EL VETERINARIO 1
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EL VETERINARIO

EL VETERINARIO

Por Mk. SpaceLord

© inepub.com

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El caminar nervioso de Clarisse por la sala me decía que la tarde se iba a torcer antes de empezar.

Estábamos en nuestro piso, yo terminando de abrocharme los puños de la camisa y ella sentada al borde del sofá.

Contemplé su cuerpo semidesnudo sobre el sillón, llevaba un sujetador de copa negro y unas bragas tipo bóxer del mismo color, sus largas piernas, su cabello recogido alto de estilo desenfadado con mechones sueltos enmarcando su rostro, la cintura pequeña, el vientre liso,

las formas curvas de su culo, el tono claro y pálido de su piel.

El ordenador echaba humo sobre la mesa baja y un café ya frío que no había vuelto a probar. Faltaba apenas una hora para que arrancara el segundo día de la gala en el Palacio de Congresos y su vestido negro seguía colgado de la puerta del armario, todavía con la etiqueta puesta.

—Martín, de verdad, es que me quiero morir.

No me da la vida, te lo juro —soltó de golpe, tapándose la cara y ocultando esos ojazos azul claro con las manos—.

Mira esto. El maquetador me acaba de enviar la última prueba de imprenta y es un desastre absoluto.

Hay tres artículos con las líneas descolgadas y las páginas de publicidad están desordenadas.

Me acerqué y le puse una mano en el hombro, intentando calmarla.

—A ver, cariño, respira. ¿Pero no se suponía que el cierre de la edición impresa de Tinta Local era el domingo? Todavía queda margen.

Ella se levantó con dirección a la habitación. Y la vi moverse, su hermoso culo compacto, redondo y respingón, unas tetas medianas pero firmes que se movían al compás de su respiración, cabellera pelirroja natural… ¡Joder que pibón!

—¡Qué va, qué dices! —exclamó desquiciada, levantando la mirada con los ojos inyectados en sangre—.

Esa era la teoría. Pero el redactor jefe, que es un jodido neurótico de la vieja escuela, se ha enterado esta tarde de que la imprenta cierra por mantenimiento el sábado por la noche.

Si las pruebas de galera no están validadas, subidas al servidor y firmadas digitalmente antes de la medianoche de hoy, nos saltamos el turno.

¿Sabes qué significa eso? Que la revista sale una semana tarde, perdemos los patrocinadores locales y a mí me crujen viva.

Llevo tres meses currando como una cabrona en esta sección y no puedo cagarla ahora.

—Joder, menuda faena… Pero, ¿no te pueden echar un cable los de redacción? No eres la única graduada en literatura ahí metida.

—¿Los de redacción? ¡Si están todos de capa caída!

—dijo soltando una risa amarga mientras se colocaba una camiseta mía—El jefe ha metido una plataforma web nueva para iniciar la dichosa transición digital y los redactores más mayores no pillan una.

No saben ni subir un PDF interactivo. Me toca comerme el marrón doble: revisar las erratas del papel y maquetar los artículos en el puto gestor de contenidos nuevo.

Si me piro contigo al evento de arquitectura, dejo tirados a los chicos de diseño y el lunes tengo la carta de despido sobre la mesa.

vete tú, por favor. Tienes que estar ahí, vuestro proyecto de vivienda sostenible se merece ese premio.

—Ya, pero ir sólo me da un palo tremendo, además es el último día, Clari… Habíamos quedado en ir juntos.

—Que no vas sólo, pesado, que vas con Rafa —me recordó, suavizando un poco la voz y dándome un beso rápido en la mejilla—. Anda, termínate de vestir y vete ya, que vas a llegar tarde por mi culpa. Prometo que, si terminó antes de las doce, te pillo el relevo en las copas de después.

Media hora más tarde, me bajaba del auto en la entrada del Palacio de Congresos.

El sitio estaba hasta arriba. Había un despliegue de luces brutal que bañaba la fachada acristalada y docenas de arquitectos trajeados postureando con copas de champán en la mano.

Nada más cruzar las puertas de vidrio, me topé con Rafa, que me esperaba apoyado en una columna, luciendo una americana que le quedaba un pelín grande y su habitual cara de estar analizándolo todo.

Rafa es mi mejor colega de toda la vida.

Actualmente curra como director de infraestructuras y ciberseguridad en Securitas Global.

Lo que poca gente del sector sabe es que, antes de que yo terminara la carrera de arquitectura y trabajara en el actual estudio «Anamorfis» (estudio de arquitectura táctica), estuve unos años trabajando con él en esa misma empresa de seguridad.

Entré haciendo diseño técnico de planos de evacuación y replanteo de cableado estructurado, pero pasé tanto tiempo metido en el departamento técnico que aprendí un huevo sobre matrices de vídeo, cableado estructurado, configuraciones de red y sistemas integrados de CCTV.

Aún hoy, cuando diseño un edificio, tengo la deformación profesional de calcular los ángulos muertos y pensar dónde meter las cámaras domo o cómo blindar los servidores físicos.

—¡Hombre, el futuro premiado! —me saludó Rafa, dándolo una palmada en la espalda—. Ya pensaba que te habías acojonado y no venías. ¿Dónde dejas a Clarisse? Mira que tenía ganas de que viniera para ver si me presentaba a alguna de sus amigas culturetas de la revista.

—Nada, tío, un desastre —le contesté mientras caminábamos hacia el vestíbulo principal, le conté porque no vino.

