EL VETERINARIO 1 #2
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La otra, la joven de la panadería, esa fue más fácil: le dije que tenía que revisar a su perra y mientras la perra estaba en la camilla le metí dos dedos en el coño.

Se corrió gritando mi nombre. Luego le comí esa boca y le metía la polla. Le abrí el culo esa misma tarde.

Sergio reía bajito.

—Y la que más te ha costado últimamente…

—Todavía no la he probado —dijo el viejo—.

Pero la tengo en el punto de mira. Esa pelirroja alta de la foto.

La que está con el chaval ese. Parece ser una presa imposible, pero las más difíciles son las que más rico saben cuando caen…

eso no tiene precio. Me voy a coger a esa pelirroja.

Y su novio se va a enterar tarde. O quizá… quizá le guste verlo.

Me quedé helado. Un hormigueo me recorrió todo el cuerpo. Una sensación involuntaria. Traicionera. Tuve el incontrolable impulso de moler a golpes a ese viejo idiota, pero me contuve.

—sólo es un bocazas—me dije a mi mismo.

Rafa que vio mi reacción, me dio una palmada en la espalda.

—Tranquilo, tío. Es todo charla de borrachos y viejos verdes. Clarisse es una santa. Te ama. Ese viejo no tiene ni una puta oportunidad con ella.

Asentí. Me reí. Pero las palabras del viejo se me clavaban: «parece imposible… las más difíciles son las que más rico saben cuando caen». «Me voy a coger a esa pelirroja».

Me fui pronto. Rafa se quedó bebiendo. Esa noche conduje hasta casa con una sensación incómoda en el estómago. Las palabras de Vicente y, sobre todo, la forma en que había mirado a Clarisse en la foto, no se me quitaban de la cabeza.

Cuando abrí la puerta del portal y subí las escaleras, ya se me había pasado un poco el enfado, pero seguía con esa sensación rara.

Metí la llave en la cerradura y, antes de que pudiera girarla, la puerta se abrió desde dentro.

Clarisse me abrió. Llevaba la misma camiseta holgada que la vi ponerse y unos pantalones cortos que le marcaban el culo redondo y respingón.

El cabello pelirrojo suelto. Me abrazó y me besó con esa dulzura que le caracteriza.

En ese momento olvidé por completo la escena con Vicente.

—Hola, amor—su voz sonó algo ronca—. Lo siento, de verdad hasta ahora terminé. Ha sido un infierno el servidor. Quería ducharme, cambiarme y plantarme en el coctel. No me ha dado la vida.

—Oye, mírame —le dije, sentándome en el sillón tomándola de las manos—. No pasa nada, de verdad. Mira esto.

Clarisse parpadeó, enfocando el trofeo. Una sonrisa tímida y aliviada empezó a dibujarse en su rostro.

—¿Ganaron? —preguntó y sus ojos brillaron con una emoción real por primera vez en todo el día.

—Ganamos —afirmé, jalándola hacia mí haciéndole sentar en mis piernas—. Así que ahórrate las disculpas. El lunes celebramos como se debe, tú libre de entregas y yo con el proyecto financiado.

Seguimos la conversación en la cama.

—¿Qué tal el evento? —dijo, recostada sobre su mano.

—Aburrido —mentí—. Rafa aprovechó la barra libre y se emborrachó, como siempre…

Después de unos minutos de charla ella sonrió y se apretó contra mí. Sus tetas firmes se apoyaron en mi pecho, acurrucada escondiendo la cara en mi cuello.

El calor de nuestros cuerpos abrigaba el momento. Nos quedemos en silencio, disfrutando de esa intimidad tranquila que da el hogar después de un día agitado. El roce de sus manos, la respiración acompasada y el peso de su cuerpo sobre el mío me hacían sentir que sólo era mía.

la besaba de manera apasionada mientras le desprendía la camiseta, quedando con ese sujetador negro que en nada quedó por ahí tirado.

Ella suspiraba mientras le comía las tetas, esas tetas de pezones rosados que cuando se empitonaban me gustaba chuparlos hasta dejarlos muy sensibles. No sé porque ese día en particular me sentía muy cachondo. Con una dosis de adrenalina y morbo que Clarisse notó rápidamente.

—Como estás hoy… mmm… cariño… —dijo, entre suspiros.

