EL VELO ROTO CAPÍTULO 15 LA MEMORIA DEL ÁMBAR PRIMORDIAL
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CAPÍTULO 15 LA MEMORIA DEL ÁMBAR PRIMORDIAL

La vibración creció. Tandy sintió que algo tiraba desde dentro de su pecho; no era la gravedad, sino la Llave de Sombra, que ahora cantaba al unísono con el corazón de la pesadilla. Lucas flotaba a pocos metros, con el brazo extendido y la llave irradiando un fulgor púrpura.

—Lucas... ¿qué está...?

Llegó el contacto: no físico, sino espectral.

La mano sana de Lucas se abrió hacia él, y Tandy sintió unos dedos invisibles tocándole el rostro.

En ese mismo instante, el vacío a su alrededor se rasgó de dentro hacia afuera.

Un destello inverso los engulló y los arrastró hasta las memorias grabadas en el ADN de la Entidad.

La noche colonial olía a selva virgen pisoteada por la tormenta y a cobre: el olor de una cacería humana.

Tandy y Lucas estaban allí, como espectros inmóviles ante el origen de la pesadilla.

Por el sendero embarrado, corría una joven. Llevaba el vestido de lino hecho jirones por los espinos; los pies descalzos, sangrando. Contra su pecho no cargaba un bebé, sino un bloque de ámbar en bruto del tamaño de un corazón. La piedra palpitaba, emitiendo una luz esmeralda.

A lo lejos, se balanceaban unas antorchas. Unos hombres con machetes y crucifijos gritaban:

—¡Profanadora! ¡Bruja! ¡Devuelve el corazón de la tierra!

Diana no miró hacia atrás. Divisó una cabaña de barro y cañas, y se arrojó contra la puerta.

Abrió un joven pálido. Sus ojos castaños se desorbitaron al reflejar la luz verde.

—Por caridad, Paulo... —Diana cayó de rodillas. La piedra en su regazo se contrajo —thump-thump— como un músculo en taquicardia.

Paulo cerró la puerta de golpe y echó la tranca.

—Has robado lo que no debías. ¡Nos van a quemar juntos!

—No lo he robado. Lo he liberado. —Se limpió el barro del rostro—. Los curas dicen que la fiebre de mi madre es voluntad de Dios. Pero Dios no conoce a mi madre. Él cura, Paulo. Yo lo he visto.

Paulo dudó. Su mirada descendió hacia la piedra. Hacia el rincón donde su propio padre había agonizado hasta morir.

—Si cura... ¿por qué te cazan como a un demonio?

—Porque nos prefieren muertos y obedientes antes que vivos y enteros.

—Si esta piedra hubiera llegado antes... mi padre...

La rendija de deseo y dolor. El arrepentimiento.

La piedra despertó.

El ámbar hirvió. Unos filamentos verdosos brotaron como agujas de vidrio y perforaron las palmas de Diana. Ella no gritó. Echó la cabeza hacia atrás, con la boca abierta de par en par en un éxtasis abismal.

—Él... Él está dentro de mí ahora... El dolor es solo hambre, Paulo. Y Él promete acabar con ella.

La piel de sus manos se rasgó. Bajo la dermis, brotaron unas venas de cristal negro que subieron por sus muñecas: los mismos glifos del pergamino.

El aire se volvió pesado, metálico.