EL VELO ROTO CAPÍTULO 16 EL PACTO BIOLÓGICO Y EL ECO DEL PASADO
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CAPÍTULO 16 EL PACTO BIOLÓGICO Y EL ECO DEL PASADO

Las manos de Diana chispeaban en la penumbra de la cabaña, goteando un caldo escarlata que humeaba al tocar el suelo de tierra batida.

—Él es tan generoso, Paulo. —Su voz era un dúo: dulce y metálica, como miel vertida sobre el filo de una hoja—. Solo unas gotas calientes... para sellar nuestra morada.

—¡Aléjate de mí! —Paulo retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared de barro y cañas.

—¿Por qué? ¿Para que puedas volver a llorar en una tumba vacía?

Ella aplastó el bloque de ámbar contra su propio pecho. El artefacto se disolvió, absorbido por el esternón, y la cicatriz del Prisma Negro se grabó en el hueso como un sigilo incandescente.

—Él solo necesita raíces para caminar. —Diana sacó un cuchillo gastado de desollar ganado—. Solo un tajo. Deja que Él entre y la muerte se acabará hoy.

Paulo miró hacia la ventana. Hacia la tumba poco profunda donde su padre se había podrido. El luto y la desesperación aniquilaron lo que quedaba de su razón.

—¿Qué tengo que hacer?

—Extiende el brazo.

Él lo extendió. La hoja bajó. El trazo rojo se abrió en la piel, y las palmas cristalizadas de Diana descendieron sobre él como garras benditas. Unas larvas translúcidas saltaron de las heridas de ella al torrente sanguíneo de él.

El impacto fue un relámpago de dolor blanco. Los ojos de Paulo se pusieron en blanco. El pacto estaba sellado.

La memoria chasqueó como la cinta de un proyector quemándose.

La escena avanzó: la cabaña vacía. Paulo se despertó en el suelo, solo, con una cicatriz de cristal negro en el antebrazo. Dentro de su cabeza, unas voces ya operaban al unísono: cavar, abonar, matar para cosechar. El primer Jardinero había nacido de la añoranza de un hijo.

Días después, unos pescadores indígenas encontraron el cadáver de la madre de Diana en el lodo del río.

Ya no era humano. La anciana había sido diseccionada y reensamblada de forma obscena, con los huesos vitrificados envueltos en membranas de ámbar oscuro.

Diana no había salvado a su madre: la había transformado en el primer abono.

Alrededor de la tumba profanada, la tierra infértil parió las primeras flores alienígenas: lirios de cristal púrpura que goteaban aceite.

El mismo aceite. La misma niebla. La misma plaga que, cuatro siglos después, aplastaría São Paulo.

La visión se hizo pedazos. Las imágenes se disolvieron en estática blanca y Tandy fue devuelto al vacío estelar, flotando, con la mano de Lucas aún apretando la suya.

Lucas lo miró con ojos hundidos, en los que brillaba una comprensión nueva y fría.

—Ahora lo sabemos —dijo, con voz ronca—. Qué es Él. De dónde vino. Y cómo se propaga.

La Llave de Sombra, fundida al brazo petrificado, brilló por última vez. Al fondo, el Prisma Negro empezó a girar más deprisa.