EL VETERINARIO 2 #2
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Bajo, barriga prominente que le colgaba sobre el cinturón, camiseta roja con un logo referente al género musical metal que dejaba ver algo de pelo en el pecho, una bata médica abierta y con las mangas remangadas dejando ver unos brazos tatuados, el cabello corto gris y canoso algo grasiento.

Su aspecto era descuidado, ordinario. Cuando nos vio, especialmente a Clarisse, una sonrisa lenta se dibujó en su cara.

—Buenas tardes —dijo con esa voz ronca y segura—. ¿En qué puedo ayudarles?

Clarisse se tensó inmediatamente a mi lado. Cruzó los brazos bajo sus tetas, un gesto que ya conocía cuando se sentía incómoda o a la defensiva. Su voz salió educada, pero fría:

—Buenas tardes Señor…

—Vicente —se apresuró a interrumpir el viejo, extendiendo la mano—. Soy Don Vicente.

—Don Vicente —dijo ella, un poco dudosa—. Sofía nos recomendó su clínica. Queremos ver opciones para adoptar un perro. De raza preferiblemente.

Don Vicente la miró de arriba abajo sin ningún disimulo. Sus ojos se detuvieron un segundo en sus tetas y luego bajaron hasta sus piernas. Clarisse notó la mirada y dio un paso atrás, pegándose más a mí. Yo apreté ligeramente su cintura con la mano, recordándole que estaba ahí.

—Ah, Sofía. Buena chica.

—Sí, ella —Respondió Clarisse.

—Perros tengo varios —respondió el viejo, sin apartar los ojos de ella—. Pero hay que elegir bien. Un perro necesita una mano firme… pero también cariñosa. ¿Tú eres de las que dan atención especial, guapa?

Clarisse frunció los labios. Ese gesto de desagrado elegante que ponía cuando algo le parecía fuera de su lugar, en doble sentido. Su respuesta fue directa:

—Buscamos un perro tranquilo y bien educado. Nada que requiera «mano firme».

Yo intervine suavemente, acariciándole la cadera con el pulgar por encima de los shorts:

—Sí, preferimos algo independiente.

Don Vicente sonrió, como si le divirtiera la respuesta. Dio un paso más cerca de mi novia, invadiendo un poco su espacio personal. Ella se tensó visiblemente. Sus piernas larguísimas se pusieron rígidas y dio otro paso atrás, casi chocando conmigo.

—Tranquila, guapa —dijo el viejo con tono condescendiente—. sólo bromeaba. Venga, os enseño los que tengo disponibles.

Cuando se giró para guiarnos hacia el fondo, extendió la mano para tocarle la espalda baja. Ella empezó a apartarse, pero yo fui más rápido. Le cogí la mano con la mía y la apreté con suavidad, mientras con el otro brazo la atraía hacia mí, colocándome ligeramente entre ellos.

—Vamos con los perros —dije con voz calmada pero firme.

Mientras caminábamos por el pasillo estrecho, yo mantuve mi brazo alrededor de la cintura de Clarisse todo el tiempo. Cada vez que Vicente se giraba a hablar con ella, ella respondía con monosílabos fríos. Yo intervenía cuando hacía falta, protegiéndola verbalmente.

En el avance por el pasillo pude ver diferentes puertas debidamente identificadas. sólo una pequeña sala de espera casi a la mitad final del pasillo no tenía puerta.

—Y… aquí están los bichos —decía el veterinario, mirando a mi novia.

Clarisse nada más ver el lugar quedó sorprendida. —Wow… —decía, asombrada—, son muchos.

El veterinario se aparto un poco de nosotros hacía una jaula.

—A ver guapa, os presento a Lucas —decía, haciéndole señas con la mano a un perro—, este trasto no es un perro, ¡es un terremoto con patas.! Tiene más energía que una pila de uranio. Es ideal para una pareja joven.

Clarisse giró un poco viendo al Husky con ternura.

—¡Es hermoso! pero no creo que se adapte a nuestra rutina. ¿Verdad, amor? —y se giró a consultarme.

—Si es como dice, no hay manera, queremos uno más tranquilo.

En un momento, mientras nos mostraba más ejemplares, Clarisse avanzó hacía una jaula en una esquina y con una voz aniñada les hablaba a unos cachorros de labrador que jugaban entre sí y se inclinaba a verlos.

De reojo vi que Vicente se relamía viendo hacía el trasero de mi chica.

el viejo se acercó demasiado a ella por detrás, «para que viera mejor», y luego le puso la mano en el hombro.

Esta vez reaccioné con más claridad. Le cogí la muñeca con suavidad, pero con firmeza y aparté su mano.

—Señor —dije mirándolo a los ojos—, mi novia prefiere que no la toquen sin permiso.

Don Vicente levantó las manos en un gesto de falsa rendición, pero sus ojos brillaron con algo oscuro.

—Perdona, guapa —le dijo a mi novia—. Soy de trato cercano. Las mujeres como tú, tan elegantes y con ese cuerpo tan bonito… a veces me hacen olvidar los modales.

Clarisse se giró del todo hacia él. Su voz salió fría y cortante, aunque educada:

—Está bien, sólo no me gustan los comentarios personales ni el trato familiar.

Yo la rodeé con ambos brazos por detrás, atrayéndola contra mi pecho en un gesto claro de protección. Le besé la sien discretamente. Quería que supiera que estaba de su lado.

—¿No crees que están muy pequeños?, cariño —le susurré al oído.

