CAPÍTULO 10 EL SUBMUNDO DE LA SANGRE Y EL CORREDOR DE LAS ALMAS
La caída fue ciega. Tres metros de oscuridad hasta que Tandy se golpeó el hombro contra el suelo y rodó, con el aire expulsado de los pulmones. El polvo que aspiró olía a carne quemada y a piedra caliza. A su lado, Lucas cayó pesadamente, con un gemido ronco que se ahogó en la penumbra.
Tandy parpadeó para acostumbrar los ojos. El polvo se le pegaba a la piel, grasiento. Se arrastró lejos del punto de impacto y examinó el espacio.
No era un sótano. Era una cripta excavada bajo la espina dorsal de la ciudad.
Unos arcos góticos primitivos, tallados en piedra negra, sostenían un techo bajo cubierto por telarañas densas como mortajas.
El aire transportaba un hedor a sepultura profanada y a metal caliente.
Pilas de muebles —sillas, mesas, puertas— estaban retorcidas, fundidas unas con otras, como si se hubieran derretido y enfriado en oleadas.
Tandy se apoyó contra el suelo y tocó algo líquido. Sangre. No un charco: un río escarlata que fluía por sí solo, alimentando grietas talladas en la piedra con los mismos glifos del pergamino. El flujo corría como un tapiz hasta una puerta al fondo de la cripta.
No había manilla. Solo una placa maciza de ébano, incrustada en la roca como un diente podrido. La superficie absorbía la poca luz, un bloque de ausencia que hacía doler los ojos. Una vibración sorda subía por el suelo y sacudía los huesos.
—Esto... no parece que se abra —susurró Tandy, retrocediendo—. Parece que devora.
Lucas se estremeció. Sus hombros se contrajeron y se le erizó el vello de la nuca. El rostro, ya pálido, parecía una máscara de cera bajo la luz verde que goteaba de unos hongos más adelante. El silencio era tan denso que Tandy sentía los latidos en sus propios tímpanos.
Lucas apretó la mandíbula y dio un paso al frente.
—Quédate atrás, profesor.
Se acercó a la placa. Su reflejo bailaba en la superficie, distorsionado, derritiéndose como en alquitrán vivo. Levantó la mano, dudó un segundo y la tocó.
El cuerpo de Lucas se tensó. Sacó la Llave de Sombra del bolsillo y, cuando el metal se aproximó al ébano, la llave vibró con violencia; Tandy oyó crujir los dientes de Lucas. La llave le tiró del brazo hacia adelante, como si una grieta invisible succionara el hierro.
Ningún sonido de cerradura. Un chasquido húmedo, orgánico. La puerta se disolvió, revelando una garganta oscura.
Lucas retrocedió un paso. Tandy se acercó despacio.
El Corredor de las Almas.
El túnel se perdía en el infinito, excavado en la roca viva.
Del techo colgaban grandes hongos translúcidos: sacos amnióticos que goteaban un brillo verde enfermizo.
La luz revelaba baldosas negras con runas en bajorrelieve, rellenas de una sangre que palpitaba como un circuito eléctrico.
Las paredes exhibían arañazos profundos y salpicaduras de ámbar solidificado.
El olor a matadero —muerte reciente, amoníaco, miedo condensado— subió por las fosas nasales de Tandy y le revolvió el estómago. Lucas se cubrió la boca con el cuello de la chaqueta, pero los ojos se le humedecieron.
—Usan esto como canal —dijo, señalando las marcas.
Tandy se arrodilló. No eran salpicaduras. Había surcos de uñas desesperadas y huellas dactilares de sangre donde las víctimas habían intentado agarrarse a la piedra.
—No arrastran fardos muertos —murmuró—. Traen al ganado vivo.
Lucas apretó la Llave de Sombra hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Su rostro había cambiado: el chico asustado del baño había quedado sepultado bajo algo más duro.
—Este túnel lleva directo a Su mesa. Y nosotros tenemos la entrada.
Se pasó la mano por el bolsillo de la chaqueta donde estaba la cámara: un gesto seco, mecánico. Tandy se dio cuenta, pero no dijo nada.
—Vamos —decidió Lucas, y entró en el corredor.
Tandy lo siguió, con el silencio del túnel cerrándose a sus espaldas como unas fauces.