EL VELO ROTO CAPÍTULO 11 EL VIENTRE DE LA PESADILLA
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CAPÍTULO 11 EL VIENTRE DE LA PESADILLA

El aire en el corredor había adquirido una densidad casi masticable. Tandy sentía que la humedad se le adhería a la garganta, dejándole un sabor a cobre y bilis. Bajo sus pies, las runas palpitaban a un ritmo cardíaco, absorbiendo la sangre que escurría por las baldosas.

—Esos encapuchados... —susurró Lucas, con su voz áspera arañando el silencio verde—. No es una secta. Es una cosecha. No son segadores, son operarios de matadero.

Tandy no respondió. Su mirada estaba clavada en el brazo izquierdo de su compañero.

El vendaje improvisado estaba empapado y la piel alrededor había adquirido un tono morado anómalo, casi translúcido.

Bajo la superficie, unas líneas oscuras trepaban como las raíces de la sustancia viscosa que habían visto rezumar de las grietas de la calle.

—Lucas... tu brazo.

Lucas echó el brazo hacia atrás, con la mandíbula apretada.—Me arde. Olvídalo. Busca la salida.

Caminaron unos metros más. El cuerpo de Tandy le pedía a gritos que se detuviera: los músculos le temblaban, la cabeza le pesaba. El olor a carne necrosada se intensificó, y provenía precisamente de la herida.

Lucas se detuvo. Apoyó la mano sana en la pared, con la cabeza gacha. Tandy vio cómo sus hombros subían y bajaban deprisa.

—Dame un segundo. Solo un segundo.

Tandy se detuvo a su lado. No había tregua posible, no había mochila abierta. Solo el agotamiento crudo, el silencio verde y el zumbido de las runas.

—No podemos parar mucho tiempo —dijo Tandy, pero su propia voz sonó débil.

—Lo sé.

Lucas alzó el rostro. Tenía los ojos rojos, no de llorar, sino de cansancio y dolor. Se miró el brazo. Los bordes del vendaje se estaban ennegreciendo.

—¿Cómo está? —preguntó, sin mirar a Tandy.

Tandy tragó saliva. Se acercó y, con cuidado, apartó la tela.

La herida había evolucionado más allá de un simple corte: se había convertido en un pequeño cráter de bordes ennegrecidos, y desde sus profundidades algo brillaba: un fulgor ámbar, palpitante.

Las venas oscuras ascendían en dirección al hombro.

—Peor. Pero aún te mantienes en pie. Eso es lo que importa.

Lucas soltó una risa seca.—Es lo que importa, ¿no? Me mantengo en pie, gano el premio de participación.

Se apartó de la pared y afianzó los pies. Tandy vio cómo el instinto de supervivencia tomaba el control; la vulnerabilidad era engullida por algo más duro.

—Ese desgraciado al que matamos ahí arriba... —Lucas echó a andar de nuevo—. No sangraba normal.

Tandy recordó el cráneo roto, el líquido espeso escurriendo entre los fragmentos de hueso.—No. Era oscuro. Espeso.

—¿Y el cuerpo? ¿Se deshizo?

—Se quedó allí. Los huesos rotos, el líquido... pero no era humano. Su cara, cuando emergió del techo, parecía piel estirada sobre otra cosa.

Lucas asintió.—Una cosa de esas no muere de un garrotazo. Solo le rompimos el caparazón.

El pensamiento le heló la sangre a Tandy. Escucharlo en voz alta lo hacía real.

Continuaron. El silencio volvió a pesar, y la siguiente pregunta de Lucas sonó como una detonación:

—¿Dónde está todo el mundo, Tandy? La gente de la asociación... ¿los niños de tu clase?

Antes de que Tandy pudiera responder, Lucas se detuvo. Su mirada se clavó en el suelo. Tandy miró.

Una silueta carbonizada. Perfecta. La mano de un niño, los deditos fundidos a la piedra por un calor que no pertenecía a este mundo. Tandy reconoció el tamaño: uno de los niños de la asociación, tal vez.

Contempló la marca. Se le encogió el pecho, pero encerró el dolor en algún lugar profundo.

—Muertos —dijo, con voz plana—. Desmantelados para convertirse en combustible. O algo peor.

—Entonces caeremos peleando —atajó Lucas.

Y continuaron.

Tras una curva que pareció infinita, el corredor se abrió.

Tandy contuvo la respiración.

Una caverna colosal; pero no de piedra. Carne petrificada. Las paredes, de tejido rocoso, estaban rasgadas por venas de cristal negro que palpitaban con una luz púrpura. El techo vertiginoso, cubierto de estalactitas orgánicas, goteaba un líquido ámbar que olía a miedo fermentado.

El suelo era una costra translúcida. Bajo ella, como en un lago congelado, formas humanoides distorsionadas flotaban en el ámbar eterno. Decenas. Cientos. Preservadas en el milisegundo exacto de sus gritos finales. Bocas abiertas, ojos desorbitados, manos suplicantes: todo inmóvil, todo eterno.

En el centro, un zigurat de huesos humanos. Fémures, cráneos y cajas torácicas fundidos como cera. En la cima, sobre un altar de hematita negra, flotaba y giraba el Prisma Negro.

Tandy sintió la mano de Lucas apretarle el hombro. No era un gesto de consuelo. Era un ancla.

—Profesor... —La voz de Lucas salió en un hilo—. Hemos encontrado el útero de la desgracia.

Tandy no respondió. Se limitó a contemplar el abismo palpitante y sintió, por primera vez, que no había salida.