CAPÍTULO 14 EL PRIMER SACRIFICIO Y EL CAMINO DE LAS ENTRAÑAS
La primera bestia salió disparada del suelo como un misil de quitina. Tandy se lanzó hacia la izquierda, pero el aguijón curvo dio un latigazo, rasgándole el hombro de la chaqueta. Allí donde rozó la hoja sucia de ámbar, la tela humeó. Tandy gritó cuando el ácido le quemó la piel.
—¡APUNTA A LA ARTICULACIÓN! —rugió Lucas.
Avanzó con la barra en la mano derecha. El golpe fue preciso: la punta de hierro acertó en la hendidura entre el cuello de hueso humano y el caparazón.
El impacto fue un chasquido húmedo. El monstruo se desplomó, retorciéndose en el charco de gelatina negra.
Tandy vio, entre los restos, cómo una larva de ámbar del tamaño de una rata se debatía y reventaba en un líquido caliente.
Apartó la mirada, con el estómago revuelto.
—¡Ven! —tiró de él Lucas.
La Corrompida alzó el cetro y siseó:—In nomine famis... sanguis eorum in nobis habitabit... (En el nombre del hambre... su sangre habitará en nosotros).
Las criaturas dudaron, como si aguardasen una orden. Tandy no esperó. Sacó el mapa. Las líneas rojas palpitaban, revelando un pasadizo en la esquina noroeste de la caverna: una membrana casi invisible.
—¡Allí! ¡La membrana! ¡El mapa muestra una salida!
Lucas no hizo preguntas. Se puso delante, con la barra en alto, abriendo camino.
A cada paso, atacaba una criatura. Él no retrocedía: golpeaba.
La barra resquebrajaba la quitina y rompía garras.
Su brazo izquierdo colgaba, inútil, con las venas negras palpitando a cada movimiento. Pero Lucas no se detenía.
—Dadles el tributo de carne... —la voz de la Corrompida llegaba de todas partes, como un susurro litúrgico.
La última bestia saltó. Lucas afianzó los pies, recibió el impacto y, girando el cuerpo, usó la barra como palanca para lanzar al monstruo contra la pared de carne. La criatura se debatió, atrapada en telarañas de ámbar.
—¡Ahora!
Tandy corrió. Alcanzó la membrana violácea y la golpeó con las manos desnudas. El tejido cedía despacio. Lucas clavó la punta de la barra y la rasgó.
No se abrió un túnel, sino la nada.
—¡Salta!
Tandy dudó un segundo —el abismo oscuro, las criaturas a su espalda— y saltó. Lucas saltó justo después.
La gravedad desapareció. Flotaban en un vacío interestelar absoluto, salpicado de pupilas flotantes: galaxias muertas atrapadas en el sistema digestivo de la Entidad. Al fondo, suspendido por tentáculos de niebla, giraba el Prisma Negro.
La grieta se cerró. Pero la Corrompida no se había quedado atrás. Se materializó ante ellos y empezó a deshacerse en enjambres de larvas.
—El vientre... es la tumba... final... —susurró; su voz era un estertor moribundo.
Se desintegró en polvo de ámbar.
En el vacío, Lucas flotaba, con el rostro pálido y los ojos inyectados en sangre. Unas gotas de sudor levitaban a su alrededor. Se miró el brazo izquierdo. Unos cristales de hematita habían sustituido la piel, el músculo y el hueso. El miembro muerto palpitaba en la misma frecuencia que el Prisma.
Y, fundida al cristal en la palma petrificada, la Llave de Sombra brillaba. No la estaba sujetando: era parte de la geoda. Los dedos, inmóviles y envueltos en ámbar sólido, tenían la llave incrustada como un clavo.
—Se cree que nos ha tragado —jadeó Lucas—. Vamos a ver si es capaz de digerir esto.
Alzó el brazo petrificado en dirección al Prisma. La Llave resonó: una vibración que Tandy sintió en los dientes, en los huesos, en el alma.