CAPÍTULO 9 EL SECRETO DE LA CAJA Y LA LLAVE DE SOMBRA
La Casa de la luz tenue desentonaba de las modestas construcciones de la favela con su arquitectura victoriana podrida. La única ventana iluminada palpitaba a un ritmo ámbar, como un corazón con arritmia. El rastro viscoso subía los escalones y desaparecía bajo la puerta.
La puerta cedió de un empujón. El aire en el interior era una mezcla sofocante de amoníaco, azufre y sangre fresca.
Una bombilla ámbar se balanceaba en el techo.
Los muebles habían sido retirados; solo quedaba una mesa central y, en el suelo, una trampilla de madera oscura con una cerradura de hierro negro incrustada.
El rastro convergía allí, dibujando círculos concéntricos de sangre coagulada.
Sobre la mesa, una caja. De materia negra y mate, con minúsculas piedras púrpuras en la tapa que parpadeaban en sincronía con la bombilla. De los bordes rezumaba un líquido fresco.
—Es ella —murmuró Lucas—. La luz tenue.
Tandy dudó y luego abrió la tapa. El olor a moho y a tierra húmeda dejó un hedor denso en el aire. Dentro no había papel, sino piel humana curtida y amarillenta. Sobre ella, dibujos en resina roja: una silueta en negativo, formas esqueléticas, raíces, un prisma.
Lucas metió la mano sana bajo la piel y sacó una llave de hierro macizo. Negra. Tan fría que quemaba los dedos.
—No es una invocación. Es un esquema. Sangre, miedo... todo es combustible.
Le pasó la llave a Tandy. El contacto fue una descarga eléctrica seca.
—Los cultistas arrastran el alimento por esta trampilla —señaló Tandy hacia el suelo.
—Y nosotros somos el aperitivo. —Lucas miró hacia una habitación oscura de al lado—. Voy a lavarme esto. Es insoportable.
En el baño inmundo, el agua oxidada le quemó el corte. Lucas apretó los dientes y contempló su propio reflejo en el espejo resquebrajado. El atleta que conocía había desaparecido; solo quedaba un animal pálido de ojos hundidos, y la herida latía al mismo compás que el zumbido de la bombilla.
El sonido ambiente desapareció. El aire fue succionado de la casa.
Lucas se giró y corrió.
En el salón, el Hombre del Prisma emergía del techo como una masa viscosa, como de aceite, escurriéndose boca abajo. Antes de que tocara el suelo, la estaca con hoja de hueso negro ya descendía hacia la nuca de Tandy, que estaba de espaldas, absorto en la caja.
Lucas no gritó. Avanzó. La barra de hierro rasgó el aire.
El impacto en la sien del cultista fue un ruido sordo y húmedo. El cuerpo se desplomó y la hoja se clavó en la madera a centímetros del talón de Tandy.
Tandy se giró, chocando contra la mesa. Sus ojos desorbitados vieron el líquido oscuro que escurría del cráneo roto.
Lucas soltó la barra. Hiperventilaba, mirándose sus propias manos temblorosas.
Tandy empezó a temblar. Lucas le agarró por los hombros.
—¡Eh! ¡Vuelve! ¡No te vengas abajo ahora!
Tandy parpadeó, enfocó su mirada en los ojos de Lucas y hundió el rostro en su cuello. Lucas lo envolvió con ambos brazos, con la fuerza de quien sujeta unos huesos que amenazan con soltarse.
—Respira. Solo respira. Los dos.
El olor a sudor y óxido los envolvía. Poco a poco, los espasmos de Tandy cedieron.
Lucas miró el cuerpo.—Le he aplastado la cabeza a alguien.
—Me has salvado. —La voz de Tandy era frágil, pero clara—. Era lo que tenías que hacer.
Lucas clavó la vista en la llave negra de la mano de Tandy, y luego en la trampilla. La sangre alrededor de la madera formaba patrones fractales, como un hongo que crecía con solo mirarlo.
—Él protegía esto. La cerradura no es normal. Y la barra no la va a abrir.
Se acercaron. Tandy metió la llave. Encajó perfectamente, pero no giró. La forzó. Nada.
—Tandy... mira.
El pergamino de piel sobre la mesa había empezado a brillar. Las líneas rojas palpitaban. Tandy tocó la resina con los dedos sucios de sangre y la llave giró sola: un sonido húmedo, como una articulación desencajándose. Un ámbar líquido rezumó por los bordes de la trampilla.
Lucas utilizó la punta de la barra para levantar la tapa. La oscuridad era absoluta. Del interior no subía ningún sonido.
Tendió la mano ilesa.
—¿Juntos?
Tandy le apretó los dedos.—Hasta el fondo.
Lucas bajó primero. La sombra los devoró.