadores. Te va a ir metiendo mano poco a poco.
—Que no, tonta. Yo controlo. Además, le dejé en claro que estoy muy enamorada de Martín y que no tolero vulgaridades. Me respeta… más o menos.
Colgó y salió. Yo fingí estar revisando unos planos en el portátil.
—¿Todo bien con Mariana? —pregunté.
—Sí, sólo cosas de chicas.
Pero su mirada tenía un brillo nuevo. Una mezcla de incomodidad y… ¿curiosidad?
Los días transcurrían con normalidad, no había casi nada extraño en el comportamiento de Clarisse que me alertara, o quizás estaba muy enfocado en mi trabajo que no le daba mucha importancia.