CAPÍTULO 7 LA GRIETA EN LA REALIDAD
Cuando alcanzaron la esquina de la calle Simba, la calle ya no era una calle. Era un precipicio.
El asfalto terminaba en el vacío. Un caos geológico seccionaba la ciudad, como si una mandíbula hubiera masticado los cimientos y escupido los restos.
Los edificios se inclinaban, grotescos, sobre el abismo.
Los coches se balanceaban en el límite. En el fondo de la garganta urbana, una bioluminiscencia púrpura latía, succionando la niebla en perezosas espirales.
—Dios mío... —Lucas apartó a Tandy del borde. La luz púrpura bañaba su rostro, revelando unas ojeras profundas—. Esto no es un derrumbe. Hemos visto el ritual... y ahora esto.
Tandy contempló el abismo, con la razón a trompicones.—La sangre que faltaba... no nos atraparon. Pero el Velo se ha rasgado de todos modos. Se está abriendo ahora. Por eso la calle, la ciudad, se está...
—Deshaciendo —completó Lucas. Se presionó el brazo herido; el vendaje improvisado ya estaba rojo—. Sin salida. Callejón sin salida.
El pánico de Tandy se desbordó.—¡Estamos acorralados! Intentar rodearlo es caer. Quedarnos es que nos olfateen. Se acabó.
Lucas miró la grieta y luego la plaza, de donde habían huido. El resplandor rojo de las antorchas aún titilaba a lo lejos, y el mantra había vuelto a empezar: más frenético, más desesperado.
—No han terminado el ritual. El agujero está abierto, pero tal vez no esté completo. —La voz de Lucas estaba tensa, pero su pensamiento era nítido—. La sangre es combustible. Y nosotros somos lo que falta.
—¿Quieres VOLVER? —casi gritó Tandy—. ¡Estás sangrando! ¡Casi nos matan!
—¡Mira hacia adelante! —Lucas señaló el abismo—. ¿Hacia dónde vamos a huir? ¿Hacia el interior de eso? La única oportunidad de entenderlo, de encontrar una salida, está en la plaza. En lo que están protegiendo.
Tandy calló. Aquel absurdo encerraba una lógica fría.
Lucas no esperó respuesta. Se acercó a una tienda de electrónica con el escaparate reventado, metió la mano entre los cristales rotos y sacó una cámara fotográfica robusta, de objetivo grande. Limpió el polvo contra la manga.
—¿Robando una cámara en el fin del mundo? —preguntó Tandy.
Lucas se metió el aparato en el bolsillo interior de la chaqueta, del lado del brazo sano.—Si el flash ciega a uno de ellos un segundo, podría ser suficiente. —La furia dio paso a un agotamiento lleno de valor—. Y si sobrevivimos, quiero demostrar que el sol ha vuelto a salir.
Tandy sintió un respeto amargo.—Estás loco. —Inspiró hondo—. Vamos a volver al infierno. Juntos.
Le tendió la mano.
Lucas la agarró con firmeza.—Solo nos salvaremos juntos.
Dieron la espalda a la grieta y se sumergieron de vuelta en la niebla.