Una hora más tarde Rafa ya iba por la cuarta cerveza. Yo me había quedado con una sola. Estábamos cerca de la zona de networking cuando vi a Vicente.

El viejo veterinario de la ciudad estaba allí, hablando con un grupo de hombres cerca del stand de una empresa de cerraduras electrónicas.

62 años, 1,60 de altura aprox, barriga prominente que le colgaba sobre el cinturón, cabello corto gris y canoso algo grasiento, aspecto descuidado.

Llevaba una camisa blanca y pantalones que parecían no haber sido planchados.

No tenía nada que ver con el ambiente del evento. Parecía fuera de lugar.

No le di importancia al principio. Lo conocía de vista porque era el veterinario de referencia en la zona, pero nunca habíamos hablado.

Habrán pasado cerca de 20 minutos y Rafa, ya bastante más tomado, me dijo que iba al baño.

Yo también aproveché en ir, él salió primero, yo me quedé un poco más atrás, revisando unos folletos de sistemas de videovigilancia que me entregaron.

Al cabo de un rato, Rafa volvió con la cara roja y los ojos brillantes.

—Martín, Joder, tienes que oír a este cabrón —me dijo tirándome del brazo.

Me arrastró un poco más cerca del grupo. Vicente estaba en el centro, hablando con voz grave y segura, rodeado de tres o cuatro hombres de mediana edad. Uno de ellos era Sergio, su amigo de siempre.

—…y la última, la de la peluquería —decía el viejo—, me la follé en el almacén de la clínica.

Tenía el coño apretado como un puño. Le metí la polla, mientras le decía al oído que era bien puta por dentro, aunque pareciera una señora decente.

Se corrió sólo con eso. Luego le abrí el culo.

Le saqué algunas fotos con el móvil mientras tenía el agujero abierto, goteando mi leche.

Ahora viene cada jueves «a por medicinas para el gato».

Los hombres del grupo reían, algunos nerviosos. Vicente bebió de su cerveza y continuó:

—Las mujeres de esta ciudad están todas deseando que alguien las rompa un poco.

La mayoría están con tíos que no les dan lo que necesitan.

Yo se lo doy. Y cuando les abro el culo…

Joder, se quedan con un agujero que luego se pasan días recordándome.

Me guardo fotos de cómo queda después. Son para mi colección.

Rafa, borracho perdido, se metió en la conversación sin ningún pudor.

—Viejo cabrón, eres un puto mito andante. A ver si es verdad lo que se rumorea. hay una amiga, Sofía, está buenísima, ¿la conoces? Morena, curvas generosas, 1,70. Le enseñé una foto a mi colega aquí —señaló hacia mí— y casi se le cae la baba.

Sofía era una amiga de Clarisse, era la típica bala perdida entre sus amigas.

Vicente giró la cabeza lentamente. Sus ojos pequeños me recorrieron un segundo y luego se fijaron en Rafa.

—Enséñame esa foto, muchacho.

Rafa, sin pensarlo dos veces, sacó el móvil y abrió la galería.

La foto era de las tres amigas: Sofía en el centro, riendo con su escote generoso; Mariana a la izquierda, menudita y rubia con un estilo de ropa casual y elegante; y Clarisse a la derecha, sonriendo con esa elegancia suya.

Llevaba un jersey azul marino ajustado que marcaba sus tetas medianas y firmes, y unos leggins que le ceñían el culo compacto y redondo de forma que resultaba imposible no mirarlo.

El viejo cogió el móvil con sus manos grandes.

Se puso las gafas de cerca y miró la pantalla durante bastante tiempo.

Pasó el dedo despacio, ampliando primero sobre Sofía, me pareció verle dibujar una mueca de burla.

Y luego se detuvo de más ampliando la cara de Clarisse, luego bajando por su cuerpo: las tetas, la cintura, el culo marcado, las piernas larguísimas.

Su expresión cambió. Ya no era sólo burla. Era lujuria, cálculo. Depredador puro.

—Esta pelirroja… —dijo despacio, casi para sí mismo, pero lo bastante alto para que yo lo oyera.

Mi estómago se encogió. La rabia me subió por el cuello. Quise ir y quitarle el móvil. Pero me quedé quieto, fingiendo que revisaba unos folletos.

Rafa se rio como idiota.

—La pelirroja es la novia de mi amigo aquí, así que ni se te ocurra tocarla. Pero el reto está lanzado por Sofía.

Vicente devolvió el móvil con esa sonrisa lenta y lobuna.

—Acepto el reto de coña, muchacho. Pero yo elijo a cuál. Y cuando elija… ya veréis —dijo, soltando una sonora carcajada y se rio con los otros hombres.

Rafa volvió hacia mí tambaleándose.

—Joder, Martín, el viejo es un puto personaje. Dice que tiene una polla de veinte centímetros gruesa y que le encanta follar culos y guardarse fotos de los agujeros abiertos como trofeos. Tiene una técnica de depredador, dice.

Me reí con él por fuera. Por dentro estaba ardiendo por lo último que dijo el viejo.

Más tarde, mientras Rafa seguía bebiendo, me acerqué un poco más al grupo. Vicente ahora hablaba más bajo con Sergio, pero lo bastante alto para que yo captara fragmentos.

—…la de la farmacia la convencí de a pocos, persuadiéndola juguetonamente.

Le robé un beso en la trastienda y se mojó sólo con eso.