EL VELO ROTO CAPÍTULO 12 LA TRAMPA ORGÁNICA
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CAPÍTULO 12 LA TRAMPA ORGÁNICA

La visión del zigurat aún ardía en las retinas de Tandy cuando Lucas lo arrastró hacia un desvío en la pared de carne.

El salón principal estaba infestado: unas figuras encapuchadas se movían entre las columnas de hueso, y el Prisma palpitaba como un corazón enfermo, vigilado por algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

Cruzar así, exhaustos y con el brazo de Lucas pudriéndose, sería imposible.

El nicho que encontraron no era un agujero.

Era una cámara excavada bajo el arco de tres costillas gigantescas y petrificadas, forrada de telarañas densas como algodón mortuorio.

Lucas empujó a Tandy hacia el interior. El frío de la caverna les traspasó la ropa, y el olor a amoníaco les escoció en los ojos.

La oscuridad allí solo se veía cortada por el pulsar púrpura de las venas de cristal.

El brazo de Lucas palpitaba con un ritmo propio.

Tandy observaba esa pulsación anómala bajo la piel, como si algo estuviera gestándose allí dentro.

El cuerpo de Tandy empezó a temblar, y esta vez no era de miedo; era la factura que finalmente le pasaba el cansancio: la extenuación de la marcha, la conmoción de lo que habían presenciado, el frío... todo cobrado de golpe.

Lucas no pidió permiso. Atrapó a Tandy contra su pecho, envolviéndolo con los brazos, apretando ambos cuerpos bajo el fino abrigo.

Ya no se trataba solo del instinto del baño del metro, de dos fuentes de calor pegadas por pura supervivencia.

Ahora había algo más deliberado en el modo en que se cerraban sus brazos, y ninguno de los dos tenía aliento —ni valor— para ponerle nombre a lo que sentían.

Tandy sintió las costillas de Lucas contra su pecho, y el corazón del atleta martilleando rápido, desbocado.

—Intenta dormir —le murmuró Lucas muy cerca del oído, condensando el aliento en una nubecilla blanca—. Yo me quedo de guardia. No conseguiremos nada si te desmayas ahí fuera.

Lucas acomodó la barra de hierro sobre la rodilla, apretando el metal con los dedos de la mano sana: la misma vigilia fría de siempre, disfrazada ahora de otra cosa que no dejaba entrever en su rostro.

—No voy a dormir —protestó Tandy, pero su cuerpo ya cedía.

—Sí que vas a dormir. Solo un poco. Te despierto si algo se mueve.

Tandy no se resistió más. El peso del agotamiento venció y su cabeza cayó sobre el hombro de Lucas. Aquel apagón no fue un descanso: fue su cerebro desconectando el disyuntor.

Las horas se arrastraron, incontables.

Tandy despertó de un espasmo, atragantándose con el aire podrido. Sus ojos desorbitados barrieron la penumbra.

—¿Lucas...?

—Estoy aquí. —Su voz sonó reseca, ronca. No había dormido. Tandy pudo ver sus ojos rojos y sus profundas ojeras.

El brazo herido escocía de una forma distinta ahora. La piel alrededor de la herida ya no estaba solo morada: centelleaba con minúsculos granos negros, como grava brotando desde el interior. Lucas no lo escondió; estaba demasiado cansado para fingir.

—He soñado con la luz del sol, cálida, sobre la mesa de mi salón —confesó Tandy con la voz quebrada.

Lucas no sonrió, pero le apretó el hombro con la mano sana.

—Guarda esa luz. Es la única mierda que esta cosa no puede robarnos.

Tandy sacó del bolsillo la hoja de piel humana.

En cuanto sus dedos la tocaron, el pergamino se contorsionó, rígido, desprendiendo un hedor a carne vieja.

La resina roja se había derretido, reorganizando las líneas.

La pirámide de huesos estaba allí, el Prisma Negro brillaba como un corazón invertido y unas nuevas estrías irradiaban del altar como escarificaciones.

—El mapa... está cambiando solo.

Lucas se acercó con la barra de hierro en la mano. Lo que antes eran túneles ahora era una topografía de vasos sanguíneos, paredes con dientes quitinosos y agrupaciones de larvas arrastrándose en círculos.

—Esto es Su anatomía —siseó Lucas—. El mapa son las venas del bicho. Mira aquí: este es el camino que hemos hecho.

Tandy tocó el centro del dibujo. La piel palpitó contra su dedo, templada como el vientre de un animal vivo.

—No estamos en un laberinto —comprendió, perdiendo la voz cuando una gota de sudor cayó sobre la piel y fue absorbida, generando una nueva línea de sangre—. «Él» es el laberinto. Y esta hoja es el cebo. Nos está guiando para que nos digiera.

La constatación cayó con todo su peso. Quedarse era morir. Volver era imposible.

—Entonces le damos la vuelta a la tortilla —murmuró Lucas con la tranquilidad de los acorralados.

Se pasó la barra a la mano izquierda; la herida, ya petrificada, le dolía menos; era un peso muerto, pero aún le servía de escudo. Con la derecha, le quitó la Llave de Sombra del bolsillo a Tandy. El hierro vibraba con furia.

—Si esta porquería funciona como un sistema circulatorio... —Sujetó la llave como si fuera un puñal, apuntando al «corazón» del dibujo—. ...vamos a provocarle un infarto.

Clavó la llave en la piel.

La reacción fue instantánea. Las venas de cristal de las paredes explotaron en un rojo fuego, emitiendo un aullido luminoso. El suelo se retorció con la violencia de un intestino en espasmo.

Una sección de la pared frontal se rasgó por la mitad, abriéndose como una garganta.

Un túnel nuevo. Paredes de carne pulsante, un suelo liso y un techo forrado con dientes de hueso molido.

—El comedor ha abierto la puerta —se rió Lucas, con un sonido seco. Alzó la barra—. ¿Vamos?

Tandy se tragó el terror.

—Hasta arrancar la última raíz.