—Son tan adorables —decía ella, haciendo una mueca de ternura pura—, pero es verdad, son muy pequeños y necesitan más atención. —finalizó.

El viejo analizando, no perdió el tiempo para responder.

—Todo pequeño se adapta bien si le saben dar buena atención —decía con voz chulesca.

— Sí, puede ser. Pero buscamos uno un poco más grande —respondía ella.

Creo que no había notado el doble sentido o sólo no quiso darle importancia al viejo.

Vicente girando a otra jaula, hacía ademán de señalar al otro extremo de donde estábamos.

—Entonces, este —señaló parándose a lado de la jaula de un dóberman adulto—, Este es muy tranquilo, algo pasivo diría yo. —y me lanzó una mirada…

—No creo, es muy grande —decía ella consultándome con la mirada.

—Sí, el debe requerir más espacio del que tenemos —dije.

El viejo hizo un gesto de ¿entonces que quiere?, y de un instante a otro su rostro pareció iluminarse.

—Pensé que dijiste… que te gustaban más grandes, guapa —lo decía con una gesto y sonrisa sutilmente perverso.

Clarisse miraba al perro señalado y luego de manera fría y respetuosa le dijo al viejo: —Es lindo, pero no tenemos suficiente espacio para él.

Después de ver varios perros, nos decidimos por una Golden Retriever, de 5 meses. Era mediana, dorada, con cara juguetona pero tranquila. Clarisse la cogió en brazos y la perrita le lamió la cara. Por primera vez en toda la visita, vi que sonreía de verdad.

—Esta me gusta —dijo bajito.

—ok, una amiga entonces —le respondí, imitando el volumen de voz.

Estábamos en la pequeña sala, antes mencionada, viendo los papeles de adopción y más cosas de protocolo, el viejo nos dejó solos diciendo que iba a alistar a la Golden.

De pronto recibo una llamada de oficina, atendí en el acto, pero no tenía buena cobertura, así que le pregunté a mi novia si podía dejarla un minuto y siguiera ella sola mientras atendía la llamada afuera.

Salí por el pasillo hasta la calle mientras conversaba caminando de un lado a otro llegando hasta las fronteras del lugar por un lado más edificios y por el otro llegando a una parte que colindaba con un callejón donde había contenedores de basura.

iba despejando dudas de mi receptor entre caminata de vaivén y, logro escuchar carcajadas, no le di importancia y seguí en lo mío ya terminando la llamada llegando a la calle estrecha vuelvo a escuchar las carcajadas y la voz gutural de Vicente hablando con alguien.

—… te digo que la pelirroja está buenísima, cabrón —decía riendo—.

La vi hoy por primera vez en persona. Un culito compacto y redondo que se mueve perfecto al caminar, piernas largas y bien torneadas…

y esa cintura diminuta. Ojos azules, cara de señorita decente y culta.

Joder, es una diosa. De las que te dan ganas de follar con rudeza hasta romperlas.

El amigo al otro lado soltó una carcajada.

—jajaja… eres un viejo verde, pero no creo que sea para tanto —decía el receptor.

Me aproximaba lentamente por la pared hasta llegar a una ventana de vidrios corredizos y que estaba ligeramente abierta y tenía la persiana levantada a tres cuartos.

Pude ver que estaba encerrado en la sala de consulta y tenía al perro en una especie de mesa haciéndole unas revisiones y hablaba de lo más campante a través del altavoz del teléfono.

—Jajaja… acaso no crees en lo que te digo, ¿dudas de este buen hombre?

—Tal vez hombre, pero ¿bueno?, no lo creo —se escuchaba la carcajada del tipo en el teléfono, por la broma que hacía

—Jajaja… Es verdad macho, es la pelirroja blancona, que me mostraron el otro día en el evento ese. Ya sabes, de esas flaquitas que llevan todo en su sitio sobre todo ese culito —mientras hacía una mueca de deseo.

—No recuerdo bien, pero a juzgar por lo que dices… Ver para creer, macho —retaba el interlocutor.

—Jajaja… ¿no me crees?, dame un minuto, le tomo foto y te la mando para que veas. No cortes —decía, mientras se alejaba y abría la puerta.

Frente a ella se veía la pequeña sala de espera en la que estaba mi novia, sentada cruzada de piernas, esperando mientras veía su móvil.

El viejo con el móvil en la mano le tomó rápidamente una foto desde el umbral donde estaba aprovechando la distracción de ella, para luego desde el umbral de la puerta hablarle a mi novia y pedirle que por favor le pase un sobre azul que estaba sobre una repisa flotante al costado de ella.

Clarisse sorprendida y servicial como es, rápidamente se puso en pie y se giró a buscar lo pedido.

—está en la última repisa —decía el viejo.

Y aprovechó que ella se estiró a buscar, para sacarle una foto de espaldas de cuerpo entero.

—Es ¿este? —dijo ella, con un sobre en la mano y se giró caminando para entregárselo al viejo.

—Sí, muchas gracias guapa, lo necesito para agilizar el tema de la adopción, ya casi está, unos minutos más por favor —y se alejó a encerrarse en su sala de consulta.

Al cerrar la puerta y con celular en mano hacía muecas de típico viejo verde mirón, disfrutado lo que veía.

—Tío ya está, te envié las dos que tomé. ¿Verdad que está rica? eehhh…

—Ooh… jo jo… tenías razón cabrón, está todo en su sitio —respondió el desconocido.