CAPÍTULO 17 EL VACÍO ESTELAR Y EL CORAZÓN INVERTIDO
Flotaba.
El espacio a su alrededor no era el negro del cielo nocturno: era una ausencia sólida, líquida, que respiraba.
Bajo sus pies —donde no había pies—, una alfombra de sombras palpitaba al mismo ritmo enfermizo de la noche colonial.
El abismo estaba salpicado de miles de pupilas desgarradas, ojos vítreos que flotaban en el éter como los huevos de una araña abisal.
Algunos parpadeaban. Otros se limitaban a observar.
En el epicentro, suspendido por tentáculos de niebla estranguladora, giraba el Prisma Negro.
No era un objeto. Era una ausencia esculpida en la realidad.
Tandy percibió cómo la propia luz era succionada hacia su interior, y lo que escupía de vuelta era un fulgor púrpura gangrenado, pulsátil como un tumor.
El hedor a cobre se condensaba en gotas calientes de ámbar que flotaban a su alrededor: el sudor de una estación espacial del infierno.
El brazo izquierdo de Lucas —la geoda de cristal negro— vibró. Tandy oyó el zumbido grave que parecía subir de los huesos del chico. La frecuencia era la misma que la del Prisma.
—Siente la llave. Está llamando.
La Llave de Sombra estaba fundida al cristal de la palma izquierda de Lucas; los dedos, inmóviles, estaban envueltos en ámbar. La llave brillaba débilmente, proyectando runas espectrales: los mismos glifos coloniales que habían infectado a Diana.
En la mano derecha, Lucas aún empuñaba la barra de hierro. Tenía los nudillos blancos de tanto apretar.
Tandy ignoró las pupilas flotantes. Agarró el brazo derecho de Lucas: el sano.
El contacto fue tenso, pero el calor de su mano contra la piel fría de su compañero era lo único cálido en aquel abismo.
A diferencia de Paulo, que había cedido al luto, y de Diana, que había cedido al miedo, ellos aún se aferraban el uno al otro.
Paulo le había dicho «sí» a un dolor que ya había muerto: un padre al que la piedra había llegado demasiado tarde para salvar.
Si alguien allí iba a decirle «sí» a algo, pensó Tandy, sin atreverse a completar su propio pensamiento, que fuera por quien aún estaba vivo.
—¿Qué hace esa llave?
La voz de Tandy sonó hueca, masticada por el vacío. Lucas no respondió. Sus ojos estaban clavados en el Prisma. Un hilillo de sangre resbaló de su nariz y, ante la falta de gravedad, se condensó en una esfera roja perfecta que orbitó entre los dos.
—Sangre de tributo. Sangre de puerta. —La voz de Lucas sonó sombría, como si acabara de entender la macabra broma del universo—. Utilizaron el dolor para entrar en este mundo, profesor. Nosotros vamos a usar el dolor para mandarlos de vuelta.