EL VETERINARIO 2
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Bebimos, bailamos, reímos. Todo era ligero y agradable. Sofía bromeaba sobre “lo bien que nos iba a asentar el matrimonio” y Clarisse y yo nos reíamos en complicidad con muestras de cariño.

Volvimos a casa pasada las dos de la mañana. Hicimos el amor de manera más desenfrenada, esta vez con más pasión. Clarisse estaba entregada. Me besaba con fuerza, me arañaba la espalda, gemía mi nombre.

Supongo era un poco el efecto del alcohol que llevaba encima. Quise aprovechar para experimentar un poco más en lo sexual, pero ella a pesar de su estado y todo lo aturdida que estaba por el licor, mantenía esa convicción reacia a ciertas proposiciones sexuales.

Al día siguiente era ya cerca de medio día, estábamos en la cocina compartiendo el desayuno en silencio ritual.

Yo preparaba el café mientras Clarisse, descalza y con una de mis camisetas viejas, untaba mermelada y mantequilla en las tostadas.

Parecía una mañana perfecta, pero sentía que ella quería decir algo.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Mmm… —Esbozó—. Sí, es solo que estuve pensando…

—Sí, qué sucede —dije, llevándome una tostada a la boca—. ¿Es sobre la revista? —pregunté, mientras mascaba.

—No… —dijo, dándole un sorbo a su café.

—Entonces —dije, con cierta preocupación.

—He estado pensando —me dijo, mientras miraba a la nada—. En los sucesos de estas noches —soltó de golpe, dejando su taza en la barra.

—¿Lo de los ruidos? —le dije, buscando su mirada.

—Sí… —dijo con cierta angustia—. Por la noche cuando ya te habías dormido, volví a escuchar ruidos raros en el descansillo. Como si alguien rozara la pared o tanteara la puerta otra vez.

—Entiendo, amor —dije, mientras tomaba una mano libre de ella—. Mañana mismo hablo con Rafa para instalar un sistema de vigilancia en el departamento.

—Ok, pero eso no es suficiente —dijo, entrelazando mis manos con las suyas.

—¿Qué quieres decir? —le dije, haciendo un gesto de duda.

—Digo que debemos tener un guardián —dijo, mostrándose animada—. Un perro… un perro nos daría el aviso antes de que nadie toque la cerradura.

Dejé suavemente sus manos y suspiré, mirándola con una mezcla de escepticismo y ternura.

—¿Un perro, Clari? En un piso de 80 metros y con los horarios que llevamos los dos… No sé yo. Un animal exige mucho tiempo, comida, paseos, veterinarios, etc.

—Sé perfectamente lo que implica, Martín —replicó ella de inmediato, cruzándose de brazos y mirándome con determinación—.

Recuerda que en casa de mis padres siempre tuvimos mascotas, sé lo que es cuidarlos y educarlos.

No es un capricho por el susto. Además, piénsalo: cuando tú te quedas hasta las mil en el estudio o viajas por los proyectos, yo me quedó aquí sola.

Un perro no sólo vigilaría, también me acompañaría cuando salgo por las tardes a trotar. Nos cambiara la vida para bien.

Me apoyé en la mesa, sopesando sus palabras. Sus argumentos eran sólidos y ver el brillo de convicción en sus ojos azules, mezclado con esa necesidad real de sentirse segura en nuestro propio hogar, empezó a derribar mis defensas.

—Supongo que tienes razón —respondí, derrotado por su mirada.

—¿Entonces…? —dijo, frunciendo el ceño.

—Tengamos uno.

—¿Seguro…? —decía, viéndome a los ojos con cierta incredulidad.

—Sí, porqué no —dije, más animado—. ¿Pero…?

—Pero ¿qué? —se apresuró a interrogar.

—Pero ¿Dónde encontramos un lugar de confianza? Para conseguir un perro —dije, mostrando duda.

—¡Ah! Es eso… —dijo, llena de alegría—. Sofía me recomendó un sitio bueno. Un albergue veterinario que tiene muy buena fama. Se llama Clínica Veterinaria del Centro. El dueño es un señor mayor muy amable, según ella. Se llama Don Vicente. Dice que es experto y paciente.

Mi sangre se heló (no sabría describir mis gestos), casi escupo el café de la boca.

—¿Vicente? —repetí, frunciendo ligeramente el ceño—. ¿Sofía lo recomienda?

—Sí. ¿Lo conoces?

—Sí —dije por fin—. Lo conozco.

Clarisse me miró extrañada.

—¿Qué pasa? ¿Es malo? —y su carita dibujo un gesto de duda

—No… —mentí—. sólo he oído cosas. Que es un poco… raro.

—Sí —dijo Clarisse con naturalidad—. Sofía dice que es un poco raro pero muy bueno en su trabajo. Podemos ir el lunes a ver. ¿Te parece?

La miré. Ella parecía ilusionada. No vi nada raro en su expresión. sólo entusiasmo.

—Está bien —acepté—. El lunes vamos. Si encontramos un cachorro que nos guste, nos lo llevamos.

Clarisse rodeó la mesa y me abrazó por detrás, besándome la mejilla.

—Gracias, amor. Va a ser genial. Vamos a ser una familia de tres.

Sonreí y la abracé.

Esa noche, mientras mi novia dormía con su culo redondo pegado a mí, yo me quedé despierto mucho rato. Y las palabras del viejo volvieron a resonar en mi cabeza. «Me voy a coger a esa pelirroja».

