CAPÍTULO 13 LA CORROMPIDA Y SUS ESPECÍMENES
La caverna respiraba con ellos. Tandy vio las paredes laterales inflarse y contraerse en intervalos rítmicos, exprimiendo una niebla que olía a bilis hervida.
—¡Lucas, espera! —Clavó los dedos en el brazo sano de su compañero y le mostró el mapa. Dos puntos rojos habían aparecido en el pergamino—. El laberinto ya sabe dónde estamos. Ha empezado la digestión.
Un temblor sacudió el techo. La caverna se contrajo como un estómago al recibir veneno. De la unión entre carne y roca, algo empezó a emerger: no con prisa, sino con la solemnidad de una procesión.
Sus miembros se movían con el ruido de cristales rotos triturando hueso.
La Corrompida.
Unas tiras descompuestas de un vestido colonial se mezclaban con los harapos de un manto jesuita; todo fundido a la carne por siglos de simbiosis.
Una medalla de Nuestra Señora, clavada en el esternón, estaba corroída por cristales negros: la santa era ahora una efigie blasfema que vertía lágrimas de alquitrán.
Pero el rostro paralizó a Tandy.
Dos relicarios de plata retorcidos, hundidos en las cuencas, servían de ventanas a un ámbar incandescente que hervía en el lugar del cerebro. La luz burbujeaba, como un horno encendido desde hacía cuatrocientos años.
Alzó un cetro de madera podrida —una cruz invertida— y apuntó hacia ellos.
Su voz no era un grito. Era un susurro que reverberaba en las paredes de carne, un eco de latín macerado:
—Corpus meum... pro vobis... —El sonido era arrastrado, húmedo, como si la lengua fuera una masa de pus—. El diezmo de carne ha llegado. Arrodillaos para la comunión del Ámbar.
Lucas permaneció inmóvil. Tandy sintió su tensión a su lado.
—Sanguis meus... novi pacti... —La Corrompida inclinó la cabeza, con el cuello chasqueando en ángulos prohibidos—. El mesías hambriento acepta el sacrificio. Entregaos. Dejad que Él os deshuese.
Golpeó el cetro contra el suelo de carne.
De las grietas bajo la costra, eclosionó la pesadilla. Unas criaturas del tamaño de perros brotaron de la piedra: cuerpos de quitina negra que usaban cajas torácicas humanas a modo de exoesqueletos. Cráneos alargados, mandíbulas de insecto. De las cuencas vacías rezumaban larvas aladas de ámbar.
—Alimentaos... —susurró la Corrompida, alzando los brazos como una sacerdotisa—. Este es Su cuerpo.
Lucas no esperó a que terminara la bendición.
—Quédate detrás de mí —ordenó, con voz fría, y avanzó con la barra en ristre.
La primera criatura saltó. Lucas la esquivó, el metal cantó en el aire, y el impacto contra la quitina sonó como una campana rota.
Tandy corrió detrás, con los ojos fijos en la Corrompida, que se limitaba a observar, con los relicarios encendidos y la boca moviéndose en plegarias podridas.