—Tú me pones así —le dije.

La hice acostar de espaldas y bajando con besos por su vientre le quité la braga, besaba sus piernas avanzando con sutileza por el interior de sus muslos. Ella volvía a suspirar…

—Ahhh… amor, como me tienes… —dijo, entre gemidos.

Entonces decidido avanzaba por el interior de sus muslos, metía mi cabeza buscando su coño, tomándola por el culo con ambas manos la acomodaba para que mi lengua intentara llegar a sus labios húmedos y, empezar así, a probar su coño.

—No… no quiero… —dijo ella y alejó mi cabeza suavemente con sus manos, cerrando sus piernas en sincronía.

—sólo esta vez —le dije—. Quiero probarte, sólo esta vez.

—No amor, ya te dije que eso no —me dijo—. Sabes que me da vergüenza que estes viendo directamente ahí.

—Pero… —alcancé a decir

—Me da como… cositas —dijo—. Además, ni siquiera estoy depilada.

—Entiendo —le dije, con una sonrisa de comprensión.

Continué recorriendo su cuerpo, besando cada rincón de sus pechos, mis dedos hábiles recorrían entre su vello púbico buscando la piel expuesta de su coño caliente y húmedo, ella acariciaba mi cabeza con los dedos clavados entre mis cabellos.

—Que mojada estás—le dije, y separando sus piernas me hundí en ella besándola con pasión.

—Ahh… mmm… aahh…!!!—gimoteaba ella, empezando a gemir acompañando mis embestidas.

—Me encantas —dije, entre gemidos.

—Ahh… aahh… mmm…Martínnn…—gemía, ella—. Así… aahh… mmm..,

—¡Ahh… hhh… Clarisse…! —dije, luego de unas buenas embestidas, caía agitado sobre ella, con mi rostro entre su cuello y pecho, y mi polla dentro de su coño, me corrí dentro de ella.

Nos dormimos muy tarde, abrazados, dejando que el cansancio nos ganara. Cuando desperté, ya había amanecido.

El transcurso de la semana fue normal. Casi perfecto, en realidad.

Ese mismo lunes fuimos a celebrar con una cena especial.

Yo había cerrado el proyecto importante de arquitectura por el cual me habían premiado a mí y al estudio.

estaba contento, con esa sensación de logro que me llenaba de energía.

Clarisse estaba orgullosa de mí. Y también aprovechemos en celebrar lo de Clarisse con la revista.

Recuerdo que esa noche hicimos el amor. Fue cariñoso, como siempre entre nosotros. Clarisse estaba especialmente afectuosa. Me besaba con ganas, me abrazaba fuerte después, me susurraba al oído que me quería. No había nada raro. Nada que me hiciera sospechar que algo iba a cambiar.

Los días siguiente fueron tranquilos. Clarisse trabajaba en la revista local, escribiendo artículos de cultura y literatura.

Llegaba a casa con historias divertidas de sus compañeros, me contaba como le había ido el día.

Yo le hablaba de mis planos y proyectos, de las reuniones.

Cenábamos juntos, veíamos series, hacíamos planes para el futuro: un viaje a la playa, quizá comprar una casa más grande algún día.

Ella era la misma de siempre: Elegante, culta, un poco reservada en lo sexual, pero cariñosa y detallista. Me dejaba notitas en el refrigerador, me preparaba café por las mañanas, me abrazaba por detrás cuando yo estaba trabajando en el ordenador.

Yo me sentía afortunado. Nuestra relación era sólida, con sus altibajos normales, pero con un amor real.

No tenía ni idea de que, sólo una semana después todo iba a cambiar.

El viernes habíamos quedado con un grupo de amigos en común: Sofía (la amiga de Clarisse), su novio y un par de compañeros míos del mundo de la arquitectura. Fuimos a un bar de copas en el centro, uno de esos sitios con música en vivo y ambiente relajado.

Clarisse estaba guapísima esa noche. Llevaba un vestido negro ajustado que le marcaba las curvas, el pelo suelto y un maquillaje sutil pero elegante.

estaba de muy buen humor, riendo, hablando y bailando con Sofía.

Yo la miraba orgulloso. En un momento, mientras estábamos en la barra, me abrazó por la cintura y me besó.

—Te quiero —me dijo al oído—, Gracias por este día.