Clarisse era de origen irlandés. Su madre era irlandesa de Cork, pero su padre era español.

Se habían mudado a España cuando ella tenía ocho años.

Por eso tenía ese pelo pelirrojo natural tan intenso, esos ojos azules claros y esa piel clara y pálida que se sonrojaba fácilmente.

A pesar de haber crecido en España, conservaba ciertos rasgos de su origen: una forma de hablar directa cuando quería, aunque educada, y una belleza que destacaba entre la gente del sur.

La conocí en la universidad. Yo estaba en tercero de Arquitectura y ella en segundo de Filología.

Nos presentaron en un evento de facultad.

Ella estaba sola en una esquina, con un libro en la mano (incluso en un evento), y yo me acerqué porque me llamó la atención esa combinación de belleza llamativa y actitud reservada.

Hablamos toda la noche. Me sorprendió su inteligencia tranquila y esa forma elegante de rechazar las tonterías de los demás sin ser borde.

Empezamos a salir poco después. Al principio ella fue muy cauta, como era su carácter.

Tuvimos que conocernos bien antes de que confiara del todo en mí.

Y cuando por fin nos acostamos, fue con esa mezcla de timidez y entrega que me vuelve loco.

Ahora, tiempo después, seguía teniendo ese efecto en mí.

Trabajando más de tres años en Securitas Global me permitió saber qué sistema quería para mi hogar.

El lunes fui al trabajo sólo para unos papeles, luego llamé a Rafa y le pedí que me facilitara los equipos y así esa misma mañana yo mismo instalé el sistema de videovigilancia y sensores.

Todavía se me daba muy bien configurar redes, grabadores NVR y cámaras IP.

Ese día monté un sistema avanzado para la seguridad de mi hogar.

habían pasado las horas y Clarisse llegó a casa cerca de las cinco de la tarde, venía como apurada y con ese entusiasmo que la caracteriza cuando va a obtener o experimentar algo nuevo.

—¿Estás listo? —me preguntó, dándome un beso rápido.

Yo asentí, agarrando las llaves del coche. Entre extrañado y divertido al verla así.

Aunque dudé un segundo. La idea de volver a ver a Vicente no me gustaba nada, pero al mismo tiempo no quería dejar a Clarisse fuera sola. Después de lo que había oído en el evento y de cómo la había mirado en aquella foto, prefería estar cerca.

Nos pusimos en marcha. Clarisse se había cambiado y llevaba unos shorts cortos de lino, sutilmente holgados color beige que le marcaban el culo compacto y redondo de forma casi perfecta, junto con una camiseta blanca de algodón que se ajustaba suavemente a sus tetas medianas y firmes.

El cabello pelirrojo suelto, con esos reflejos cobrizos que brillaban cuando le daba el sol.

Mientras conducía, no pude evitar mirarla de reojo.

estaba preciosa, como siempre. Elegante incluso vestida de forma casual.

Mientras íbamos en el coche, Clarisse estaba especialmente habladora y entusiasmada. Yo sonreía intentando seguir lo que me decía. Y pensaba en esa gran casualidad… que Sofía diera esa recomendación.

Legamos a la clínica que estaba en la calle Mayor, en un local antiguo con la fachada un poco desconchada. El cartel decía «Clínica Veterinaria del Centro – Don Vicente». Cuando aparcamos, Clarisse se quedó un momento mirando el edificio.

—Tiene muy buena pinta —comentó.

—Vamos a entrar y ya vemos —dije, poniendo mi mano en su espalda baja de forma protectora.

Al cruzar la puerta, no había nadie en la recepción.

El lugar parecía vacío. sólo nos recibió el olor a desinfectante y comida de animales.

Clarisse arrugó ligeramente la nariz. Ella era muy higiénica y siempre notaba ese tipo de detalles.

Yo le rodeé la cintura con el brazo y la atraje un poco hacia mí, un gesto inconsciente de protección.

—Qué raro —dijo Clarisse, mirando alrededor—. Sofía me dijo que siempre había alguien y atienden hasta tarde.

Esperamos unos minutos. Nadie salía. Entonces , desde el fondo del pasillo, empezamos a oír sonidos extraños: especie de gemidos ahogados, golpes rítmicos contra alguna superficie, y una voz ronca masculina murmurando algo que no alcanzábamos a entender.

Clarisse frunció el ceño.

—¿Qué es eso? —preguntó bajito.

Yo también estaba extrañado. Toqué la campañilla de la recepción varias veces.

Al cabo de unos segundos, se oyó movimiento al fondo.

Una mujer morena de unos 30 años, salió acomodándose la chaqueta con prisa.

Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados y una expresión claramente incómoda.

Se estaba abrochando el último botón de la blusa y se pasó la mano por el pelo intentando arreglarlo.

—Buenas tardes —dijo, forzando una sonrisa profesional—. Disculpen la espera. ¿En qué puedo ayudarles?

Clarisse y yo nos miramos. Era evidente que habíamos interrumpido algo. La mujer (que luego supimos que se llamaba Laura) tenía las mejillas sonrojadas y caminaba con cierta rigidez.

—Venimos por adopción —dijo Clarisse, todavía un poco desconcertada.

Laura asintió rápidamente.

—Claro, déjenme avisarle al doctor —y procedió a llamar por el teléfono. —Don Vicente, hay una pareja que quiere adoptar.

Unos minutos después, apareció él. Salió del pasillo del fondo limpiándose las manos en una toalla gris.